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Cada vez que leo consomé al comienzo de un menú sé que estoy frente a cocina chilena. No por exclusivo (en todas las gastronomías los caldos son archivos importantes), más bien por una manera de hacerse, servirse y significarse que sí o sí habla de lo nuestro y de manera transversal. El consomé abre las comidas de una picá, de una casa en el campo y en las pitucas de antaño. De hecho, pertenece al repertorio antiguo, cariñoso y más saludable también. Es muy lindo pensar en la lógica de él: se hace algo calentito para que el resto de la comida sea bien recibida por el organismo, se aprovechan huesos antes de tirarse, se completa un menú, se da cariño porque además lo ligamos a comida que mejora. Sagrado consomé. Que nadie lo deje ir, por favor.

Aplaudo que se de uno de carne exquisito e hirviendo como cortesía en la sanguchería Don César, de Franklin, al costado de la panadería La Superior, y también haberme encontrado hace días con una sopa tipo carbonada impecable; todo me hace sentir en invierno, de hecho en la mitad de él y al fin con la cordillera otra vez nevada.

El asunto fue una sopa en casa de amiga y pensada para su hijo de seis años. Todo picado perfecto: papas, zanahoria, acelga, carne molida, arvejitas, huevo batido y harto caldo de pocos condimentos, haciendo que los ingredientes sean los megapoderosos protagonistas. Lo que sería mi entrada pasó a ser mi segundo y casi mi postre. Me hizo como treinta clics internos de lo que no hay que soltar jamás: comida casera, poco aliño, precisión en las cocciones, caldo antes de empezar, simpleza ante todo. Lo junté con que un poco antes un especialista en cocina ayurveda comentó lo vitales que eran las texturas en las sopas, una ‘con’ le gana lejos a una ‘sin’.

Entonces agarren sus lupas sopísticas y piensen en los picaditos que le pueden agregar: asan cubos de calabaza para la de espinaca o pedazos de pak choi (que están muy baratos ahora mismo) apenas salteados. Todos los quesos van regio. Vital hacer una de huesos, con vino, cebollita, o nuestro clásico consomé de pollo, zanahoria y cabello de ángel. Si van a salir por una, seguro el ramen aparecerá porque sigue su boom. Ya saben, la contundente y completa sopa china/japo con fideos, carne de cerdo, huevo y unos etc. que van variando. En Ootoya hacen ricos, con versiones vegetarianas, camarones y demases. Son grandes y tienen buenos precios, y como bonus, unas alitas de pollo fritas para empezar, enviciantes. Constitución 125, Bellavista. www.ootoya.cl

Sopa de letras. Tengo en mi casa solo de nostálgica. Y si hay pequeñuelos cerca son ideales y talismanes de sopa. Solo he visto Lucchetti, seguiremos informando.

Minestrone. Reino huertero hecho sopa. Lo hacen exquisito en Daniel’s Bakery: vegetariano, ultracompleto y hasta con porotos. Un golpe de sabor y energía en una cucharada. Hay otra de choclo, con algo de crema, bien sedosa y algo dulce. Los lunes, además, tienen 30% de descuento. Así que paren las prensas y partan para allá, sin olvidar el postre dulzón, su especialidad. Celerino Pereira 1530, Ñuñoa. www.daniels.cl

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Maíz español. Así le dicen en Tostaduría Talca a un choclo frito y después salado o mezclado con un ají o bbq. Un vicio para comer solo o echarlo en la sopa cremosa que se le ocurra. Hiper crunchie. www.tostaduriatalca.cl

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