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Londres brutal

Monumental, monolítico, de grandes escalas, geométrico, pero sobre todo concreto. Esas son las características que objetivamente podemos observar en esa forma de arquitectura que surgió tras la Segunda Guerra Mundial con el nombre de brutalismo, por el uso masivo del ‘betón brut’, ‘raw concrete’ u hormigón que muestra los patrones y costuras impresos en él por el encofrado. En Londres, la ciudad considerada su cuna, recorrimos el ejemplo que mejor subsiste e incluso florece, vimos también las razones por qué se asocia a proyectos de oficinas gubernamentales, instituciones educativas y a soluciones de vivienda social, muchas veces con tintes de utopía.


“He vivido aquí por 25 años. Llegué con mis hijos pequeños. Mi familia se formó en este lugar”, dice Gaby Morris, unos 30 minutos después de la hora acordada. Lo primero que uno aprende sobre los ingleses es que no hay que hacerlos esperar, pero afortunadamente ella entiende que encontrarla “en los asientos entre el café y las fuentes” donde nos citó esta mañana no era fácil en un recinto tan sorprendentemente extenso.

Aunque no viene de la arquitectura sino del mundo de la moda (y de alguna manera el tono de azul intenso en sus pestañas lo dice), Gaby Morris tiene una vista privilegiada al fenómeno del brutalismo: es residente del mítico complejo Barbican Estate de Londres y tiene el llavero que nos permitirá ver jardines y rincones cerrados para las decenas de fanáticos de la arquitectura que este lugar congrega a diario.
“En ese tiempo, cuando llegamos, era realmente malentendido. La gente no quería concreto. En sus mentes aún estaba la idea de que si tienes concreto debes buscar maneras de disfrazarlo. Lo puro y sin adorno no podía ser bello, pero por supuesto en el brutalismo la belleza está en el ojo del observador”. Desde acá Gaby también ha visto la aguja moverse cada día un poco más en el sentido contrario a la incomprensión, ha visto cómo el Barbican y esta arquitectura en general (aún relativamente abundante en Londres) se vuelven objeto de apreciación e incluso culto. En alguna medida ella y su marido –Howard Morris– han contribuido a ese cambio: “Empezamos con una cuenta en Instagram, @barbican_city_of_london, inspirados por el lugar que habitamos. A medida que se volvía más y más popular, tomándonos por sorpresa, nos dimos cuenta de que el diálogo con la gente que nos seguía era acerca de otros lugares construidos en torno a la misma época y alrededor del mundo. Decidimos adoptar el nombre de Greyscape por esa razón”. Greyscape es, según ellos, un lugar para explorar el brutalismo, el modernismo, el constructivismo y el espectro del concreto. Es también el sello bajo el que lanzaron los mapas/guías brutalistas de París, Chicago y por supuesto Londres, entre otras ciudades.

Gaby nos hace notar que estamos en el centro de la ciudad de Londres, que en términos inmobiliarios el valor de esta tierra es gigantesco: “Esto fue un sitio bombardeado durante los ataques en la Segunda Guerra Mundial. Creo que querían destruir algunas catedrales antiguas y las bombas cayeron aquí. La guerra terminó y quedó este enorme espacio. Quienes debían decidir qué hacer con él podrían haber optado por edificios bancarios o comerciales, pero en vez de eso decidieron mirar profundo en la historia y realmente atraer gente hacia el centro de la ciudad. Claramente ellos sabían lo que se hacía en otras partes, asumo que conocían el trabajo de Le Corbusier. Esto es lo que ellos crearon”.

En ese espíritu integrador característico del modernismo, tras ganar una convocatoria, la sociedad que formaron los arquitectos Chamberlin, Powell y Bon proyectó un complejo compuesto por el área residencial y otros edificios que agregan valor, como un centro de arte, una legendaria academia de música y actuación y una escuela. “La escuela es una de las mejores en Londres. Mi hija no quiso estudiar ahí, decía ‘mamá, no quiero ir a una escuela que queda al final del jardín’. La Guildhall School of Music & Drama ha formado a muchos de los grandes actores del Reino Unido. Cuando decidieron qué forma tomaría y se confirmaron las construcciones, fueron apareciendo estas nuevas demandas. Cada cambio alteraba la forma de las cosas”, explica Gaby.

