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Quedó la escoba

¿Qué sigue después de abandonar la bolsa de plástico? A ojos de Fundación Artesanías de Chile reemplazar un sinfín de objetos simples y cotidianos por otros más sustentables, amigables con el medio ambiente y hechos por artesanos, como la clásica escoba chilena, hecha de ramas. Es parte de su campaña “Sí a las fibras vegetales, no al plástico”.


Chile es un país rico en fibras vegetales. Solo en la artesanía se utilizan cerca de 30 variedades. “Por lo mismo, la cestería que tenemos es de gran riqueza”, dice la historiadora Claudia Hurtado, directora desde marzo de Fundación Artesanías de Chile. “Eso nos inspiró, en este momento donde el plástico está siendo erradicado por su impacto en el medio ambiente, a visibilizar de nuevo el patrimonio artesano hecho con fibras vegetales, que nacen de la tierra, son sustentables y sostenibles en el tiempo, y, como son biodegradables, mueren en ella. Por lo tanto, si el plástico tiene que ser reemplazado, no existe nada más acorde que las fibras vegetales. Por eso queremos reincentivar su uso y también buscar la forma de preservarlas”, dice.
Así, ante la prohibición por ley -desde agosto pasado- del uso de bolsas plásticas en el comercio de todo Chile, el primer paso de la Fundación Artesanías de Chile para rescatar el patrimonio artesanal chileno elaborado con fibras vegetales fue hacer un llamado para volver a usar, en el día a día, la pilwa, la bolsa tradicional mapuche confeccionada por artesanos con hojas de chupón, la planta silvestre que crece en los alrededores del lago Budi, en La Araucanía. Ahora es el turno de la escoba.
“Nosotros queremos hablar de la artesanía desde el territorio: difundir los oficios artesanos explicando que estos nacen y se desarrollan en un determinado lugar porque allí se dan ciertas materias primas endémicas que los artesanos reconocen, luego recolectan, procesan según el clima y las exigencias de la naturaleza, y transforman con sus manos, creando piezas utilitarias y otras veces decorativas, siempre cargadas de sentido y tradición. Cuando uno entiende eso, es capaz de ver que una escoba de fibra vegetal no solo sirve para barrer, sino que también la puedes tener como una pieza decorativa, porque, según de dónde es, te habla de un lugar, de sus recursos naturales, de sus artesanos y de un oficio”.

Escoba de Curahuilla: La clásica de la zona central
El artesano Jaime Jara, oriundo de Pichidegua, VI Región, tenía 16 años cuando entró a la fábrica de escobas que tenía el marido de su hermana en Pelequén. “Ese día dije ‘Quiero aprender y dedicarme a esto’”, recuerda, mientras toma unas varas de curahuilla, una gramínea parecida al maíz que abunda en la zona central y las va atando a un palo con un alambre tenzado. Jara es uno de los pocos artesanos de la zona que sigue haciendo escobas de curahuilla, la que muchos llaman “la típica escoba del campo chileno”. Al día, asegura, puede hacer fácilmente unas 80. Tiene dos modelos: una que va con dos corridas de costura azul y rojo y que él llama “la escoba chilena”. La otra, en vez de costura lleva alambres. A esa la llama “escoba de campo”. Pero solo de la chilena tiene en varios tamaños: la clásica grande, pero también miniatura -para barrer las chimeneas- y una mediana, que suelen comprarle para niños. Jara es de los artesanos que está encima de todo el proceso: cerca de la casa donde vive tiene un pedazo de tierra donde tiene la plantación de curahuilla que cosecha en el verano. Luego, divide las varas en tres tramos: uno largo, “la caña”, sobre la que luego pone el “recorte”, una rama secundaria que va al centro, y termina con la “hebra”, con la que cubre el hombro de la escoba. La costura final la hace él mismo, a mano, con una enorme aguja punta roma. Jara es de los escoberos que está obstinado con mantener viva la tradición: una vez que tiene suficientes escobas, las sube a su camión y parte por dos o tres meses de viaje: primero hasta La Serena, luego parte al sur, hasta llegar a Chiloé para vender sus escobas pueblo por pueblo.

