*

Más Deco


Beatriz García- Huidobro y Guillermo Lorca. La marcada estética del siglo XIX en el arte de Guillermo Lorca sin duda no es gratuita. Y en gran medida influenciada por referentes que recogió desde niño al lado de su madre. “En la época del colegio les daban las lecturas obligatorias y dada la mentalidad del Guille le fomenté el gusto por los clásicos, como Shakespeare, Dostoievski… ahí diría que entró en una sensibilidad estética distinta desde el punto de vista del lenguaje mucho más clásica. Era su manera de enganchar en términos de imágenes y de profundidad sicológica, es el gran mérito que tiene la literatura clásica que ha trascendido, porque tiene mayor densidad”, dice Beatriz García-Huidobro, actualmente editora de Ediciones de la Universidad Alberto Hurtado y escritora.
“Con mi madre encontré un conocimiento y también un incentivo a ese mundo interno creativo muy grande. Ella me lo fomentaba constantemente, me felicitaba o se hacía la sorprendida cuando yo hacía algún dibujo, entonces uno iba entusiasmado a seguir dibujando para mostrárselo a ella, era en gran parte la meta. Era como el público total de uno de niño”, revela Guillermo, que, por su parte, se encuentra concentrado en lo que será su próxima exposición en el Gam en agosto de este año, y en forma paralela en octubre exhibirá un par de obras en una galería de arte en Italia, con grandes maestros universales como Rubens y Tiziano, entre otros.
Sobre su aproximación al arte, el pintor confiesa que su madre era el nexo directo a todo lo que era la parte sensible, “pero fue principalmente el valor de la autenticidad y ser coherente con uno mismo lo que me inculcó siempre. Que fuera honesto con mi propio ser interno, porque de repente es tentador caer en la moda, en lo efectista, en lo que los demás te alaban y te dicen, que si no es propio tuyo va a terminar siendo acartonado. Para graficarlo me mostró a Edward Munch, decía que su potencia hacía que fuese uno de sus pintores favoritos, y de hecho para mi también lo es; ella me lo mostró desde niño y había algo muy auténtico en él.
“Mi mamá siempre me mantenía como mantra la necesidad de que es muy difícil saber en el arte que puede ser lo bueno o lo malo. Independiente del análisis intelectual que uno haga, de alguna u otra forma uno llega a un callejón sin salida. Y eso se revela de manera explícita en mi obra”. guillermolorca.com

Ximena Ulibarri y Pablo Hermansen. Ambos diseñadores y docentes de la PUC orientados a disciplinas distintas; Ximena al área de comunicación visual, creadora y directora de la Revista Diseña, y Pablo, diseñador gráfico, doctorado en Arquitectura y Estudios Urbanos en la UC, dedicado actualmente a la investigación y a materializar proyectos bajo el principio de las relaciones mutuas entre humanos y no humanos en el ámbito de la salud pública, el zoológico, museografía, entre otros.

¿Cómo influyó tu madre en tu vida profesional? Yo diría que es el compromiso, el trabajo constante, el empeño, el amor hacia lo que uno hace. Esa capacidad de mezclar empeño, cariño, tozudez, en una actividad en la cual uno no debe levantar cabeza hasta que eso esté bien. En el caso de mi mamá es algo que yo trato de aprender siempre. Yo creo que eso me inspiró profundamente, y creo que me hubiera inspirado en cualquier disciplina que hubiese ejercido.

¿Qué imagen recuerdas de tu madre frente al trabajo? Incansablemente, no entendido como con ojos cansados, sino porque mientras el trabajo está no hay cansancio. El trabajo no existe mientras no se termine. Ella trabajaba en dirección creativa en la Casa Central y yo de chico muchas veces la acompañaba. En disciplinas como el diseño y la arquitectura, el tema del horario se rebalsa. No hay límites, es el proyecto el que te empuja. Tengo recuerdos muy bonitos de esas horas infinitas jugando con Rapidograf, con pinceles, con papeles, texturas, componiendo, revisando fotografías, pero horas que tenían esa cualidad de no ser horas cansadas; el entusiasmo por el trabajo estaba ahí, mientras el trabajo se hacía.

Ximena entra en la conversación para contar que Pablo desde niño tuvo un interés intelectual, de crear personajes imaginarios. “Eran personajes que empezaban a habitar el mundo, que hoy como diseñador, como estudioso, es la capacidad de ver más allá y de generar una idea, un concepto, un contenido en torno a algo”.

¿Complejo de Edipo? Absolutamente. Mi madre es el referente de mi vida. Ha sido la persona más marcadora, sobre todo que uno con el tiempo va construyendo esa admiración. Es una relación de coexistencia.

