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Huincha, james chesterman, confecciones, metro de acero, diseño

De Colección Por Macarena Sánchez

Metro de bolsillo

James Chesterman / 1851

Liviano, flexible, transportable y práctico, un invento vigente hasta hoy


Vámonos a Inglaterra, 1800, en los albores de la era victoriana, época de ferrocarril, de carruajes y faroles, cuando las señoras, guantes y abanicos en mano, usaban elegantes los ruedos de los vestidos de enormes proporciones como campanas que bamboleaban al ritmo de sus tacos.

Bajo las faldas, oculto de las miradas, se desarrollaba un intrincado sistema de ingeniería, casi arquitectónico, la llamada criolina. Coqueto como su nombre, se trataba de un armazón de aros de acero que mantenía el vestido y enaguas como una cúpula sacra realzando la cintura.

Eran tiempos de sastres y costureras, de confecciones a medida con hilo y aguja, y la huincha de medir –que por entonces era de tela–, gracias a la inventiva de James Chesterman, se transformaría en un par de pasos en el objeto retráctil y de bolsillo que conocemos hoy.

En 1842 Chesterman ya había patentado un metro retráctil, una cinta de tela reforzada con hilos de acero que se enrollaba mediante un sistema de resorte dentro de un estuche de cuero redondo, pero era difícil de manipular, incómodo, porque se flectaba y no duraba mucho.

Entonces, en 1851 tuvo una idea brillante: calentar y remachar las cintas de acero de las criolinas –que a esas alturas iban en franca retirada por los cambios de la moda– para hacer una cinta de medir metálica y durable.

Así nació el metro de acero, que en sus inicios se enrollaba mediante una pequeña manivela al centro del estuche. Liviano, flexible, transportable, fue un invento tan bueno y práctico que hasta nuestros días se mantuvo básicamente igual, conquistando, más allá de las costuras, talleres de carpintería y obras de arquitectura, el mejor amigo de cualquier maestro que se precie de tal.

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