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Propiedad del corazón

¿Cuánto tiempo pasa para que un teléfono recién lanzado quede obsoleto? ¿Cuánto vale el último teléfono? Mientras millones viven ansiosos por poseer este tipo de objetos, un poco esclavos del consumo, otros establecen relaciones de genuino afecto con cosas baratas, viejas, rotas o defectuosas, que a veces –incluso– encuentran botadas.


Todos dijeron que la sensación es fulminante. Un golpe –generalmente estético–, una conmoción. Alguien llegó a decir que era como el corazón saliendo por la boca, pero de una manera agradable; el símil que ofreció fue: encontrar diez lucas tiradas en la calle.
Hay gente que establece relaciones especiales con los objetos que están fuera del consumo, que probablemente van por el camino contrario y que siente todas esas cosas cuando se topa con uno que la atrape.
La artista visual Claudia Peña dice que no busca objetos, se le aparecen. Sin importar la vergüenza que les cause a sus hijos, cuando eso pasa ella tiene que recogerlos si es en la calle, comprarlos si es en alguna feria. “Son huevadas. Tengo unas maletas llenas. Después las ocupo como materiales: en mi casa hago pequeñas instalaciones, domésticas, decorativas. Un muro lleno de espejos que se llama espejismo, o cosas así. Cuando una idea cuaja, abro mis maletas y siempre tengo lo que necesito”, dice Claudia.
Esas ‘huevadas’ son cosas desechables, rotas o defectuosas, o todas las anteriores. Tanto en las cosas como en las personas, para ella son más atractivos los defectos que la perfección: “Esos objetos son como unos huérfanos. Mis maletas son como una casa de acogida. Los junto y entre todos crean una realidad nueva, una cooperativa, y ya no son huérfanos”, dice sobre sus cadáveres exquisitos, esas obras domésticas que no vende, que son solo para ella.
Alguna vez leyó por ahí, probablemente de un mexicano, que la simpleza es el primer hogar de la belleza. No puede estar más de acuerdo.

La resistencia
“Hay que hacerse cargo de la sobrepoblación de objetos nuevos, hechos en serie. En cualquier minuto no vamos a caber”, alcanzó a decir Claudia Peña antes de que le diera pudor ‘hacerse la ecologista’ y de admitir que en su caso eso es secundario, lo importante son las cosas.
“En este poscapitalismo en el que estamos sumergidos, rescatar un objeto es una especie de resistencia a un mundo donde todo es evanescente. Incluso esta idea del holding es de alguna manera una respuesta a un sistema que nos quiere llenar de cosas. Pero atesorar no es acumular, implica un seleccionar. Hay un ímpetu por dar relevancia a ciertos aspectos de los objetos”, opina Javiera Barrientos, miembro de CECLI (Centro de Estudios de las Cosas Lindas e Inútiles), en un café afrancesado y perfecto para conversar sobre este universo.
Un tema recurrente en las reuniones del CECLI -que ahora me imagino tremendamente entretenidas– es cómo lo inútil se revela en el momento en que el objeto deja de servir para la función que fue creado o pierde valor de mercado.
“Pienso en los celulares y en sus formas aburridas, todos iguales. Hay una nostalgia por el diseño de objetos antiguos de formas imaginativas, provocadoras, que invitan al placer, al juego. No creo que en el futuro la gente coleccione celulares”, dice Loreto Casanueva, otra de las fundadoras del CECLI. “Bueno, a eso responde el hecho de que cada 10 metros te encuentras con tiendas de carcazas. E incluso esa es una personalización de mercado. Lo veo también en los laptops cuando voy a la biblioteca. Hay una necesidad de personalizar esos objetos en serie”, agrega Javiera.
Estamos llegando a las muchas posibles diferencias entre lo que estudia el CECLI –la cultura material– y el materialismo.
Manuel Alvarado –otro miembro del CECLI, también historiador que ha colaborado con el Museo de Artes Decorativas– estuvo leyendo el día anterior sobre coleccionismo y entre las ideas iluminadoras que encontró estaba esta: “En atesorar hay una cuestión estética, emotiva. En las colecciones está reflejado el propio coleccionista. Suena muy cliché, pero es cierto que los objetos que guardamos tienen que ver con la forma en que nos construimos como sujetos, con nuestra identidad. En esos objetos están nuestros anhelos, trancas, talentos. De cierta manera constituyen un mapa mental de quiénes somos. Nos revelan de una manera que quienes coleccionamos cosas muchas veces no queremos reflexionar”.

Lo roto, lo frágil, lo inútil y lo fallido
Samuel West es el creador de uno de los museos más particulares de Suecia y del mundo, el Museo del Fracaso, la casa oficial de todos los productos e invenciones fallidas. Loreto Casanueva lo entrevistó para CECLI hace unos días y se quedó pensando en varias cosas que sirven en nuestra conversación: “Ahí hay máscaras que no rejuvenecen como prometían, hay bebidas con sabor a pizza o espagueti, un roll-on de mantequilla para el pan. Él mencionaba que de algún modo el museo no solo servía para pensar sobre los objetos inservibles y darles dignidad museográfica, sino también para reflexionar en nuestros trabajos como seres humanos y en el error en profundidad. Me parece interesante esa dignidad académica que adquiere lo roto, lo frágil y lo inútil a partir de esa iniciativa y otras como la nuestra, pero también dialoga con prácticas coleccionistas”.
El CECLI me da la confianza para compartir que cuando era niño no existía una cosa que me hiciera más feliz que la figurita de He-Man que venía con la pasta de dientes, que a mí no me importaba si esa marca era más cara, si mis papás la odiaban; estaba dispuesto a cualquier berrinche por ese pedazo de plástico tosco que finalmente se parecía muy poco a He-Man o algunos de los Masters of the Universe.
Supongo que en realidad quiero saber si esa es la sensación que revivimos con esos objetos que atesoramos ahora como adultos.
“Síííí”, responden los tres.
“Son formas de volver a casa. Las primeras experiencias de posesión, libremente escogida, nos marcan. De hecho una de nuestras autoras favoritas, María José Ferrada, trabaja mucho en su narrativa el vínculo entre la infancia y los objetos. Ella habla de cómo cuando uno es niño o niña tiene un vínculo con las cosas que es casi animista, uno les otorga vida propia. Es bonito pensar que cuando uno es niño hace hablar a los objetos. Uno los valora más que en sí mismos por las posibilidades que tienen en la imaginación”.
Terminamos estableciendo una verdad potente y poco documentada: nadie, nunca, jamás, se comió las papas fritas primero y después vio qué tazo le había salido.