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Hygge, Sashiko, slow coffe, cerámica

Momentos felices

Moler los granos de café con tus manos; hacer el jugo que te tomas por la mañana; tejer, despacio, los guantes que vas a usar este invierno; compartir con la familia en un espacio acogedor. El concepto viene de Dinamarca y se llama ‘hygge’, que en castellano sería ‘acogedor’. Tantas cosas, objetos y sensaciones nos vienen al alma al pensar en él. Dimos con tres momentos de este tipo en Santiago y se los mostramos, honestos, a continuación.


Los daneses en invierno solo tienen cuatro horas de sol al día y las temperaturas promedio rondan los 0 ºC. Necesitan calor, y no solo de forma literal, necesitan cobijarse, sentirse protegidos, cómodos, felices. Que sus rostros reflejen felicidad y en un entorno acogedor. De ahí se acuña el concepto 100% danés llamado ‘hygge’, que en una traducción al castellano sería ‘acogedor’, aunque no existe una traducción exacta. Así como los daneses, las personas más felices del mundo según encuestas, superando a países como Suiza y Dinamarca, el resto del mundo también queremos sentirnos así, hygge. Se pronuncia ‘hu-ga’ y es un concepto bellísimo. Apreciar el presente, vivirlo de forma cálida, frente al calor de una chimenea, rozar las manos en una frazada peluda, hacer galletas de canela en casa, acariciar tu perro tumbado a tu lado. Tomarse un té tchai con miel de campo, con calma, con paciencia, vivir un momento feliz. Tal vez sintonizar una linda canción que rememore tiempos pasados, o que vibren sus notas al compás del presente. Es mucho más que una actitud frente a la vida, es una forma de llevarla, de poner reversa, cerrar los ojos y descansar de la vorágine del mundo exterior. Leerse un buen libro, sentir cada sílaba escrita en el papel; pasar un tiempo en casa, en pausa, con la familia. Aquí triunfan la amistad y las buenas relaciones, conversaciones profundas. Triunfa el amor por hacer las cosas con pasión y sosiego. ¿El resultado? Un momento más feliz, más conectado con el alma, más acogedor.
Según Susanne Nilsson, profesora de danés en el Colegio Morley de Londres, donde imparte un curso que incluye la enseñanza de hygge, “el concepto funciona mejor cuando no hay un espacio vacío demasiado grande alrededor de la persona o de la gente. La idea es relajarse y sentirse en casa tanto como sea posible, olvidándose de las preocupaciones de la vida”.
Ahora bien, ¿es posible exportar el hygge a otros países? Nosotros creemos que sí, por eso que reunimos en estas páginas tres momentos hu-ga santiaguinos, muy calmos, muy felices.

1.Cerámica: clan familiar. Cada lunes, desde las 10 de la mañana hasta las 2 de la tarde, este grupo de mujeres de distintas edades –que van desde los veintitantos hasta los sesentaitantos– se encargan de convertir un afán ordinario en extraordinario. Son primas, tías abuelas, sobrinas, familia; se quieren, la sangre las tira, y las tira también el amor por el arte, las ganas de aprender la labor de la cerámica, todo encauzado por su profesora, también parte de la familia, la escultora Pilar Valenzuela. Aquí, en un taller donde la luz entra diáfana y tímida a mediados de junio, cada una de estas mujeres se sienta en su lugar. Pigmentos de todos los colores toman posición en una repisa, en otra se vislumbran las herramientas divinas con que hacen el trabajo. Pero las herramientas más elocuentes son sus manos. Con sus manos moldean, aplanan, hacen hoyitos, modelan, imaginan, hacen del momento un aplauso al ahora, se despiden de la ciudad y despliegan su amor por lo que están desarrollando. “Ha sido una experiencia muy bonita porque toda la experiencia que yo he adquirido del aprendizaje propio, de los talleres que he tomado, de mis estudios en bellas artes, se lo he transmitido a mi sangre. Enseñarles el oficio y que ellas puedan traspasarlo a las nuevas generaciones de la familia; se traspasa así el conocimiento a la descendencia. Aquí vienen mi hija que es pintora, la Laura que es mi sobrina, la Magdalena que es diseñadora, la Soledad que es artista, la mamá de la Magdalena que siempre le ha interesado la manualidad. Yo estoy muy contenta, además, porque ellas también me hacen aportes, traen cosas nuevas, traen novedades actuales, me impulsan a actualizarme. Están supermotivadas y los resultados han sido superbuenos. Cada una va a su ritmo, no es nada estándar, cada una está desarrollando su creatividad bajo sus intereses”, cuenta Pilar.

