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Los problemas del nuevo siglo no son exactamente los mismos del siglo que se fue.
A los más nuevos, como el acceso a la información y la inteligencia artificial, se suman asuntos conocidos como la escasez de agua, la desertificación, las migraciones, la mano de obra irrelevante o la falta de vivienda. No son eventos nuevos en la historia de la humanidad ni del planeta, pero sí lo son, en cierta medida, los motivos que hoy los están provocando.
En una mirada amplia, se trata de problemas multifactoriales que apuntan finalmente a la sustentabilidad como sustrato común y que por lo tanto requieren un enfoque del mismo tipo y no soluciones unilaterales. Como señala Javier Vergara, de Ciudad Emergente, “son problemas complejos, están interconectados, no son temáticas aisladas. Quizás faltan visiones que combinen acciones que solucionen a corto plazo las problemáticas que nos van a afectar en el largo plazo, que tienen que ver con la sustentabilidad. En el fondo faltan líderes con visión más sostenible y entender la definición de sustentabilidad en la pregunta ¿cómo abastecer nuestros recursos el día de hoy sin comprometer los de las generaciones futuras? Y hoy los estamos comprometiendo de forma vergonzosa”.
Precarios e irrelevantes
Si pensamos en el trabajo, la tendencia está siendo la externalización de servicios por parte de las empresas: menos masa contratada, menos gastos para la empresa; más teletrabajo, frelancers, automatización, que en la otra cara de la moneda es igual a trabajo inestable, sin beneficio social alguno y con mano de obra básica descartable y reemplazable por máquinas.
Guy Standing, economista laboral y profesor de la Universidad de Londres, en su libro “El Precariado” describe el fenómeno como una transformación global que estamos viviendo en las últimas décadas. “La construcción dolorosa de un sistema de mercado global, con un pequeño número de empresas con poder monopólico. Hay una crisis de desigualad que no tiene parangón en la historia de la economía, la aparición de una nueva estructura global de clases, en la cima la plutocracia con Trump, por ejemplo, y otros, luego una élite, luego el antiguo proletariado que está desapareciendo y, por debajo, los precarios que han sido habituados a una mano de obra inestable”. Como medida, Standing propone un ingreso básico individual para todas las personas, sin condicionamiento alguno. “Tiene un motivo ético, moral, que les daría un sentido de libertad aumentada, la libertad de decir no a la burocracia, a lo que sea. Su valor, incluso si es módico, les da a las personas un sentido de seguridad básica”.
Por otro lado, pensando en la automatización y el futuro cercano, la incógnita que tendrá que resolver este siglo, como señalaba el historiador Yuval Harari cuando visitó Santiago en el Congreso del Futuro, es ¿qué va a pasar con la masa de personas que serán reemplazadas por inteligencia artificial? “La gran pregunta económica y política del siglo XXI es qué vamos a hacer con estas masas de proletariados urbanos… estos humanos inservibles para el sistema político, económico y militar. Tomará varias décadas, siglos, pero ya está escrito en la pared”, decía el autor de “Homo Deus” y “Las 21 lecciones del siglo XXI”. Si se piensa, no es tan lejano, ya trabajos básicos como el bencinero, cajeros de supermercado o pesadores de frutas hoy están siendo reemplazados por uno mismo y cajas automatizadas, desapareciendo esas plazas de empleo para humanos.

“Una de la cosas que están ocurriendo hoy en día es que gran parte de los trabajos formales se están automatizando, por lo tanto la tendencia que viene durante este siglo es que va a haber cada vez más personas irrelevantes en términos de masa laboral”, Javier Vergara, Ciudad Emergente.

