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Camilla Grimm, Pirque, caballos, pintura, arte

Pedazo de paraíso

En rigor la historia de Camilla Grimm comienza en Alemania, sigue en Mallorca y continúa en Pirque. Allí encontró el lugar con la paz y el paisaje perfectos para desarrollar su dos pasiones: la pintura y los caballos.


En Alemania, hace muchos años, hubo un pintor que hacía clases y se enamoró de una alumna. Se casaron, vivieron dedicados a la pintura y tuvieron una hija que siguió sus pasos. Cuando la hija hubo formado su propia familia se aburrió del frío y, siguiendo el sol y una vida más relajada y alegre, se fue a Mallorca. Camilla Grimm, nieta del pintor alemán, se acuerda que tenía dos años cuando llegaron, que poco tiempo después ya sentía inclinación, ¿y cómo no?, hacia la pintura.
En Mallorca había un joven que creció en Aysén, montado a caballo casi todo el tiempo. Él fue quien trajo a Camilla a Chile como su mujer hace casi 40 años. Primero vivieron en un departamento, luego en otro, pero siempre estaban buscando un lugar con aire limpio para criar a sus dos hijos. “Tuvimos la suerte de encontrar este pedazo de paraíso que, parece, nadie vio antes”, dice Camilla sobre este campo grande, en Pirque, que comparte con amigos amantes de los caballos. “Cada uno tienen su parte y sus caballos. A eso nos dedicamos acá”, explica.
Cuando compraron el campo no había caminos, ni luz eléctrica ni nada. Eran como un grupo de expedicionarios recorriendo a caballo los terrenos, durmiendo en carpas, buscando los mejores lugares para asentarse. Eso ocurrió por cerca de seis meses, hasta que escogieron una colina amable que mira a las montañas y se relaciona con los bosques, desde donde no se divisa ni siquiera un poco de civilización. Hicieron construir los caminos, pusieron el alumbrado y desviaron agua de una vertiente, tan pura que no necesita pasar por ningún proceso.
Hace 24 años, cuando escogieron el terreno, lo primero que Camilla notó fueron las piedras, grandes y muy bonitas. Allá en Mallorca donde creció la gente se hacía casas solo uniéndolas con cemento; entonces pensó ‘esta casa va a salir muy barata’. No había considerado las características sísmicas de Chile, que tendría que reforzar con toneladas de cemento y fierro una estructura superpotente y luego cubrirla con las piedras bonitas. “Me inspiré en las casas que hay en la Bretaña, en el norte de Francia. Con piedras y torres. Tome unas fotos de un restaurante y se las pasé a los arquitectos, Ernesto Barreda y Manuel Wedeles. La distribución también la decidimos nosotros, pero ellos le pusieron orden”.
Cuando te gusta mucho estar en el exterior, cuando tienes este exterior, lo quieres siempre a la vista, aunque a veces el clima no acompañe. La solución para Camilla fue hacer el comedor –el único de la casa– en un invernadero, que atrapa el calor, la luz y además tiene calefacción. “Es muy agradable para comer, para leer. Es muy rico. Está rodeado de plantas, te hace sentir en la naturaleza. Cuando llueve es muy agradable escuchar el sonido. A los invitados les encanta”.

Pasiones
Camilla dice que la pintura es parte de su vida, que no es hobbie, que la necesita, que el taller es donde mejor se siente. De alguna manera se ha topado con los temas que pinta y ha traducido el impacto en imágenes. En algún momento fueron los cables eléctricos. Esa maraña caótica la atrapaba en cada semáforo de una manera casi violenta, como una forma de agresión y contaminación inevitable. En su pintura expresaba esa sensación, su punto de vista. “Con los velorios de angelitos me topé en una viña rescatando patrimonio de Pirque. Dieron un cortometraje sobre los cantautores que participan en estos velorios. Me interesó mucho y empecé a desarrollarlo. He pintado caballos, muchos perros y gatos, naturaleza, flores y todo lo que me envuelve en Pirque”.
Esa era la pasión que llevaba en la sangre, la otra la adquirió muy niña: “Siempre me gustaron los caballos. No podía tener uno porque vivía en la ciudad, pero cuando empecé a trabajar como azafata, a los 18 años, mi primer sueldo se convirtió en la primera cuota para un caballo. Me casé con mi marido porque le gustaban los caballos. Él era muy buen jinete. Eso me hizo decidir casarme con él. Cuando llegamos a Chile mi suegro me regaló un caballo, y así empezamos a tener más”. En un viaje a EE.UU. conocieron los caballos árabes. Les encantaron. “Compramos un par de yeguas y un potro. No sabíamos muy bien para qué servían aparte de las exposiciones, que no nos parecían muy bien, porque en ellas maltratan mucho a los animales, les pegan para que se pongan en postura. Mi marido y su hermano encontraron un deporte que se llama enduro ecuestre, que es la antigua posta que se hacía en EE.UU. con el correo. Hace ya 20 años introdujimos este deporte en Chile. Nuestra crianza se enfoca hacia la performance. Los criamos sueltos en el cerro. Hasta hoy lo hacemos para enduro y enviamos caballos a países como Emiratos. Mi hijo menor es quien se hace cargo de eso ahora. Corre todos los meses y entrena día por medio”. camillagrimm.com

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