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Me parece fabuloso y atinado que nuestro país tenga un Día Nacional del Vino. Estoy pasada de fecha, pero como cayó martes se alargó por toda la semana. Es un poco impactante que solo estemos celebrándolo hace tres años, cuando se decretó que el 4 de septiembre pase a ser este día en honor a la primera carta que envió Pedro de Valdivia al rey español Carlos V pidiendo “vides y vinos para evangelizar a Chile”. Vio riqueza de tierras, quería para misa, supongo que para embriagar y embriagarse. Y así sembró parte de nuestra identidad. Encumbrada por los volantines del mes patrio, me emociono por la actualidad del queridísimo brebaje.
En estas páginas y en otros números ya hemos aplaudido el desarrollo del vino. Pasamos de históricas y tradicionales viñas, a ver pequeños emprendedores (enólogos, viticultores y empresarios) jugándosela por hacer productos diferenciados y personalizados, que hablen de la tierra, el lugar y todas sus exclusivas características. Además, y es personalmente lo que más disfruto, a estar en una escena donde las cartas de restaurantes diversifican la oferta, haciéndonos brindar con botellas muchas veces desconocidas. Lo mismo con la venta en tiendas especializadas.
¿Dónde se come con buen vino? La Vinoteca de Nueva Costanera y su Pan Bar, que entrega una carta a buenos precios y que además da la posibilidad de elegir alguno de la tienda para tomarlo en mesa y al mismo valor que estante. El Baco (Nueva de Lyon) es ya un clásico del buen vino y uno francamente se puede regodear. Es un lujazo lo que pasa en el Bocanáriz (Lastarria) con una foto del vino chileno completa que se puede tomar por copas y vuelos (tres de un mismo tipo o valle). En el nuevo y hot La Salvación (Plaza del Sol) también tienen una carta que recoge nuevas/viejas cepas de pequeños productores. ¡A brindar se ha dicho! @raqueltelias