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“Los espacios están tirados en el suelo”

Esa oración da para pensar: ¿de verdad escasea el espacio público o lo que falta es creatividad y voluntad para reciclar lo que está en desuso? Mientras la mayoría pensamos ‘que bueno sería que alguien hiciera algo con esto’, la gente que habla aquí es la que toma acción, que aprendió a sacar partido a nuestra precariedad en términos de espacio público y que incluso exporta soluciones.


A cada generación que siga le sonará más y más extraño escuchar que aquí mismo, en Chile, en algún momento hubo un ministerio que se llamaba de ‘Tierras’, y que repartía eso, tierras. Cuando ese tipo de recursos se vuelve más escaso y su valor continúa elevándose a nivel global, cuando vivir en las ciudades es cada día más caro, la pregunta para todas las naciones y estados debería ser ¿tenemos una política de suelo sostenible en el tiempo?

En ese vacío donde deberíamos tener respuestas surgen muchas estrategias que, si bien apuntan a problemas reales y concretos, suelen ser temporales, parciales e incluso marginales, considerando que en el fondo hay un hecho difícil de cambiar: el Estado es muy débil como para enfrentar estos problemas.

“Las plazas de bolsillo y otras formas de ocupación temporal de suelo o instalaciones son consecuencia de eso, y en algún momento tendrán que ser discutidas porque si hoy una institución no está en condiciones de hacer uso del suelo del que es propietaria (como el terreno que posee Fonasa en Teatinos), no quiere decir que no lo requiera para el futuro. Lo que hay que preguntarse es qué pasa con ese suelo, de qué manera se recupera de forma estructural y permanente, y qué sentido tiene la creación de lo que se ha denominado un ‘banco de suelo’ para los distintos proyectos de política pública que se requieran, espacios públicos, plazas, equipamientos, edificios públicos, etc.”, explica Genaro

Cuadros, director del Observatorio de Ciudad y Territorio de la UDP
Se dice que la transformación que sufrió el Estado en los 80 permitió optimizar una serie de funciones, pero que también significó un desmantelamiento que lo dejó muy debilitado como para asumir tareas que le son fundamentales e insustituibles, entre ellas la generación de bienes comunes, como áreas verdes o transporte. “Hablamos de una serie de funciones que no pueden ser ejecutadas sino por el Estado porque requieren un nivel de planificación a largo plazo que a nadie más le interesa. En ausencia de un Estado que cumpla esas funciones, Chile se ha visto obligado a ser creativo y encontrar soluciones, muchas veces de parche, a problemas estructurales”.

Para Genaro la única manera de avanzar en estos desafíos de falta de equipamientos y espacios públicos que mejoran la calidad de vida viene con un Estado que adopte un rol activo frente a estos cambios vertiginosos en el mundo: “Eso significa, entre otras cosas, tener un banco de suelo, que, por ejemplo, todas las empresas, servicios y organismos públicos que poseen suelo estén catastrados dentro de ese banco de suelo, que este los administre y que además compre suelo para los desafíos del futuro. Lo que hoy está en la periferia mañana estará en el pericentro.  Esto ha estado en el debate del Consejo Nacional de Desarrollo Urbano durante mucho tiempo. Hemos discutido muchos años sobre cuándo va a implementarse, porque para todas estas ideas que se les ocurren a distintos alcaldes necesitamos suelo. Para que esos proyectos no sean anecdóticos tienes que hacer una política de eso”.

Bajo costo, alto impacto
Sebastián Cuevas llegó al MOP como asesor en la Dirección de Arquitectura y ahí se encontró con una oportunidad: realizar una intervención temporal en un espacio que pertenecía a la Intendencia en Morandé. “Nos inspiramos (era parte de un equipo) en el caso de México, donde sucede lo mismo con el nombre de ‘Parque de bolsillo’. La inversión es baja y es donde yo intersecto con mi background como grafitero, hacer cosas rápidas y de bajo costo. Con un presupuesto inicial de 15 millones no solo se logró un mejora de calidad de vida en el entorno, se presentó un tipo de solución que entre muchos atributos tiene el de ser escalable”.

Desde el MOP o ya dentro de Otra Ciudad –la oficina que fundó y que se dedica a la recuperación de espacio público por medio del arte urbano– Sebastián siente que todos los lugares que ha intervenido no pertenecían al imaginario del espacio público ni contaban con las cualidades con las que se asocia: “Están en un estado de abandono. Las intervenciones que nosotros hacemos son para darle una vida, pero no definitiva. Quizás esa propuesta permanente tarde mucho en llegar o quizá nunca llegue. La estrategia en estos proyectos es, por medio del arte, una acción temporal, transformar este lugar y entregárselo a la ciudad hoy”.