Chapilca: La escoba del monte
En Chapilca, la localidad rural ubicada en la precordillera, al interior de Vicuña, región de Coquimbo, el 80% de las familias son artesanos textiles y conservan viva la tradición del telar parado, un oficio antiquísimo que han traspasado de generación en generación. Como es una zona rural, los patios de las casas suelen ser grandes y estar llenos de árboles que botan hojas todo el año. Por eso, dicen, desde que los chapilcanos tienen memoria, en la localidad acostumbran hacer escobas con arbustos. “Acá antiguamente, como todo era tierra, lo mejor para barrera eran las escobas que se hacían con las ramas de arbustos firmes, que abundan por acá: con ellas se barre más rápido, arrastras solo las hojas y no levantas tanta tierra”, cuenta la artesana Makarena Urrutia Álvarez, quien a sus 33 años también hace escobas. “¿Cómo aprendí a hacerlas? Como aprendemos los artesanos: observando. Uno creció viendo eso, entonces es fácil”, dice. En armar una escoba, cuenta, los artesanos se demoran poco rato: solo necesitan conseguir alguno de los arbustos que abundan en la localidad: canchalahue, molle o romero de tierra. El mejor de todos para barrer, asegura Makarena, es el canchalahue, un arbusto firme y duro, parecido a un arbolito de Navidad, pero pequeño. Como se da solo en algunas épocas del año, cuando no encuentran, los artesanos arman escobas con molle, otro arbusto de ramas firmes. Y la tercera opción es usar ramas de Romero de tierra, “que no es el mismo que se utiliza para cocinar, sino que es el que las artesanas usamos para teñir la lana con la que hacemos nuestros telares”, explica Makarena. Como los arbustos tienen que buscarlos entre la precordillera, la gente de Chapilca suele decir que las suyas son “escobas del monte”. Su vida útil suele ser de una semana. Durante esos siete días, la costumbre es, al final del día, sumergir las ramas de la escoba en una acequia para que se limpie con el correr del agua. “En la noche se sacan para dejarlas estilando y así se pueden usar al otro día”, explica Makarena. Tener una escoba de este tipo es una joya, porque los artesanos de la zona no las venden: son escobas que los artesanos hacen para su propia casa.

En chapilca la tradición es que cada persona se haga su escoba con ramas de los arbustos que abundan.

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Escobas fabricadas con curahuilla por el artesano ecobero Jaime Jara de Pichidegua.

 

Quilinjea: La escoba chilota
La quilineja es una enredadera endémica de Chiloé, que solía abundar en los bosques nativos del archipiéalgo, y con la cual los artesanos cesteros confeccionan, además de canastos, uno de los símbolos patrimoniales de la isla: la escoba quilineja. El artesano René Valderas, quien vive en la Isla Caucahué -que pertenece a la comuna de Quemchi-, a sus 60 años es uno de los escoberos que sigue con la tradición: lleva 40 años haciendo escobas de quilineja. Aprendió observando a su papá y sus tíos: “Todos eran escoberos”, dice. Claro que antes, cuando la quilineja no escaseaba como hoy, dice que no tenía que ir tan lejos para recolectarla. Ahora cada cierto tiempo, sobre todo en el verano, parte en su camioneta y recorre 3 horas hasta llegar a un sector de bosque nativo donde tiene una pequeña cabaña. René suele quedarse ahí una semana: durante esos siete días dice que se levanta temprano y parte a caminar cuatro o cinco horas buscando quilineja enredada en los troncos de enormes lumas, ulmos, tepas y canelos. Es en esos árboles donde esta fibra se da gruesa, y es esa la que sirve para las escobas. René dice que como ya lleva décadas en este cuento, sabe reconocer rápidamente cuándo la quilineja está madura: eso es clave, dice, para preservar esta enredadera -hoy en peligro de extinción- que demora 5 o 6 años en reproducirse. Recolectarla, explica René, es trabajoso “porque es harto dura, entonces requiere mucha fuerza de brazos”. “Yo voy tirando la quilineja desde la base del árbol y la voy cortando y desenredando con la mano. Con un palito la despego y al final la corto con un machete”, dice. Cada tira suele medir de 4 a 7 metros. De vuelta en su casa, la deja secar y cuando ya tiene todo el material para la escoba -la quilineja, el palo (que suele ser de pello-pello, un arbusto que abunda en Chiloé) y el alambre para atar la escoba- se entrega a fabricar. Es una bala: “Al día me hago 100 escobas”, dice, que duran por lo general -y después de harto uso- unos dos meses. “Para limpiar alfombras gruesas son ideales. Porque sacan toda la pelusa”. 

Carrito artesano. Del 9 al 11 de noviembre en el segundo piso de Casacostanera, Fundación Artesanías de Chile montará un Carrito Artesano dedicado exclusivamente a la venta de escobas de fibras vegetales y pilwas. Ojo que será una colección acotada de escobas. Además, durante los tres días el equipo de educación y extensión de la fundación realizará talleres para que los visitantes -niños y grandes- conozcan el proceso de elaboración de las escobas y pilwas, y la materia prima que utilizan los artesanos. Más información en @artesaniasdechile

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