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Tratando de hilar a Sheila Hicks

“Reencuentros”, en el Museo Precolombino. Luego de décadas sin venir a Chile, quien es considerada la artista textil más importante del mundo acaba de estar en Santiago. Vino a inaugurar su muestra que repasa sus más de 50 años de trabajo, el que arrancó tras un viaje iniciático por Sudamérica que la trajo a Chile en 1958, donde aprendió técnicas de tejido de artesanas aimaras y chilotas presentes en algunas piezas de la exhibición. ¿Qué recuerda de ellas y de ese viaje? Difícil saberlo. Aguda, rápida y perspicaz, en diálogo con Sheila Hicks uno debe aceptar que difícilmente puede llevar el hilo de la conversación.


Viernes 4.30 de la tarde. Faltan 7 días para que se inaugure “Reencuentros” en el Museo Precolombino y Sheila Hicks aparece por un costado de una madeja de lana gigante –¿se puede llamar a esto una madeja?–, que cae desde el cielo del patio norte del museo y que marca la entrada a su exposición. Esta mañana terminó de montar la muestra y ahora viene saliendo de una reunión.

¿Hablamos en inglés o hablamos en español?
Como tú quieras –dice Sheila Hicks, hoy de 85 años y quien, a mediados de los años 50, cuando estudiaba en la Universidad de Yale, se enamoró del tejido cuando su profesor Josef Albers, quien había sido profesor de la Bauhaus en Alemania y había llegado a Estados Unidos tras ser exiliado por el régimen nazi, la introdujo en los textiles preincaicos.

Entonces, con 23 años y una beca Fullbright bajo el brazo, Hicks partió rumbo a Sudamérica: pasó primero por Venezuela y luego Perú, desde donde viajó en bus hacia Chile y por cuya ventana contempló por primera vez la geografía de nuestro país, donde el desierto, aridez y soledad, aún recuerda, la impactaron profundamente. “Era una locura”, dice hoy. Fue en ese viaje cuando compartió con artesanas aimaras, luego con tejedoras del Norte Chico y más adelante en Chiloé, a quienes observó atentamente para comprender lo propio de sus tejidos, puntos o técnicas que rescata en algunas de sus obras: esculturas u objetos –¿cómo describirlos?– de fibra, de lana, de hilo, amarrados con hilos de diferentes colores y que tienen como resultado piezas misteriosas, algunas con el aspecto de un animal, otras un portal de acceso a un espacio desconocido. Algo, sin duda, ‘mistérico’, pero que ella ha descrito en términos bastante menos románticos. “Mi trabajo es una cosa que cuelga desde un muro”, dice sin más.

