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De Colección Por Macarena Sánchez

Lápices de colores Faber Castell

Lothar von Faber /1856

¿Te acuerdas de tus primeros lápices de colores? ¿Esas cajitas de cartón de 6 colores de lápices cortitos, o la grande de 12 colores? Honramos un clásico.


¿Te acuerdas de tus primeros lápices de colores? ¿Esas cajitas de cartón de 6 colores de lápices cortitos, o la grande de 12 colores? Yo, que era la menor, heredaba de mis hermanos todos los años un puñado de ellos de distintas marcas, colores y tamaños, algunos mordidos, otros con la punta quebrada, y donde únicos nuevos solían ser los colores más feos para mi óptica infantil: el café y el negro. Siempre añoré tener una de esas cajitas metálicas que dentro atesoraban esos 12, 24, 36 cilindros nuevecitos que transformaban con magia las hojas blancas y vacías en un universo de colores.

Este invento que hoy suena nostálgico porque es raw y no se mide en bytes, es más bien nuevo. El lápiz de grafito más antiguo encontrado data de 1630 en Alemania. Antes se utilizaban bastoncitos de carbón, o de plomo y plata envueltos en telas. Por otro lado, hay datos del uso del color a modo de crayones desde Grecia y Roma, utilizando cera y pigmentos. Pero el lápiz como lo conocemos hoy, con la mina encapsulada, es recién de mediados del 1700. La fabricación es básicamente la misma hasta hoy: un sándwich. En una tabla se hace un canal donde se inserta la barra de grafito o de color, luego se le pega otro listón acanalado encima en el que se encaja la mina. Se cortan los lápices, se les da forma, se pintan y están listos para salir a colorear el mundo.

No está tan claro quién creo los primeros, todas las marcas se disputan alguna invención al respecto, pero sí sabemos que cerca de Nuremberg, en Stein, el ebanista Kaspar Faber comenzó la producción de lápices de grafito en 1761, en su taller. Luego su bisnieto Lothar elevó la empresa a calibre internacional con distintos tipos de productos, y entre ellos los amados lápices de colores en base a una mezcla de cera, arcilla y pigmentos. Primero fueron cilindros, pero como rodaban y se caían se inventaron los hexagonales y luego los hubo también triangulares para un mejor agarre. Me gusta pensar que seguirán vigentes, porque para un niño (o un adulto) la experiencia de abrir una cajita de lápices, sentir el olor a cedro, el peso en la mano, sacarle punta, la más filuda posible sin que se quiebre, y pintar sobre la textura del papel no tiene parangón alguno. www.faber-castell.es

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