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Si los lectores sabían poco o nada de estas mujeres, si la relación y el compromiso entre su trabajo, el tiempo y el entorno en que lo realizaron llaman la atención; si conduce a la pregunta ¿cuántas historias de mujeres como estas quedaron sepultadas en la historia de la arquitectura chilena, sin reconocimiento, a veces simplemente pasadas por alto?; entonces este artículo cumple su objetivo.


Gabriela González, la adelantada

Hay libros recientes, libros serios, de buena impresión y en ese papel grueso que no brilla, que perpetúan un error común, un mito urbano.
Ya en marzo de 1954 (los días 21 y 28) los diarios El Sur y La Patria empezaron a hablar del edificio del Casino Llacolén. En una especie de aviso, con tipografías simulando mano alzada invitaban a hacerse socio de un club que en el anteproyecto tenía aires náuticos y de acuerdo a la publicación era obra del arquitecto Edmundo Buddenberg. En mayo y octubre de 1955 ambos diarios actualizan sobre la construcción en marcha en la marina de Llacolén, pero mostrando un proyecto totalmente distinto, donde ya aparecen dos edificios, el de crucetas y otro adosado, sin identificar al o los arquitectos. Pongamos dos alfileres imaginarios en esos recortes. El primero en el nombre de Buddenberg, solo, sin considerar que tuvo una socia en este proyecto –probablemente porque estaba recién titulada o por titularse, quizás porque siendo mujer se asumió que su rol era menor– y que esa socia involucró a su marido como calculista. El segundo alfiler debe ser bien grande e ir en las fechas. Mientras el proyecto no construido de Louis Kahn para el Instituto Norte Americano del Hormigón en EE.UU. se fecha en 1957, que el Palacio de los Deportes en Roma de Pier Luigi Nervi en 1958 y el también Palacio de los Deportes en México, de Félix Candela, en 1968, el edificio del Casino Llacolén fue proyectado por Edmundo Buddenberg y Gabriela González en 1954, construido en 1955, y su uso de diagonales estructurales como parte del diseño y del lenguaje moderno lo situaría entonces como el primer edificio de alta tecnología del siglo XX.

En la Municipalidad de San Pedro de la Paz (Concepción) no existe ni un solo plano, ni una carpeta con el proyecto original del Casino Llacolén. Lo sabe el arquitecto Pablo Altikes, que buceó en esos archivos y ha estudiado el tema a fondo como para elaborar la siguiente teoría: “De su obra posterior y entrevistas con sus dos socios y su hijo mayor José Léniz (que en ese entonces tenía 8 años y acompañaba a su mamá a las visitas de obras), se puede concluir que ella fue la de la idea de estas diagonales. De ahí la importancia de su esposo, José Léniz, desde el punto de vista de la ingeniería en este y en todos los proyectos de Gabriela González; incluso la amistad que él tuvo con Albert Einstein apoya la teoría de que ella pensó estas estructuras y juntos la materializaron. También sirve como evidencia el hecho de que cuando ella trabaja con Ernesto Vilches y Pedro Tagle en la parroquia San José de Talcahuano (1972), nuevamente estamos frente a un alarde estructural y nuevamente está metido su esposo, el señor Léniz, calculando estructuras salidas de la mente de Gabriela”.
Gabriela González de Groote había nacido en 1919 en Valdivia, pero estudió arquitectura en la Universidad de Chile, donde recibió su título prácticamente diez años después de haber egresado, el 13 de mayo de 1954. Era prima del premio nacional de Arquitectura Christián de Groote y amiga cercana de la escultora Marta Colvin. Pepo –José Antonio Léniz Cerda– era ingeniero y un año mayor. Se casaron apenas ella egresó y se fueron a vivir a Concepción, donde trabajaron, tuvieron cuatro hijos y se dedicaron a sus otras pasiones, ella al piano, él a la astronomía.