Esta tarde, en el museo, antes de sentarse a conversar, Sheila Hicks, aguda y punzante, con sus ojos azules severos y graciosos –y muy difíciles de leer–, da una instrucción: “Me gustaría a ti verte descubrir la exposición, ver qué itinerario tomas cuando entras a la sala. Anda a recorrerla y yo te voy a observar”. Como un gato frente a un ovillo de lana, decido entrar en su juego. Salgo de la sala y vuelvo a entrar. Aquí hay obras desde sus inicios, a fines de los años 50, hasta algunas hechas este año. Todo se ve contemporáneo, libre de la jaula del tiempo. Pero, ¿qué es lo que se recorre acá? Cuesta describirlo. Y esta tarde Sheila Hicks juega a que uno se equivoque en las imprecisiones, haciendo un bordado extraño, tensando hilos en forma de palabras, hasta tejer una enredosa conversación que lleva a reflexiones profundas.
Mientras camino por la muestra tratando de pensar alguna cosa inteligente que decir, mi estómago es una madeja de nervios. Qué se le dice a Sheila Hicks, considerada por muchos como la artista textil más importante del mundo, acerca de su obra. Bueno, quizás sería bueno ser honesta y decirle que, aunque siento que sé algo de todo lo que hace –he revisado sus libros, leído sus entrevistas, indagado en su historia–, frente a sus obras me siento aludida (aturdida, conmovida) por los colores y algo espiritual que generan las formas. Pero sobre todo me siento ignorante. Sin vocabulario. Frente a los hilados que parten la exposición, unas trenzas hechas con hilos, me pregunto: ¿serán de seda? ¿Qué le diré? Y entre medio, unas ramas de algo que me suena a chileno. Después Sheila me contará que son ramas de araucarias que recogió un domingo, caminando por el parque Bois de Boulogne de París después de una tormenta. Luego me asomo por otro cuadro de gran formato, serán 4 por 3 metros, similares a los hilos de bordar que se compran en las cordonerías, pero sostenidos por embarrilados.
“¿Quieres sacarte la mochila y dejarla acá mientras caminas?”, me pregunta Sheila. Se sienta. No sé si me observa, pero me siento muy observada.
Ya de regreso al lugar desde donde me observa, le pregunto:
Una característica de tu trabajo son sus grandes dimensiones. ¿Por qué?
Las de grandes dimensiones las puedo hacer en edificios. Pero las pequeñas las puedo hacer en mi escritorio o en la mesa de un hotel.
¿Pero cuando partiste pensabas en formato pequeño o en hacer obras de grandes dimensiones?
¿Tú te refieres a cuando yo tenía 4 años?
Mmmm. No lo sé. ¿Pensabas en tus obras desde que tenías 4 años?
Cuando tenía 4 años pensaba en hacer cosas. ¿Tú lo hacías también, no? ¿Y en qué pensabas? ¿En hacer cosas pequeñas o grandes?
Mmmm. La verdad, Sheila, no me acuerdo.
¿No te acuerdas?
No lo sé, la verdad. De lo que me acuerdo era que inventaba cosas para entretenerme. Pero si pensaba en grande o en pequeño, la verdad no lo sé.
¿Te hacías tu propia ropa cuando eras niña?
No, yo soy parte de la generación que dejó de hacerse su propia ropa. Mi mamá tenía una máquina de tejer en la casa e iba una tejedora a tejer. Le iba muy bien. Pero dejó de hacerlo cuando llegaron las importaciones a Chile y pasó a ser más barato comprarse la ropa que mandársela a hacer.
Ah, mira.
Entonces Sheila se acerca a unas fotografías. Son imágenes que en 1958 sacó su amigo Sergio Larraín, con quién partió a Chiloé. Y ahí aparece en la foto sentada junto a textileras chilotas tejiendo en un telar. Le comento que quiero que revivamos pasajes de ese viaje para entender qué aprendió de ellas.
¿Puedo ver las preguntas para hacerme una idea?
¿Error o acierto? El punto es que Sheila se sienta en una banca ubicada en la mitad de su exposición y comienza a repasar el cuestionario. Mientras tanto pide que siga recorriendo la muestra, que se extiende por otra sala más, donde al centro se exhiben piezas suyas que, por los costados, están acompañadas de algunas piezas del museo que conectan la exposición con los textiles precolombinos. Por ejemplo, una manta felpuda de la cultura San Pedro del año 950 –a la que el director del museo, Carlos Aldunate, ha descrito coloquialmente como “una peluca”– y que se parece mucho a sus piezas. O un costal para almacenamiento y transporte. Una talega que tiene líneas y colores. Y por el frente, obras de Sheila: unos embarrilados doblados. Y al fondo un cuadro que bien podría ser el urdido en un telar, con lanas de un sinfín de colores: naranja, café, verde, azul…

“They are good”, dice Sheila cuando termina de leer las preguntas.
Cuando uno llega al final de la exposición es como llegar al corazón tuyo.
¿Qué dices?
Que en la medida en que uno avanza y va llegando al final, da la impresión de que uno fuera metiéndose en la parte más íntima: el diálogo entre tu trabajo y el mundo precolombino y la inspiración que sacas de él.
Eso es porque cuando yo llego aquí, al Museo Precolombino, estoy posando la atención sobre la maravilla de la historia de los textiles precolombinos. Y cuando hice una exposición en Marruecos también mostré cómo trabajan los marroquíes y la gente del norte de África, con sus técnicas, actitud y religión. Ahí mostré las influencias que yo sentí allá. Te digo esto para que no se entienda que todo lo que yo hago está influenciado por los textiles precolombinos. Pero en esta muestra el acento está puesto en ellos, porque estamos en el Museo Precolombino y también para elevar el respeto de su propia cultura, de la que yo creo que aquí no existe mucha conciencia. Acá no entienden todavía lo importante que es la herencia que dejaron las culturas precolombinas. Esta exposición es una forma de decirles “mira”.
Hay una pieza que se parece mucho a las tuyas. Tanto que uno no entiende bien si es de Sheila Hicks o de alguna tejedora precolombina.
¿Cuál? Vamos juntas a verla. Nos detenemos frente a ‘la peluca’.
¿Como deberíamos llamar a esto? –le pregunto mientras observamos sus hilos girados–. ¿Hilo torcido?
Como tú quieras llamarlo.
Tu trabajo está estrechamente ligado a la artesanía, a lo que aprendiste de las artesanas textiles, primero en Sudamérica y luego en otros lados del mundo…
¿Como que textiles? En esta sala no hay nada que haya sido hecho con un telar. Las cosas que están acá no son tejidos. Tejido es algo que está entramado. Pero lo que tú ves colgando desde el patio, ¿eso cómo se llama? ¿Es un hilado? ¿O es un textil?
Qué difícil. No sé qué responderte.
Bueno, tú escribes y al escribir tienes que explorar las palabras para expresar.