La primera parte del desarrollo se llamó Golden Lane State y hubo una competencia para diseñarlo. Se terminaba la guerra y no solo se requería traer a la gente a vivir de vuelta a la ciudad, sino también traer los servicios. Necesitaban que los bomberos, las enfermeras, los trabajadores lo pudieran pagar. “Peter Chamberlin, junto a otros dos jóvenes arquitectos –Geoffrey Powell y Christoph Bon– hicieron un pacto: si alguno ganaba el concurso para diseñar el Barbican invitaría al resto a formar un equipo. Los primeros residentes eran una mezcla de gente en la lista para recibir vivienda social, otra que ofrecía un servicio visto como vital en la ciudad y el resto, compradores”.

Amor y odio
El primer residente recibió sus llaves hace 50 años, y eso se va a festejar este verano. Mientras el Barbican llega a esa edad con gente bailando frente a la academia de danza, con filas para ver la exposición sobre inteligencia artificial  que presenta el centro de artes, con películas consagradas y recientes y una tienda de regalos como para vaciar la billetera, otro ícono del brutalismo inglés, de inspiraciones similares, construido alrededor de los mismos años por arquitectos también reputados, vive una situación totalmente diferente.
Tras el debate que la Unite d’Habitation de Le Corbusier generó en torno a una nueva visión de la vivienda social, Alison y Peter Smithson concibieron Robin Hood Gardens bajo el concepto de ‘calles en el cielo’, con largos pasillos en altura que conectaban bloques de hormigón  inmersos en un verde que da sentido a su nombre. La amenaza de demolición estuvo presente durante toda la década pasada. Las campañas para salvar Robin Hood Gardens contaron con el apoyo de celebridades de la arquitectura como Zaha Hadidi, Toyo Ito y Richard Rogers, pero finalmente fracasaron. Los amigos de Robin Hood podían ser influyentes, pero los detractores eran más numerosos y tenían intereses más directos involucrados: viviendo en las cercanías sentían que el deterioro del proyecto desvaloraba sus propiedades. Hoy solo quedan en pie dos secciones y solo una de las calles en el cielo de los Smithson.

“Mucha gente cree que el Barbican es un ejemplo exitoso porque la gente que vive ahí es profesional, educada, se preocupa por su entorno. Yo digo no, no es eso. El Barbican encarna el espíritu de cooperación y preocupación por la infraestructura de la ciudad de Londres, y eso significa asegurarse de que la iluminación es buena, que las señalizaciones funcionan. En Robin Hood Gardens tienes una hermosa idea de una pareja de arquitectos importantísima, pero los ascensores dejaron de funcionar, las luces fallaron, la gente empezó a sentirse insegura”, asegura Gaby Morris.

El riesgo de la palabra ‘estilo’ es reducir las ideas y resaltar una estética. Para que surgiera el brutalismo se conjuraron la devastación que deja una guerra descomunal con visiones socialmente progresistas e importantes cantidades de innovación en torno a un material. Dentro del modernismo el brutalismo merece su propio capítulo por la valentía y el idealismo de los arquitectos que se vieron involucrados, una característica que polariza como ninguna otra corriente de la arquitectura. www.greyscape.com @barbican_city_of_london

El Victoria and Albert Museum adquirió recientemente una sección de tres pisos del complejo Robin Hood Gardens, diseñado por los reconocidos arquitectos británicos Alison y Peter Smithson. Dentro de un proceso de redesarrollo del área de Poplar, la mayor parte de Robin Hood Gardens fue demolida. La intervención del V&A buscó resguardar al menos parte de este ícono y asegurar que futuras generaciones conozcan el movimiento brutalista original, su usos dramáticos del concreto y de las repeticiones geométricas, así como su filosofía y las relaciones que pretendía establecer dentro de la sociedad.