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Huella penquista

Maureen Trebilcock se suma a la lista de mujeres arquitectas referentes en Chile. Su reciente reconocimiento con el Premio Sergio Larraín, otorgado por el Colegio de Arquitectos, avala su trabajo como precursora en abrir y crear líneas para la arquitectura sustentable. Aquí su trayectoria y su radiografía sobre la pobreza energética en Chile.


El viernes 2 de agosto Maureen Trebilcock lo agendó para venir desde Concepción a Santiago a recibir el Premio Sergio Larraín García-Moreno, que otorga el Colegio de Arquitectos. La académica de la Universidad del Bío -Bío se muestra contenta. “La gente se emociona mucho cuando en nuestra región tenemos un premio a nivel nacional y más si es una mujer, porque son los grupos menos representados”, dice.

Si se revisa el aporte de arquitectas mujeres en la ciudad de Concepción aparecen nombres como Luz Sobrino, Inés Frey, Gabriela González, Raquel Eskenazi, un legado patrimonial que marcó la pauta para nuevas generaciones como Cazú Zegers, Carolina Catron y Sofía Von Ellrichhausen. Contemporánea a los años 90, aparece también la huella de Maureen Trebilcock, “pionera en Chile de la arquitectura sustentable, a partir de su labor como docente, investigadora y consultora por más de 20 años”, como resumió su valor agregado un grupo de arquitectos colegiados para postularla al premio.

Maureen Trebilcock, arquitecta, chile, premio sergio larraín, arquitectura, colegio de arquitectos, sustentable, arquitectura sustentable, energíaLa arquitecta titulada en la Universidad del Bío-Bío es Master of Arts in Green Architecture y PhD in Sustainable Architecture de la Universidad de Nottingham, Reino Unido. Docente de la Escuela de Arquitectura en diseño bioclimático, y actual directora del Doctorado en Arquitectura y Urbanismo, un programa destacado en Latinoamérica por los estudios en edificación sustentable y desarrollo urbano de ciudades intermedias, e integrante de la Junta Directiva de la U. del Bío-Bío y del grupo de Estudio Fondecyt en Arquitectura y Artes. Asimismo, creó y dirigió el Magíster en Hábitat Sustentable y Eficiencia Energética, programa acreditado por la Comisión Nacional de Acreditación y con más de un centenar de graduados. “Lo bueno ha sido que lo que partió hace 20 años como una asignatura de la Escuela de Arquitectura después fue migrando al magíster… entonces hemos formado cientos de especialistas en estos temas, con alumnos desde México a Puerto Wiliams”, aclara.

La académica es autora de varias publicaciones y fundadora de la revista “Hábitat sustentable”, publicación científica en español indexada en Web of Science.

Ha asesorado a instituciones públicas y privadas en proyectos de arquitectura, sobre todo de edificios públicos, principalmente orientándolos en dos temas: eficiencia energética y confort térmico. “La eficiencia energética se relaciona a poder diseñar y construir edificios, viviendas, escuelas, etc., que impliquen menor consumo de energía. Y para eso el diseño es fundamental. Tiene que ver con la envolvente térmica, con el asolamiento, las orientaciones. Y la otra línea de investigación que se asocia con esto tiene que ver con que en Chile el ahorro de energía es un tema de costo, un tema ambiental, pero de alguna manera es una especie de mito. Hay un concepto que habla del efecto rebote, ‘el rebound’, porque se dice que por más estrategias que tú hagas para ahorrar energía no lo logras. Porque el ser humano opta siempre por mejorar su bienestar”, asegura.

Con esa inquietud fue que Maureen empezó a estudiar sobre el confort térmico, realizando estudios importantes con Fondecyt en todo Chile, donde analizaron más de 20 escuelas públicas en Iquique, Santiago, Concepción y Puerto Montt.

¿Qué brechas detectaron en esos estudios de confort térmico?
Nos encontramos con una realidad, sobre todo en Santiago, bien dura.
Porque las temperaturas que medimos en las salas de clases eran bajísimas y en verano, altísimas. En agosto medimos entre 8 y 15 grados y en diciembre, entre 25 y 32 grados. Es como estar en la intemperie, como estudiar en una carpa. La arquitectura desde esa perspectiva falla en una condición que es básica, que es proveer de una protección, ‘un shelter’, frente al clima. Ahí aparece la pregunta ¿por qué los niños no tienen los mismos derechos que los adultos? En ninguna oficina, ningún adulto soportaría siquiera 16 grados o 30  grados en su trabajo. O estarían en huelga o se negarían a trabajar. Entonces se ve una vulneración a los derechos de los niños.

Nosotros hicimos las mediciones en escuelas públicas, porque el Ministerio de Educación nos apoyó en el estudio, pero estoy segura de que en otros establecimientos subvencionados y privados también podríamos encontrarnos con esta situación. En el Sur es muy común que se calefaccione con estufas de leña adentro de las salas. Es un tema de confort y pobreza energética. Lo que se necesita son recursos y políticas públicas para mejorarlo.

¿Junto con la investigación se han propuesto soluciones?
Claro. Trabajamos con normativas. El 2013 publicamos una guía de eficiencia energética de establecimientos educacionales, para mejorar el diseño de las aulas escolares. Y el año pasado también trabajamos en un nuevo marco normativo como proyecto educacional. Eso ya está en las bases, lo que falta es pasarlo a norma. Por lo menos desde esa perspectiva hay intención de establecer estándares. Porque actualmente en los colegios no hay estándares. Una escuela como las que comentaba, no está fuera de norma. Entonces es necesario subir el estándar.

En una sala de clases de una escuela en Santiago (durante el horario de clases) medimos entre 8 ºC y 15 ºC un día de agosto. 25 ºC y 32 ºC un día de diciembre.
(Fuente: Fondecyt)

Los chilenos nos vemos obligados a adaptarnos a temperaturas de 16 ºC en invierno, al interior de viviendas y salas de clases.

El 60% del calor generado al interior de las edificaciones se pierde por un mal diseño.

El 21%  de las personas en Chile pasa frío al interior de sus casas.
(Fuente: Red de Pobreza Energética U. de Chile)

Solo con estrategias de diseño pasivo es posible disminuir entre un 20% y un 60% el consumo de calefacción en las viviendas.