2.Sashiko: el aquí y el ahora. Andrea Barrios y Loreto Guzmán son primas. Juntas, y dentro de un espacio cálido, imparten clases de sashiko, una técnica de bordado ancestral. Partió en el Japón antiguo y se usaba para remendar la ropa de los campesinos que no tenían cómo reponer sus vestuarios con la frecuencia que necesitaban. Entonces hacían puntos más o menos abiertos para remendar el daño que tenía su ropa. Con el tiempo pasó a ser una técnica propia de las mujeres y se transmitía de madre a hija. Más tarde se armaron grupos femeninos en los inviernos donde las madres les enseñaban a sus hijas. Luego, con los años, la técnica fue derivando en una cosa más ornamental.
Hasta el día de hoy los puntos tienen algunos significados de bonanza, de deseos de buena cosecha o prosperidad. “Como técnica tiene cierta complejidad en la forma en que uno va bordando los puntos y los patrones, que vienen desde cientos de años, y eso hace que la gente entre en un estado de reflexión. Tienes que cuidar el silencio porque si te distraes te equivocas, y según la filosofía japonesa, si te equivocas tienes que volver a empezar”, precisa Andrea.
Puntada tras puntada y a través de retazos, hilos, agujas, reglas y tijeras, lo que se hace en las clases de sashiko es concentrarse en el aquí y en el ahora, “en los materiales que tenemos para traducir estos símbolos en bordado, y al mismo tiempo gozar con este aprendizaje. Que te quede más o menos bonito, o mejor o peor terminado que la persona del lado, ese no es el objetivo. El objetivo es que tú te puedas sentir, durante 3 horas que dura la clase, concentrado en esto, compartir un momento de felicidad dentro de una búsqueda de sentirse mejor”.
De lo que menos se habla en los talleres es de lo cotidiano. Durante ellas se hacen respiraciones, flexiones con las manos, dejando a un lado las preocupaciones mundanas, como tener que ir al supermercado o hacer el turno de los niños. “Es acogerte, abrazarte. Las clases las damos con mucho cariño. Es un estado de tranquilidad. Una vez celebramos un cumpleaños bordando. Se produjo una dinámica muy emotiva, la cumpleañera estaba muy emocionada”, termina Andrea. sincuentapuntos@gmail.com / @sincuentapuntos

3.Pausa: leamos un libro, 7 Alces. Entrar al café 7 Alces es dejar atrás la ciudad para sumergirse en un mundo calmo, lleno de mantitas, una decoración donde prima la madera pero en un lenguaje ‘desordenado’ –muy propio del hu-ga–, música suave, algunos lo llaman ‘un pedacito del Sur en medio de Santiago’. Aquí todo lo hacen en casa, el 80% de su carta está hecha con productos chilenos. Su dueña, María José Muñoz, nos cuenta que el café se llama 7 Alces, precisamente por cómo viven los alces en los países nórdicos. “Los alces son animales que se relacionan en comunidad y son superfieles a ella, y nuestro café emporio representa lo mismo, una forma de relacionarnos en comunidad. Trabajamos con proveedores y emprendedores locales y sostenibles”.
Aquí no puedes venir apurado, un almuerzo no está listo en 5 minutos. Todo se hace en el instante, con productos frescos, paciencia y amor. “Aquí te damos la oportunidad de llevar una vida mucho más consciente, dándote gustos. Si vas a tomarte un café, tómate un buen café; lo mismo que un jugo, que aquí los hacemos prensados en frío. Es lindo, porque los clientes confían en nosotros. Nos preocupamos de los detalles, que sean genuinos. Yo misma muchas veces sirvo el café, atiendo mesas o estoy aquí con mi hija. Este es un espacio de confianza”.
Consejo: ven con un libro, algo lindo, puede ser algo de Julio Cortázar para sonreír. Tómate un chocolate caliente y sumérgete en la experiencia. 7alces.cl

Kinto, oda al slow coffee. Disfrutar de un café lento y feliz, eso es lo que propone la marca japonesa Kinto con su línea especial de Slow Coffee. Son productos delicados y honestos inspirados en los países nórdicos, que nos enseñan a celebrar el café, controlar el proceso de preparación, la temperatura y tener como resultado un mejor café; que huela mejor, que se sienta mejor en la boca. Vivir una experiencia al son de la paciencia y del tiempo, nuestro tiempo. Entre los materiales que usan para sus objetos hay vidrio, papel de algodón en los filtros, madera, metal, entre otros. Más información en kinto.co.jp/en/