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Para generar recuerdos

Ese es el espíritu que Sebastián Valenzuela y Bernardita Leppe quisieron darle a su casa construida en Santo Domingo. Un lugar donde el arte, la creatividad, el humor y la naturaleza se
conectan para dar vida a espacios únicos, que concilian asertivamente el relajo familiar y el taller del artista.


“Cuando pensamos en esta casa de relajo familiar, siempre tuve claro que incorporaría mi estudio de trabajo, porque me gusta descansar, observar, caminar, pero me atrae mucho más pintar. Necesito esa instancia de manera permanente”, aclara el pintor Sebastián Valenzuela.
Un lugar que proyectaron en un terreno entre campo y mar. “Más rural y menos estirado, apegado a la naturaleza. El taller cumple esa función de estar un poco aislado y en silencio, que es lo que me gusta y necesito”, aclara.

Como buen artista, la casa fue dibujada y diseñada por su propio dueño. Sebastián hizo al menos 5 croquis y en conjunto con su señora, Bernardita, socia de Merino Leppe Propiedades, le fueron cambiando detalles, hasta llegar al proyecto final, que encargaron al arquitecto Felipe Correa. El matrimonio cuenta que querían hacer una construcción simple y contemporánea, que llevara impresos algunos toques de las típicas casas de campo tradicional, como la altura. “De cielo a piso los muros miden 3,50 metros, cerca de un metro más de lo común, y eso para nosotros era importante, entre otras cosas, por la entrada de la luz”. Por lo mismo la casa se proyectó con toda su contrafachada recorrida por una galería vidriada, conectada al mismo tiempo a un corredor que mira a una pradera sinfín y termina en el mar como telón de fondo.

“Tengo un par de libros de arquitectura, europea y chilena, y en todas esas casas siempre aparece que el corredor que se forma afuera es el que une toda la propiedad. Eso para mí es superbonito, porque desde cualquier parte de la terraza llego a mi taller caminando, está separado de la casa en cuanto a volumen, pero conectado por el corredor”, explica Sebastián.

Sobre cómo viven el lugar, confiesan que es una casa abierta y pensada para generar recuerdos. “Nuestro mayor anhelo es que los niños hagan historia aquí”. La cocina, diseñada con una barra, se comunica con el living comedor con la intención de crear ambientes sueltos, donde todos están llamados a participar. Aquí las mañanas parten con Teo, el fox terrier de la familia que sale al jardín a primera hora, y los desayunos con huevos y wafles preparados por las niñitas. Las noches de invierno y verano terminan  generalmente afuera en torno a una fogata, que reúne a grandes y chicos.

Antes de dedicarse al corretaje de propiedades, Bernardita estudió estética en la PUC y siempre han coincidido con Sebastián en su interés por el arte, los objetos curiosos y las antigüedades. En ese sentido, el interiorismo ha sido desde el reciclaje. “No hay muebles comprados, más que las camas, el resto son regalados, recogidos o comprados en ventas de garaje. Sebastián tiene un tema con el desecho ajeno, cada vez que ve un basurero repleto de cosas detiene el auto, escarba y echa para adentro. Los niños ya conocen ese ritual y cuando vemos basura pensamos en la felicidad de él”, cuenta, entre risas Bernardita.

Lo cierto es que a los dos les gusta el tema de los objetos, pero con algunas diferencias, dice Sebastián. Por ejemplo, las geniales manillitas de ratones o conejos de los muebles de cocina de la tienda Anthropologie, “los encuentro muy bonitos y acertados, pero yo me voy más por el lado del objeto sin valor, que puede cobrar vida, como puede ser la máscara de La Tirana encontrada botada en la calle, en la feria de Llolleo, que hoy enmarca las puertas de las piezas”.

Ideas que inspiran. Con un corredor como eje, esta casa fue pensada para descansar y sobre todo para pintar.