Los campamentos del mundo
En el escenario actual, 7 mil millones de habitantes en el mundo, más de 30 millones de personas están migrando de sus países ya sea por guerras, trabajo o cambio climático. Ya sean las crisis de refugiados que hemos visto con fuerza desde 2005, la búsqueda de oportunidades laborales o las inundaciones, el mar que gana terreno o la desertificación, cada vez más frecuentes –producto del cambio climático–, como nunca grandes masas de gente se están movilizando a nuevos territorios con la consecuente necesidad de vivienda asociada.
Según ONU Habitat, los campamentos y asentamientos precarios son la manifestación física de una falta crónica de viviendas adecuadas y asequibles, resultado de malas políticas urbanas. ¿La magnitud del problema?, en el año 2000, 725 millones de personas vivían en asentamientos precarios y en 2013, sobre 860 millones de personas. Para el 2030, en solo 12 años más, serían alrededor de 3.000 millones de personas, es decir cerca del 40% de la población del mundo la que necesitará acceso a viviendas e infraestructura básica como agua sanitaria. Eso significa construir desde ya 96.150 viviendas diarias… ¡De aquí hasta ese año!
Como dice Javier Vergara, de Ciudad Emergente, hay que considerar la sobrepoblación. “Uno de los factores drásticos es que somos más personas. Hoy hay un número de humanos nunca antes vistos poblando la Tierra. De esos 7 mil millones el 50% de ellos ya vive en áreas urbanas y se estima que para el 2050 el 75% de la población del mundo va a vivir en ciudades. En Chile ya el 90% de la población vive en ciudades. Latinoamérica es uno de los continentes más urbanizados del mundo, más que Asia y África. El tema es qué forma toma esa urbanización. Por ejemplo, en Lima cerca del 80% de la fábrica urbana, que son las casas, son informales, nadie le pidió a ningún arquitecto que se la hiciera. Es como nuestra experiencia con los campamentos, que en Chile no se ha solucionado, ha aumentado en Antofagasta, Iquique; las periferias de la ciudad han crecido al formato de campamento porque muchas veces la gente no llega con los ingresos para costear la vida de residir en esos lugares”.
Según ONU Habitat, la falta de vivienda mundial tiene que ver con la mala planificación urbana y del sector construcción, trabajos atrasados, reglamentos obsoletos, entre otras razones. “De hecho, las restricciones de los sistemas de entrega de tierras y viviendas formales ocasionan que cada vez más personas, que de una u otra forma calificarían para este tipo de programas de viviendas, opten por asentamientos precarios. En algunas ciudades, hasta el 80% de la población vive en tugurios”, indican los informes de la organización internacional. En África subsahariana, por ejemplo, son casi 200 millones de personas en estas condiciones; más de 400 millones en Asia; 110,7 millones en Latinoamérica y el Caribe y 11,8 millones en África del norte. Para ONU Habitat, “los tugurios son una clara manifestación de la mala planificación y administración del sector urbano y, en particular, del mal funcionamiento del sector encargado de la vivienda”.

Vivienda primero, luego todo lo demás
Pero no en todas partes se están haciendo las cosas tan mal. Muy por el contrario, Finlandia y Singapur sacan la cara en política de vivienda como dos ejemplos tremendamente exitosos y a replicar para paliar la falta de escasez de este derecho básico, derecho humano declarado por la ONU, una vivienda digna para todos.
En Finlandia desde fines de los años 80 han estado tratando el problema como algo prioritario, y desde 2008 se implementó una nueva fórmula: Housing First, que ha logrado disminuir los casos de personas sin hogar a menos de 7 mil en 2015 –una contratendencia, ya que en Europa el número de homeless no para de crecer.
El éxito consiste en enfocar el asunto como es lógico: una casa propia digna, definitiva y estable y no medidas de parche, habitaciones transitorias o casas temporales, y aquí viene lo bonito, ‘first’, primero que todo. En Finlandia entendieron que pensar a largo plazo es más barato, aplicar medidas definitivas y no transitorias. En números, produce un ahorro de 15 euros por persona al año al Estado. Entendieron que tener una casa es la base para que una persona pueda salir a adelante, partir desde ahí para encontrar trabajo, generar ingresos, volver a armar su vida.
¿Cómo lo hicieron? Con un mix de soluciones: Se destinaron viviendas sociales al programa, se compraron propiedades y se transformaron los albergues destinados a personas sin hogar, en departamentos individuales como viviendas definitivas ya no de paso.
Todos tienen que pagar arriendo, como todo ciudadano, y para eso reciben ayuda, tienen programas de inserción laboral, de desintoxicación y subsidios sociales en el caso de que aún no logren generar los ingresos suficientes.
En Singapur, otro de los casos exitosos, en 1959 solo el 9% de la población vivía en viviendas sociales y hoy un 80% habita un departamento construido por el Gobierno, con cerca de 1 millón unidades. La fórmula es interesante. El Estado posee la mayor parte de la tierra, ya que desde 1967 se lo facultó legalmente para adquirirla a bajos precios para destinarla a uso público. Con estas condiciones le es muy factible disponer de espacio para destinar a vivienda, la base, y si a eso se le suma que han ideado un sistema de estrellas de mérito que estimula la buena calidad de las mismas –se premia a las constructoras, pudiendo adjudicarse trabajos anuales y por una cantidad de años–, se entiende que se lo señale como ejemplo mundial a seguir.
Singapur entendió que mezclar es bueno y, por el contrario, crear barrios de viviendas sociales en las periferias solo trae problemas y más segregación. Por eso se han construido en sectores con buen transporte público, educación, servicios y cerca de centros neurálgicos de la ciudad porque se trata de cohabitar la ciudad.
A la vez los edificios están diseñados para generar espacios de encuentro y colaboración entre sus habitantes, como el Skyville de la oficina Woha, gigantescas torres de alta densidad interconectadas, con corredores, salitas para sus habitantes, terrazas comunes y jardines en proporción a sus habitantes, porque en Singapur las áreas verdes son prioridad, también la planificación urbana de una ciudad.
Ejemplos lejanos geográficamente, pero que dan luces sobre el tipo de mirada que funciona si de verdad se quiere atajar un problema desbordante a nivel mundial como es la vivienda: a largo plazo, sostenible y de soluciones definitivas y dignas.

Más de lo mismo

Para ahondar en los grandes asuntos a resolver en este siglo recomendamos las “21 lecciones”, del historiador Yuval Harari.