Durante la década de los 60 Gabriela se mantuvo activa en proyectos como las primeras casas con forma de A que conoció Valdivia –y probablemente Chile– y una colaboración con el arquitecto Osvaldo Cáceres en el Mercado Lorenzo Arenas de Concepción, un edificio de forma circular. En 1972 participa en el diseño del conjunto habitacional LAN de la CORVI –Corporación de la Vivienda–  en la comuna de Hualpén, en Concepción, un conjunto de tres edificios de vivienda social de estructura metálica en forma de H. Dentro de ese equipo estaba Ernesto Vilches, quien más tarde sería su socio. Otro de sus proyectos fue el casino del centro astronómico del cerro Tololo. En 1965 Gabriela se separa de Pepo y él vuelve a Santiago a formar parte del equipo que trabajaba en el proyecto del metro.

Gabriela González compartió por muchos años la oficina que era propiedad de Edmundo Buddenberg, con quien proyectó en 1948 el arco de Medicina de la Universidad de Concepción, la puerta de entrada al campus y el eje de remate en la biblioteca, eje que hoy es monumento histórico nacional. En la oficina también trabajaban el pintor Julio Escame, Hernán Pizarro, Alejandro Rodríguez, Pedro Tagle, Osvaldo Cáceres, Marco Gutiérrez y su esposa, Cuca. La oficina quedaba en calle Colo-Colo esquina Barros Arana y se entraba por Colo-Colo. Tan grande era el espacio que Buddenberg lo ocupaba también como su casa. Fue ahí donde se quitó la vida. Posteriormente Gabriela empezó a trabajar en el MOP –donde estuvo 10 años– y conoció en esa oficina a Jaime Torres, un arquitecto unos 20 y tantos años más joven, con quien mantuvo una relación por 10 años.

La pionera de las estructuras de alta tecnología en Chile dejó otras notorias muestras de su talento en la Región del Biobío. En 1972, en conjunto con sus socios Pedro Tagle y Ernesto Vilches, diseñan la parroquia San José de la ciudad de Talcahuano, una hermosa y contundente obra de hormigón armado laminar que, a diferencia de muchos edificios en Talcahuano, resistió los 8.8 del terremoto de 2010.
Hacia fines de los 90 Gabriela sufrió un accidente automovilístico. El resultado para ella fue grave, pero fue el enfisema que se le detectó entonces lo que la mató en febrero de 1998.

Yolanda, la idealista

Cuando Carlos Albrecht Viveros compró el terreno no sabía lo que su esposa iba a levantar ahí, simplemente –en ese entonces, hacia finales de los 50– apostaba por el desarrollo de la zona al sur de Av. Grecia. Como su esposa, él era un arquitecto moderno, pero no tanto como para participar en un diseño tan vanguardista y poético en términos del trabajo con la luz, con las nociones de arquitectura japonesa que a ella le fascinaban: Yolanda Schwartz Apfel quería que el techo de su casa flotara y llevó la idea tan lejos que los muros interiores no lo tocaban, que queda el aire entre los muros y el cielo, en detrimento de la acústica y la intimidad. Años más tarde, en los 80, cuando nuevos arrendatarios trataron de solucionar el problema instalando vidrios, estos estallaron el 3 de marzo de 1983.

Yolanda Schwartz y Carlos Albrecht fueron los protagonistas de un romance intenso, que comenzó en el Partido Comunista y en el elenco tuvo a un premio Nobel y locaciones internacionales. Yolanda era una mujer judía enamorada de un alemán protestante, por supuesto su familia se opuso y se la llevó a Israel para separarlos. Ella escapó con lo puesto a Nápoles. Pablo Neruda escuchó sobre esta joven chilena deambulando en alpargatas y la ayudó a llegara a Buenos Aires. Sus compañeros de facultad juntaron el dinero para el pasaje en tren a Chile.

