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Las últimas semanas han sido de desconcierto. Un caudal de imágenes e información nos invade por todos lados. La gran mayoría de las ciudades de Chile se muestran como escenario de marchas y movilizaciones, de esperanza por mejoras sociales pero también de destrucción. Una ciudad a merced de sus habitantes.

En ese sentido, pienso en la ciudad como un espacio patrimonial común que acoge las demandas de sus habitantes. Recientemente vi una entrevista al arquitecto Alejandro Aravena, premio Pritzker 2016, quien habló desde su experiencia a través de Elemental -oficina que impulsa viviendas sociales- y de lo segregado que estamos como ciudad, pero también como sociedad a través de la metáfora de Chile como un oasis: un lugar privilegiado rodeado de un desierto, con escasos o nulos vasos comunicantes entre los habitantes de ambas partes. Un concepto clave que usó en la entrevista fue “ciudad afectiva”. Y ahí nace la pregunta de cómo hacer de esta urbe una más inclusiva, pero de verdad.

Buscando respuestas ante este escenario conversé con otro arquitecto chileno, Pablo Allard, y le pregunté por su visión de la ciudad como espacio patrimonial común. Para él existen dos dimensiones. Por un lado, la urbe como un receptor de destrucción por grupos antisistémicos. Y por el otro, la ciudad como un espacio público para deliberar, marchar y manifestarse de manera pacífica, tal como sucedió el 25 de octubre, cuando más de 1.200.000 personas se congregaron en el centro de Santiago. La ciudad como una plataforma donde se debate y que se muestra como un patrimonio colectivo donde todos podemos manifestarnos. En el caso de Santiago, con una Plaza Baquedano y una Alameda como centro tangible de demandas sociales.

Estamos perplejos ante la furia desatada, pero, en lo personal, con cierta esperanza de que esta crisis nos convierta en una ciudad y en una sociedad más empática y solidaria.

Empatía
Este ha sido uno de los libros más posteados en redes sociales en las últimas semanas. Y resulta muy pertinente para conversar con los niños, niñas y jóvenes. Escrito por una sicóloga, Patricia Fernández, con gran experiencia en este ámbito, e ilustrado por Alejandra Acosta, el texto invita a conversar entre padres e hijos abriendo espacios para que los pequeños hablen de temas más íntimos que les puedan estar afectando y, a la vez, ayuda a desarrollar la empatía.
www.amanuta.cl

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Patrimonio como puente
¿Puede el patrimonio aportar a mejorar la vida en las ciudades? Recientemente volví a visitar Berlín y pude constatar que a 30 años de la caída del Muro, la capital alemana ha logrado pasar de una ciudad segregada a una inclusiva. Un buen ejemplo de ello ha sido el trabajo en patrimonio que han realizado las autoridades.
“La nueva puerta de entrada al patrimonio de Berlín” en www.dw.com/es

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*Directora Mis Raíces