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Decoración, Espacios, Muebles reciclados

Juego de historias

Historias que se divierten, se ríen, que hacen bromas entre ellas. Un pasado copado de recuerdos bonitos de la ciudad de Berlín dio vida a la decoración de esta casa, un espacio sencillo pero con mucho ímpetu. Mobiliario de los años 50 que viene de otras vidas, aquí reencarna empoderado.


“Somos 2 sociólogos, casados, con 2 niños, uno de 2 años y una de 3 meses y medio. Entre el 2010 y el 2015 vivimos en Berlín; yo estudié un magíster en políticas públicas y mi marido un doctorado en sociología. Allá vivíamos en un departamento en Kreuzberg, un barrio precioso, cerca de parques y canales, muchos cafés, restaurantes y bares. Como teníamos muy poca plata, todos los muebles y en general todo lo que comprábamos para nosotros era de segunda mano. En Berlín todos los domingos hay ferias de las pulgas, parte importante de los muebles que tenemos hoy
viene de ahí; la mesa, sillas y lámpara del comedor, por ejemplo. Los otros los comprábamos en un sitio especial de eBay tipo avisos clasificados. Muchas cosas las encontramos botadas en la calle o eran cosas viejas que la gente regalaba. Durante los años allá conseguir muebles se transformó en mi pasión/obsesión. Era capaz de recorrer la ciudad entera para ir a buscar una cuchara. Todo lo negociaba, por regla nunca pagaba más de la mitad de lo que pedían. La mayoría de los muebles que tenemos son de los años 50”.
Este es un extracto del mail que mandó la dueña de esta casa –que según ella misma recuerda a la película “Good bye Lenin”– cuando la contactamos para tomar fotografías. Su entusiasmo y su historia juguetona nos encantaron; pocas veces hoy en día se encuentran espacios construidos con tanto andar, tanta pasión y esfuerzo por hallar el plato perfecto, la silla indicada, la que combina con el cuadro, la que se complementa piel a piel con el sofá.

PASAJES A SANTIAGO DE CHILE 
Cuando les llegó el container con ‘toooodas’ sus cosas, la misión era buscar la casa adecuada. Dieron con esta, una ley Pereira en un pasaje –el sueño de siempre de ella–, y asumieron el rol de decoradores con los cientos de tesoros alemanes de los años cincuenta que habían recolectado en Berlín. “Allá mucha gente odia los muebles de los 50, entre que les recuerdan la época de la posguerra, los encuentran feos, muchos nietos se desasían de los muebles de los abuelos; varias veces me pasó que nietos regalaban muebles de abuelos y esos me los iba quedando yo”, explica ella.
Lo entretenido de toda la historia es que había muy poco presupuesto –ambos recibían un sueldo de estudiantes–, no había auto, pero sí muchísima astucia. “No teníamos auto, entonces todo lo que conseguíamos lo teníamos que trasladar en transporte público. La historia del sillón del living –café y verde con patas de madera– es verídica. Ese lo fuimos a buscar al quinto piso de un edificio, pesa una tonelada, había nieve afuera y lo subimos al tranvía. Y ese tranvía pasaba por un mercado, entonces el tranvía venía lleno de gente y las personas empezaron a sentarse en el sillón. Nadie miraba raro ni nada, solo rotaba la gente que iba sentada en el sillón. Y nosotros muertos de la risa”, recuerda. “O el colchón de 2 plazas de la cama que lo trasladamos en una micro”.

PIEZA POR PIEZA
Mueble con colores de la familia de las Nierentiesche –mesas riñón–: es de la misma familia que la mesa que está en el dormitorio de la hija menor. “Me lo encontré en la calle. Un día salí y estaba lleno de muebles en la vereda porque un vecino se había muerto y parece que no tenía familia, y los dueños del departamento donde vivía habían echado todo a la calle para botarlo. Y el vecino tenía el mal de Diógenes, entonces tenía millones de cosas: 8 refrigeradores, todo pegoteado, todo en muy mal estado… y entre medio de todo eso yo vi este mueble, a su estilo le había seguido el rastro, pero eran supercaros porque se habían transformado en objetos de colección. Me abalancé sobre él y corrí con él a mi casa. Y cuando volví por más cosas había llegado un camión con turcos –porque muchos turcos tienen negocios en donde venden cosas vintage– y se apropiaron de todo lo que había y me quisieron cobrar por las cosas que había elegido antes; no había manera de pelear contra ellos. Lo que me cupo en la mano fueron muchas cajas de tornillos y de clavos que andan por ahí todavía, ja ja ja”, cuenta la dueña de casa.

ALGUNA DE LAS HISTORIAS

Mueble vintage, sobre él hay un par de jirafas: “Es de una feria de las pulgas. Fui con mi hijo recién nacido y me lo llevé arriba del coche. Las jirafas se las regaló su mamá a mi marido cuando él era chico”.

Mesa de centro: “Era de la casa de mi papá cuando él era chico. Mi papá tiene una bodega con cachureos de toda la vida. La vi y dije ‘este es el complemento perfecto para todo lo que trajimos’”.

Juego de sofás con butacas verdes: “Lo compré por internet, lo negocié; por todo pagué menos de la mitad de lo que me ofrecían originalmente. Negociar fue la habilidad que mejor desarrollé, ja ja ja. El sofá se convierte en cama. Es de los años 50 y es de felpa”.

Lámpara de pie: “Fue un regalo, la regalaban en un lugar muy lejos de dónde vivía, recorrí todo Berlín, hasta tomé un barco porque había que cruzar un canal. Y llegué y la tipa me dijo ‘¡cómo te puede gustar esta cosa, es horrible, me carga!’. Es de latón”.

La vitrina del comedor: “La compré cuando nos vinimos. Era de un tipo que se había comprado un departamento con todos los muebles que venían adentro y odiaba esa vitrina y la puso a la venta. La puso a 100 euros y yo le dije ‘te pago 20’ y me la llevé. El verdadero uso de este mueble es de escritorio”.

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