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Full Diseño N°17, 28 de abril 2017

Hace 40 años a San Pedro se llegaba en jeep, léase: Land Rover o Toyota, y basta –el concepto 4×4 no había nacido–. Eran caminos polvorientos como el cacao, en los que rara vez se veía otro auto.
Sus casitas, su iglesia, todas de blanco, tan típicas del Norte Grande, les daban a los ojos un descanso del marrón interminable del desierto.
El museo ‘del padre Le Paige’ –que aún vivía y casi atendía él mismo–, la casa donde durmió Pedro de Valdivia y las diabladas eran los atractivos turísticos del lugar, ajeno a los tours de paisaje y aventura, que cada quien hacía sin problema, mapa en mano, descubriendo por su cuenta y a su ritmo.
El pueblo era de los lugareños y mantenía su encanto y misterio, ese espíritu original que hoy día cuesta encontrar entre sus calles, secuencias de restaurantes – tours – souvenirs, tours – hoteles – restaurantes – souvenirs.
Hoy los pueblerinos y los allegados, amantes de esa identidad, se han retirado a las afueras, unos kilómetros a la redonda, a los ayllus de las comunidades indígenas, lejos de la maquinaria del San Pedro ‘cool’; cerca de ese encanto que lo hace y hacía tan especial.
Encontramos un par de casitas donde se respira aún ese aire: Casa La Brea, que se renta a los viajeros, y dos pasos más allá, pasando un canal bordado de colas de zorro, la de los dueños de ambas, una pareja que hizo del lugar su hogar medio encantado.

CASA LA ENCANTADA. Cuesta creer que antes esto era desierto. El verde tupido, frondoso, metros y metros delante de los ojos, los enormes árboles centenarios que regalan sombra se parecen más a los valles centrales que a la II Región. Su dueña se enamoró de ellos y luego de dos años de intentar e intentar consiguió los papeles para comprar el terreno. “Venía y abrazaba los árboles; venía a regar cada vez”, nos cuenta Rafa.
Fue hace 8 años que construyó la casa y la historia es bien mágica. Dice Rafa que en uno de esos días en que ella venía a regar aparecieron los lugareños y comenzaron a hacer una especie de minga, levantaron los tapiales y ayudaron también con los canales de riego, las melgas y compuertas que hoy bañan cada 20 días, por inundación –como se usa aquí–, este vergel de alfalfa. “Le dieron la bienvenida, la comunidad la recibió, la acogió”. Significativo, porque por lo que nos cuenta nuestro anfitrión, los grupos originarios con tanto turismo se han vuelto más herméticos, apartándose un poco de los nuevos habitantes para preservar sus modos de vida.
Hace 4 años ambos vinieron a vivir a esta casa que está llena de rincones entretenidos, de espacios especiales.
Los muebles son en obra, a la usanza de Atacama. La casa son dos cuerpos conectados: un paralelepípedo que acoge la pieza principal y un seductor sector de invitados separado por un patio. La otra parte, oval, está circundada por ventanas por las que se cuela el paisaje. Es el corazón de la casa, cocina, salita y escritorio.
Por fuera no dice mucho al principio. ¿De verdad es como para salir en una revista de decoración? Una vez dentro se revela encantadora, llena de vida y experiencia.
Construida con adobe cuadrado, techo de brea, el cuerpo circular recuerda las cabañas de las aldeas africanas en su forma simple, pero en realidad tiene de todo. Dentro es un mundo: un buen equipo de música –las guitarras de Sting en concierto se oyen clarísimas hasta en los algarrobos allá afuera–; escritorio e internet para trabajar cómodamente y un largo mesón de cocina en semicírculo que acoge cálido a las visitas. A nosotros nos regalan un té maravilloso con miel orgánica.
El dormitorio es gigante, hay espacio para un gran escritorio y hasta una segunda cama o sofá. Los libros de Osho se asoman de los anaqueles en obra, huellas del viaje a India de la dueña, como otras que vamos encontrando por todas partes, las banderitas tibetanas entre los árboles, el Buda en el jardín.