Nora Moguillansky y Alberto Telias. “Quien no ama su trabajo, aunque trabaje todo el día es un desocupado”. Esa frase de Facundo Cabral es la que Alberto Telias, dueño del Restaurante Sin Recetas, escuchaba a menudo de boca de su madre, Nora Moguillansky, dueña de la pastelería Manjares, para transmitirle a él y a sus hermanos la importancia de dedicarse en la vida a lo que les apasione para ser felices.
Una cuña que se reafirmaba constantemente con el ejemplo que vivía Alberto desde niño en su casa al ver a su madre trabajar incansablemente en lo que al principio partió como un hoby y hace más de 20 años se transformó en el motor de su vida: la cocina. “Mi vieja es ingeniera comercial, trabajó como gerente en un banco por muchos años y para todos nuestros cumpleaños, para fin de año y fechas especiales, se quedaba toda la noche trabajando y haciéndonos las tortas y pasteles más increíbles, con decoraciones especiales que le pedíamos de manera personal”, cuenta.
“Me acuerdo a los 7 años, ya con las manos en la masa, cuando mi madre nos dejaba las preparaciones hechas de los pasteles y nosotros los rellenábamos con mi hermana. Todos participábamos, pero yo la ayudaba un poco más porque era una forma de estar con ella, ya que trabajaba todo el día fuera de la casa”, cuenta Alberto. Siempre estuvo presente el tema gourmet en la casa de los Telias Moguillansky, donde la sangre materna israelita-rusa venía cargada de tradiciones, con preparaciones que Nora vivió de cerca con su abuela en Buenos Aires, su tierra natal.
“Me acuerdo, a los 8 años, que pedí como regalo de cumpleaños ir al Bali Hai, cuando mis amigos pedían un Nintendo. Desde chico me hacían probar cosas distintas, y siempre que íbamos a un restaurante elegíamos algo nuevo para nosotros”, relata.
“Cuando me matriculé en gastronomía le fui a agradecer a mi papá y me dijo ‘¡qué bien me parece hijo, astronomía!’, y le digo no, es gastronomía, y me dice ‘pero ¡cómo!’. Ahí Nora hizo de interlocutora: ‘Levantas una piedra y hay mil ingenieros, en cambio chefs no…’, y el padre de Beto me dijo ‘pero este niño se va a morir de hambre’ y ella le contestó: ‘Justamente, de hambre no se va a morir’, y bueno no le quedó más que hacerse la idea y apoyarme”, cuenta Alberto.
Desde entonces la carrera de Alberto fue enriqueciéndose al internacionalizar sus conocimientos y experiencias, el primer año con una pasantía en Francia, y luego el cuarto año también se abrió nuevamente la opción de ir 6 meses a Toulouse, donde aprendió mucho con un chef que lo transformó en su discípulo.
Alberto reconoce que pese a todo lo aprendido con este chef, que para él fue un guía importante, a la persona que más le debe es a su madre. “Por la constancia, ese aguante que es lo que vi siempre en ella. Lo más importante y la inspiración de mi madre fueron los valores y la capacidad de trabajo. Aquí muchos pueden hacer buenas preparaciones, la receta puede cambiar todo el tiempo, lo importante es tu técnica, tu capacidad de trabajo, y eso mi vieja siempre me lo inculcó con el ejemplo y con la frase que le gustaba acuñar de Cabral”.  manjares.cl  / sinrecetas.cl

Bernardita Domeyko y Francisco Peró. El cuadro ubicado entre medio de los dos artistas es una obra de Francisco que grafica de alguna forma lo potente que es la familia materna en su identidad. “En esa pintura decidí ponerme yo como retrato y dos niños, uno ruso y uno polaco, que es de donde vienen mi abuelo y mi abuela maternos, respectivamente”.
Esa rama de la familia es la que el artista reconoce que más lo marcó en su mentalidad artística. “Es una familia muy de realismo mágico, llena de cuentos, donde la imaginación es superimportante. En el colegio me decían que era mentiroso… pero eran cuentos que me contaban y yo llegaba a replicarlos a mis compañeros. Cuentos de gigantes, enanos… y uno cuando es chico cree que es una realidad, lo que es superestimulante para la imaginación. De ahí se recoge un mundo propio que heredó mi madre y que claramente me traspasó”.
Bernardita Domeyko estudió sociología y pedagogía, fue profesora de arte por muchos años y hace 22 está dedicada a la pintura. Además de una madre inspiradora, la artista ha sido un gran apoyo y una fan de su hijo. “Para Pancho el tema del arte fue siempre algo innato, desde los cuatro años, cuando dio examen para entrar al colegio, no hablaba una palabra, pero el dibujo que hizo del cuerpo humano con un detallismo minucioso los dejó a todos con la boca abierta”, cuenta. A los siete años lo llevó donde Conchita Balmes, pero no resultó, “porque cuando son muy niños es preferible no encasillarlos”. Con los años le presentó a su profesor, Caco Salazar, y empezaron a pintar juntos… “Yo en mi formación de profesora lo cateteaba con la limpieza en la entrega de los cuadros”. Francisco estudió al principio arquitectura, pero luego se decidió a estudiar arte en la UFT y cuando egresó, el artista cuenta que su madre le prestó su taller y lo ayudó a conseguir alumnos, “pero al poco tiempo él me superó en mil millones. Es bien emocionante ver la trayectoria que ha logrado”, dice Bernardita de su hijo, que actualmente expone hasta el 22 de julio en el Centro Cultural de La Moneda. Viene llegando de la Feria Art Lima y está preparando una obra para Arte Ba 2018 en Buenos Aires.
“Mi mamá ha sido un pilar fundamental en la motivación y la libertad que me dio para desarrollarme en lo que me hiciera feliz. Entre las fuentes de inspiración veo principalmente la construcción del mundo propio, siempre viendo todas las posibilidades; el estar desafiando la lógica para introducir humor, y el humor es superimportante en el arte y el sentido del trabajo, no parar hasta alcanzar el objetivo”, dice el pintor. franciscopero.com