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Sí, se puede

¿Es posible lograr una vivienda y jardín sustentables, sin necesidad de paneles solares, aislación térmica y sistema de calefacción o refrigeración que signifiquen un costo inalcanzable para muchos? Claro que sí. Juan Sebastián Witt nos cuenta cómo lo consiguió con dos elementos básicos necesarios: compromiso con la naturaleza y voluntad.


A 50 km de Santiago, en la localidad de Chada, en Paine, se encuentra la casa de este profesor de educación básica. Una construcción hecha a pulso 100% por su dueño, emplazada en un lugar único en medio de un valle, protegida por un cordón de cerros, árboles nativos y el sonido de los pájaros. Juan Sebastián fue director académico del Colegio Virginia Subercaseaux de la Fundación Origen, en Pirque, y actualmente es delegado de medioambiente del Colegio Verbo Divino. “El interés por el medioambiente es algo que me transmitió mi papá, agrónomo y pionero en la implementación de riego por goteo en Chile, desde chico. Había que hacer las cosas con los recursos disponibles, generando el menor impacto posible y logrando los mejores resultados”, cuenta.
Con esa formación fue que hace 17 años hizo su memoria de pedagogía en huertos escolares, para ser trabajado como un recurso didáctico, no como un espacio productivo. Y hoy ese mismo afán es el que intenta transmitir a las nuevas generaciones presentando el huerto como un ecosistema tipo, para la educación medioambiental y que, por cierto, aplica en su jardín. “El huerto es un modelo de ecosistema, que permite entender las dinámicas y los flujos de energía en la naturaleza, para llevarlas luego a la naturaleza en general. Los niños se involucran con este modelo a escala en el que trabajan replicando la lógica de las relaciones benéficas entre especies de la naturaleza para lograr que las plantas sin necesidad de agroquímicos se desarrollen de la mejor manera posible”.
Para Juan Sebastián vivir de manera sustentable es simplemente un tema de voluntad. “En general las construcciones que se denominan sustentables no son tan amigables con el medioambiente y para muchos, entre los que me cuento, son inalcanzables económicamente. ¿Entonces qué se hace cuando uno no tiene los medios, pero sí la voluntad?”. Ese fue justamente el desafío que se planteó. Con una vivienda de muy bajo costo, porque fue construida 100% por su dueño, básicamente con madera de pino y partes recuperadas de viejas construcciones. “Es una casa pensada y construida para que dure lo que dura uno, no para que la hereden los nietos, no fue el propósito hacer una casa que dure eternamente… Finalmente es una casa biodegradable”, aclara el profesor.

Con conciencia
El proyecto partió como un espacio de 24 m² y ha ido creciendo hasta alcanzar hoy los 70 m² y tiene proyectado un par de piezas más, para llegar a los 100 m². Toda la aislación fue hecha con tetrapak recuperado, que cumple la misma función que el aluminio aislante y el papel fieltro.
Sin conocimiento alguno en construcción, Juan Sebastián dice, entre risas, haber construido un gallinero antes de lanzarse con su propia casa. “Procuré usar materiales con un origen cercano. Madera de pino, no de coigüe, ni alerce, ni raulí, que sale de bosques nativos centenarios que habría que talar o en el mejor de los casos que consigues en demolición, pagando un sobrecosto que no es justo para ser madera que estás reciclando. Es pino que está tratado y eso garantiza una durabilidad compatible con los años que va a durar uno”, dice.
Otras características de esta casa que la hacen más amigable con el medioambiente son la distribución pensada para facilitar la ventilación cruzada, para poder enfriarla naturalmente, y los toldos que protegen las ventanas de la lluvia en invierno y le proyectan una sombra a las piezas con exposición norponiente. Se calefacciona con chimenea de doble combustión de la Fundición Pirque, quemando recortes de madera sobrante de la construcción y la elaboración de muebles. No se compra leña.
Capítulo aparte merece el jardín. Pensado y diseñado con especies nativas y regado 100% por goteo. No tiene pasto y se mantiene con un mínimo de agua. Tiene un huerto que provee de las hortalizas de temporada todos los días del año. El huerto también se mantiene con riego de goteo y microaspersión, y se fertiliza con compost elaborado con todos los cortes de ramas, hojas y guano de los burros. Las gallinas proveen los huevos y al mismo tiempo se hacen cargo de gran parte de los desechos orgánicos de la cocina. Hay una vermicompostera en la que lombrices transforman en rico humus las cáscaras, algunas hojas, malezas y restos de comida.
La parcela originalmente estaba en una explanada con espinos, donde se pastoreaba ganado. Juan Sebastián recuperó, con la ley de donaciones de Conaf, todas las otras especies nativas que corresponden a esa zona de bosques esclerófilos, como quillayes, peumos, bellotos, boldos, maitenes, etc. El terreno además cuenta con una plantación de 200 almendros, que esta temporada dará su primera producción y se maneja orgánicamente. “Se le inyecta un abono orgánico a través de un sistema de fertilización que incorpora al riego té de compost preparado con agua de un pequeño estanque con peces. Además, el guano de los burros se esparce por la parcela para ir incorporando materia orgánica al suelo”.