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Casa, Denise Blanchard, Chiloé, Bahamondes-Werner, Tenaún, decoración, patrimonio, madera

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No ha sido fácil. Significó mucho papeleo, trabajo y búsqueda. Pero resultó. Hace casi dos años una familia disfruta de una casa con valor patrimonial que por momentos se creyó perdida. Con mucho cariño y dedicación, sin necesidad de ser literales, se reunieron todos los elementos para recrear el pasado de un ícono de Chiloé.


Fue hace unos cinco años. La artista visual Denise Blanchard y su marido estaban recorriendo los pueblitos de Chiloé cuando en Tenaún se encontraron con una casona en ruinas, un cartel que decía ‘se vende’ y un número de teléfono. Llamaron.
La pareja pensaba que el papeleo de la venta había sido lento. Estaba involucrado el Arzobispado y hubo un montón de trámites engorrosos con los títulos. Cuando quisieron empezar la etapa de recuperación se dieron cuenta de que venía lo realmente difícil: la casona –de 750 m² en tres niveles, un poco en el estilo de los colonos alemanes, un poco art deco también– tenía casi 90 años y junto a la iglesia era la construcción más significativa de la localidad, por lo tanto tenía valor patrimonial.
“Mi marido fue con arquitectos. Después buscó a la gente que restaura las iglesias patrimoniales y dio con un constructor de la zona muy prolijo. Con él partió la reconstrucción. La gente de Patrimonio permitía algunas cosas y otras no. En la parte final, para acelerar las cosas, se encargó mi hijo que estaba terminando de estudiar construcción civil”, recuerda Denise. También se acuerda de un verano en que su marido iba al Home Center dos veces al día. Cada vez que llegaba de vuelta le decían que faltaba algo más.
Denise Blanchard y su familia empezaron a ocupar su casa de Chiloé hace un año y 10 meses. Ahora, recorriéndola, viendo el trabajo intenso que se realizó, cuesta un poco creer el grado de deterioro que tenía cuando la compraron: “Subiendo la escala había espacios en que se veía hacia abajo. Era peligroso incluso. Había toda una parte hechiza que hubo que demoler. La rehabilitación se hizo con los planos originales, muy rigurosamente, sin ningún agregado. Se trató de conservar lo máximo posible, como los pisos de la cocina, pero no se pudo rescatar todo. Las molduras, por ejemplo, se mandaron a hacer idénticas a las originales”.
El marido y el hijo de Denise fueron a la tienda de papeles murales más común y pidieron ver los muestrarios más viejos. Es decir, la variedad de papeles que visten los muros no son vintage, son viejos de verdad, porque para hacerlo más entretenido fueron variando de recinto en recinto. “Mientras trabajaban en la casa mi marido se pasó recorriendo el Persa, Franklin y el barrio Italia. Él ha sido siempre un cachurero, un caso serio de mal de Diógenes, heredado de mi suegra y triplicado. Él es ingeniero comercial pero le gustan estas cosas, es creativo y tiene ojo. Se dedicó a buscar una por una todas las cosas hasta dar con las precisas para cada lugar. Esta casa tiene bastante art deco y se buscaron piezas de acuerdo a ese estilo”.
Se nota que aquí se dieron gustos, como muebles con cajones secretos en su escritorio y un bar amplio para compartir con amigos y familia. “También trajimos muchas cosas que recibimos de mi suegra y de mi mamá. Todo se fue juntando acá. Las tinas son antiguas pero no estaban en la casa. Lo único que había era un autopiano, con luces; haz de cuenta de que era un Wurlitzer de la época. Lo trajeron y parece que revolucionó al pueblo en su momento. Ya lleva dos años en restauración, ha sido difícil porque solo hay una persona que lo puede arreglar. La casa no tenía calefacción, pero como queríamos usarla en cualquier estación y que el frío no fuera impedimento, pusimos calefacción central”.
En otro de esos flashblacks al pasado, al momento en que compraron la casa Denise se acuerda de que todas las maderas estaban pintadas de un color café horrible, que tuvieron que rasparse hasta mostrar su color natural, algo que para ella se ve mucho más liviano.

¿Te sientes viviendo en un museo?Para nada. Despierto ahí y me siento transportada a otra época.Desde las camas hasta las gorras del baño, cada pequeño objeto dentro de la casa justifica esa sensación.Ya no es la casona Bahamondes-Werner, la que hizo construir un acaudalado comerciante de madera y papas cuando Tenaún era un puerto importante. Ahora es la obra de la familia de Denise Blanchard y especialmente de su marido. La gente que vive ahí estaba preocupada por el destino final de esta casona que sienten parte de la identidad de Tenaún. Aparentemente están contentos de que la ocupe una familia y no un hotel o un restaurante. Eso dijeron al menos cuando se abrió para la inauguración, con un asado de cordero en el jardín, y también para el día del patrimonio.

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