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Más Deco


Justo este momento grita paradoja. Venimos saliendo de una maratón comestible de antología y ya nos torturan con que se acerca el verano, el sin polera o detox de los pataches carnívoros. Pero ya que acaba de aparecer la primavera, no se ve tan mal. La veníamos sintiendo, estornudando, carraspeando, pero –al menos yo– sintiendo el sonar del florecimiento, lo verde flúor que renace, bello y fresco. ¿Y quién cumple con eso? La menta. Tan humilde como poderosa, ancestral y olorosa, que aquí en frente se nos posa. Salió verso o paya tardía tal vez.
Es cierto que la encontramos todo el año, pero ahora y hasta el otoño sus hojitas saludan en tragos, limonadas, postres y muchos platos salados. Es rico ese mentol, refresca los sabores, es barata y facilísima de cultivar. Es una buena que calma ánimos y guatas (la sagrada agüita de menta), dolores de cabeza, mejora la circulación y hasta aumenta la libido. Match perfecto con la estación.
Para el brindis está el popular mojito (también con hierba buena). Solo machacar las hojas con azúcar y limón, luego ron blanco y rellenar con soda. Pero si se trata de modas, deberíamos ir por un Moscow mule: cacharrito de cobre con vodka, jugo de limón, ginger beer, cáscara de limón para decorar y menta con tallo adentro.
En la cocina india se usa en ensaladitas para contrastar la potencia, igual que la thai. Va adentro de nems –rollos vietnamitas–, papel de arroz, menta y otro verde, camarones, zanahorias delgaditas y enrollan. Los ingleses tienen su tradicional salsa de menta para el cordero (pero va bien en harto más). Mezclan 1 taza de menta picada más 4 cucharadas de agua hirviendo, 4 de vinagre de vino blanco y otra rasa de azúcar. Revuelven y a la carne, pescado, ensalada. Métanla en ensaladas verdes con cilantro también, queda delicioso como la primavera misma. @raqueltelias