En Santiago Otra Ciudad ha hecho cosas como activaciones artísticas en galpones del persa Bío-Bío o el cierre perimetral de la Universidad de Chile en Vicuña Mackenna. En el extranjero se ha adjudicado proyectos de recuperación de una calle en Miami, una multicancha en Ciudad de México y recientemente otra calle en París. Actualmente trabajan en una propuesta para reciclar una pileta abandonada en el centro de una plaza en Mozambique y están desarrollando un proyecto para la recuperación de una de las azoteas de las torres de San Borja.

A la pregunta ¿por qué crees que les ha ido tan bien presentando propuestas a estos concursos en otros países, compitiendo cada vez con decenas de oficinas, muchas del mismo país donde se llama a concurso?, Sebastián ofrece una respuesta que suena familiar: “Nuestro paisaje urbano nos ha permitido generar una inteligencia para recuperar los espacios de forma rápida y de bajo costo. Tenemos un número muchísimo mayor de horas ideando soluciones para estas problemáticas. Cuando París nos entrega 50 mil euros, un amigo parisino me dice ‘eso no alcanza para nada’, pero para nosotros era mucho, porque las intervenciones que realizamos son de muy bajo costo”. Lo replicable y escalable es para Sebastián lo que les hace ganar valor a ojos del Estado, que por definición tiene una demanda gigantesca de problemas y recursos limitados, por lo tanto debe ser eficiente para llegar al mayor número de personas y producir el mayor impacto.

“La música en espacio público suele ser mal vista, media ilegal. La música en vivo tiene sus espacios. Una de las varias ideas que dieron vida a Pasarelas Verdes (en las Torres de San Borja) era llevar música a un espacio donde antes era impensable. Esa mezcla rara llamaba la atención de distintas personas e invitaba a cuestionarse qué son los lugares. Ver ese espacio funcionando de otra forma atrae y permite la revalorización”, explica Henry Bauer, arquitecto, gestor del proyecto Pasarelas Verdes y actual encargado de innovación de la Municipalidad de Independencia.

Hace un par de años Henry estuvo en nuestra lista de jóvenes para poner atención, habló de ese cargo que empezaba a ocupar en Independencia y de proyectos semejantes a Pasarelas Verdes que empezaban a tomar forma. Uno de ellos fue un festival de música electrónica y arte digital y lumínico que ocupó un liceo que llevaba años abandonado.

“Uno no necesita inventarlo todo. Ya el hecho de haber mezclado un colegio abandonado con una fiesta gigante tiene harto mérito. Es una movida de palanca importante. Si la lectura poética atrajera público así de transversal para que conozca el espacio, bien, lo hacemos. Ves un lugar de ese tamaño y característica y te empiezas a preguntar qué cosas son suficientemente masivas para llenarlo y que la experiencia se viva bien; tienes básicamente dos opciones: fútbol o una rave. Alguien puede evaluarlo ahora como una frivolidad, pero solo una vez que ocurrió; esa es la gracia, ocurrió”. Lo mismo podríamos decir de la iglesia en desuso que acogió una obra de arte lumínico. Se trató en ambos casos de sacar de contexto.

La casona que perteneció a Aseo y Ornato hasta que esa dirección fue instalada en una oficina más moderna, acaba de ser reciclada y está a punto de abrir como el nuevo centro de innovación ciudadana de Independencia. “Se llamará La Paz 482, muy en referencia a Infante 1415 , donde yo también trabajé en Providencia. Es un reciclaje muy importante que a la vez resignifica. Termina con la idea de ‘eso es de la Muni’ y recupera la idea de que la Muni son las personas. La comuna está abierta a que todos, tanto colectivos, como profesionales, y cualquier persona sepa que una plaza, una calle, su vereda, su jardín tienen potencial de ser explotados de manera creativa, para fines mayores como acuerdos entre vecinos, proyectos de seguridad pública, para dar valor al entorno, para generar emprendimientos; todos los lugares por los que caminan y ven a diario tienen ese potencial. Hacer una fiesta electrónica gigante en un liceo abandonado era un ejemplo masivo que permitió hacer un buen registro. La escasez del espacio es una percepción, cuando empiezas a ver que se pueden reciclar la escasez empieza a desaparecer un poco. Los espacios están tirados en el suelo. Es parte de la naturaleza de la ciudad esa posibilidad”.

Independencia, como muchas otras, es una comuna mediterránea, es decir no puede crecer porque tiene límites con otras comunas ya urbanizadas. Es en zonas como estas, explica Henry, donde comienza la puesta en valor de subterráneos, de azoteas, rinconcitos, terrenos baldíos. “Las plazas de bolsillo fueron un ejemplo, pero en el fondo el espacio estaba, lo que escaseaba en verdad era la visión de que se le podía dar vuelta”.