Yolanda diseñó su casa ya separada de su marido, terminó de construirla con su poca experiencia y tres maestros, y la habitó junto a sus tres hijos. La construcción ya era bien conocida en el barrio, pero empezó a recibir incluso más atención y a llenarse de mitos cuando Salvador Allende –entonces Presidente en ejercicio– llegó escoltado por la GAP –el grupo armado popular–. Yolanda había ayudado a refaccionar la Embajada de Cuba en Chile y era conocida su militancia en el MIR. A pesar de que Allende fue una sola vez a comer a la casa de Yolanda Schwartz junto a su mujer y varios diplomáticos cubanos como gesto de agradecimiento (aparentemente también para conocer la arquitectura y espacios interiores de los que había escuchado hablar tan bien), comenzó rápidamente a correr el rumor de que eran amantes.
Cuando vino el golpe militar la casa fue allanada y saqueada; se destruyó toda la documentación y trabajo de Yolanda. Los agentes destruyeron parte del techo flotante en búsqueda de armas. Sus tres hijos fueron detenidos en Tres Álamos y posteriormente fueron expulsados del país. Tenían 20, 18 y 16 años, y la doble nacionalidad que les había legado su abuelo permitió que fueran recibidos en la Alemania socialista.

Yolanda había fallecido meses antes, el 14 de mayo de 1973. Volvía a Santiago tras la entrega de una población en Concepción cuando el chofer –un dirigente llamado Alejandro Villalobos, alias el Mickey– chocó por detrás a un camión detenido en la berma. Tenía 42 años.
Antes de pasar por la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Chile en Cerrillos, en el Colegio Manuel de Salas, Yolanda fue alumna de María Marchant, militante comunista que llegó a ser la primera mujer intendenta de Santiago, en 1946, bajo la presidencia de Gabriel González Videla, cargo que ejerció solo por un año; no estaba inscrita en el padrón electoral (recién en 1949 la mujer tuvo derecho a voto) y la Contraloría la destituyó. Marchant fue miembro de la agrupación Pro Emancipación de la Mujer y la primera regidora de la comuna de Ñuñoa.

Agustinas con San Martín, en un edificio curvo con sacado cóncavo, y luego en Monseñor Muller, fueron las dos direcciones donde se estableció la oficina que Yolanda Schwartz fundó junto a sus socios Pablo de Carólis y Raúl Pellegrin. Excepto por el periodo de la Unidad Popular, cuando ella estuvo en el Ministerio de la Vivienda, trabajaron siempre juntos. Uno de los grandes proyectos en que trabajó Yolanda fue el campus de la Universidad de Talca, junto a Ana María Barrenechea y Francisco Ehijo. Fue la coordinadora e impulsora de la idea de la remodelación del Parque O’Higgins, también se la reconoció por el anteproyecto Concurso Remodelación Bellavista (mención honrosa), Valparaíso, 1969. Mariela Inés, su hija mayor, se acuerda de haberla visto trasnochar incontables noches participando en cada concurso que pudiera, sola o con otros amigos arquitectos.

Cuando la prestigiosa revista de arquitectura AUCA llevó un detalle de las ventanas de la casa de Yolanda en su portada (número 9, de 1967) y la mostró en profundidad en su interior, ella dijo que le costaba emitir juicios críticos acerca de ella, puesto que la intención primera se veía un poco diluida por las vivencias cotidianas. “La proyecté entre 1960 y 1961. En ese entonces, más que vivirla, me interesaba como experiencia formal o plástica, preocupándome fundamentalmente, por ejemplo, de la definición del volumen a través de la caracterización de la techumbre como elemento fundamental de la composición o la continuidad del espacio (intención que si bien obtuve, ha redundado en una falta de intimidad visual o auditiva de los recintos), o la unidad del volumen y del espacio buscada a través de la similitud en el tratamiento del hormigón, del ladrillo y la madera, únicos materiales empleados en la obra. Sin embargo, el logro o no logro de esta voluntad formal ha resultado ser secundario ante una realidad mucho más viva, cual es contar con un espacio útil (y dentro de lo útil se incluye lo grato) en el cual transcurre una buena parte de la vida de mi núcleo familiar, espacio que condiciona positivamente el desenvolvimiento de la misma”.

La mañana del 27 de septiembre de 2018 estuvo nublada, y a pesar de que el ruido era mucho mayor que el de una comitiva presidencial entrando a un barrio residencial, nadie se detuvo por mucho rato a ver que las máquinas derribaban el techo que flotaba, que pasaban por encima de una de las casas más icónicas del movimiento moderno de nuestro país.