Especial
Rafa nos da un tour muy particular por la propiedad mostrándonos los rincones más preciados. “Camina hasta el fondo”, dice, llevándonos al final del terreno. “Acá hay un lugar muy especial, yo no sé por qué, pero vienes para acá y se te bajan las revoluciones inmediatamente”. ¿Qué será? Nos miramos sin respuesta. En la otra punta nos hace seguir un senderito hasta un mirador elevado para ver ponerse el sol y por la noche las estrellas. El lugar está lleno de sorpresas.
“Siéntate en esa esquina y mira para allá”, dice en tono misterioso-divertido. Señala la terracita cuyos muebles de madera hizo él mismo y espera a ver qué efecto tiene su invitación. La vista quita el aliento. El volcán se aparece entre los algarrobos y podemos entender, de golpe ante tanta belleza, ese aspecto de apu divino, guardián tutelar del que hablan los andinos. Se siente tan vivo.
“Dicen que el que come chañar vuelve”, me tienta Rafa, pasándome unas bayas que saben a manjar con lúcuma. Debe ser por mi cara de alucinada con el lugar que se sonríe y regala generoso este ticket de retorno virtual.
Esta casa no tiene nombre, pero si hubiese que ponerle uno sería seguro La Encantada, por su campo verde que se las arregla cada día para ganarle al desierto, por su ambiente tan dulce que simplemente hace bombear más fuerte el corazón. ¿Será la paz que la circunda? Probablemente.

 Arquitectura, decoración, San Pedro de Atacama, Casa La Brea, Casa La Encantada

 

CASA LA BREA: DULCE Y SERENA. “La dibujamos en un cuaderno de matemáticas, se lo pasamos a un maestro boliviano que trabaja muy bien el barro y la piedra, y listo, la hicieron”. En dos líneas Rafa resume cómo nació esta casa en julio de 2016 que en Booking está ranqueada con 9.9, es decir, excepcional.
“Toooodo, recomendable 100%. La tranquilidad, el detalle de la ducha al aire libre, la comodidad de los espacios, la atención de su dueño. Es un lugar maravilloso para volver muchas veces más”, comenta Mauricio, un usuario del portal de hoteles y así tantos otros encantados con la atención de los anfitriones y que la casa fuera ‘igual a como se ve en las fotos’.
La Brea –como el nombre de la maleza que abunda, antes gratis; hoy, a la venta para los afuerinos– es práctica, funcional y puede recibir contemporáneamente 2 reservas, porque se puede rentar por habitación y compartir la cocina. Ingenioso.
Tiene vistas al volcán y un silencio envolvente, como todos los lugares que visitamos. Utiliza durmientes, chañares, barro y lo usual, como todas las construcciones que vimos; pero ella y su vecina poseen algo más difícil de descifrar y describir. ¿Será paz?
Nada más llegar a la fachada de piedras volcánicas, encastradas unas con otras con la paciencia y sapiencia de los constructores altiplánicos, cautiva. Parece de cuento ¿Hansel y Gretel?, ¿muros de galletas?, ¿las proporciones? Tiene algo inocente. El cuadro lo completan Pilla e Indi, las dos perritas de Rafa que hacen las veces de caluroso comité de recepción.

Esa terracita 
El efecto ‘embrujo’ del lugar se completa al subir uno, dos, escalones de la terraza, instalarse con todo el cuerpo en el sofá de mimbre y darse cuenta realmente de que al frente está el volcán, que sí, se veía todo el tiempo por la carretera y desde muchas partes, pero aquí ‘se ve’, con mayúsculas, diferente. Hipnotiza de verdad y es lo más notable de La Brea. “Es el lugar favorito de los turistas, la vida la hacen aquí, toman desayuno, almuerzan”, custodiados por los cachiyuyos a los costados.
La terraza es un palco privilegiado de cemento con dibujos que los mismos dueños pintaron encima, perfecta en su tamaño y posición, no dan ganas de moverse. A su espalda, la cocina, el centro de la casa que hace de hall de distribución de las piezas y baños que se acomodan a los costados. La decoración estuvo a cargo de la dueña, que se inspiró en el hotel Altiplánico, también decorado por ella. Maderas cálidas para las camas, pieceras en estilo andino y muebles muy simples crean ambientes ligeros, prácticos para el viajero, con toques únicos como las lámparas con chañar y hojas de alfalfa del jardín o los cuadros de palitos hechos por Rafa.
Hay toques de turquesa que recuerdan también los colores del Norte, sus cielos; en general la casa tiene de todo para pasar una buena temporada embrujado por las vistas del Licancabur que se refleja en cada ventana.
¿Un buen detalle? La ducha exterior para capear el calor del desierto más seco del mundo.

Arquitectura, decoración, San Pedro de Atacama, Casa La Brea