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Hito porteño

Diseñado por Mathias Klotz, el edificio Mirador Barón, en Valparaíso, se adjudicó recientemente el Premio Aporte Urbano, en la categoría Mejor Proyecto Inmobiliario de Densificación Equilibrada. No exenta de polémicas, la obra para el reconocido arquitecto es por lejos el proyecto más complejo que ha enfrentado en su trayectoria, no obstante augura que el conjunto se transformará en un ícono para la ciudad patrimonial.


“Fuera mafia inmobiliaria”, es la frase que irrumpió en pancartas en la inauguración de la Bienal de Valparaíso el año 2015, sostenidas por un grupo de opositores al proyecto liderado por la Inmobiliaria Barón, que comprendía seis edificios de 200 unidades, entre ellos departamentos, duplex y lofts, construidos en las dependencias del ex Hospital Ferroviario en la zona del muelle y cerro Barón, a cargo del arquitecto Mathias Klotz.

Desde entonces a la fecha el encargo, confiesa el decano de la Facultad de Arquitectura y Diseño de la Universidad Diego Portales, ha significado un largo y dificultoso camino, “pero ha sido tremendamente gratificante tanto por el resultado como por el premio PAU, que valoramos muchísimo”. La experiencia de la oficina de Klotz en proyectos inmobiliarios ha sido exitosa y con premios en Argentina y en Uruguay, y es un tema que se plantea siempre como un gran desafío por el impacto y la responsabilidad que genera en las ciudades.
“Todos los arquitectos en general hemos sido, somos y seremos muy críticos al mundo inmobiliario. El interés nuestro es trabajar en este mundo y ver con esas reglas del juego si podemos hacer buena arquitectura, considerando que es una responsabilidad y un deber si es que a uno le interesa algo la arquitectura, porque quienes realmente construyen la ciudad en la que vivimos en su gran mayoría es el mundo inmobiliario”, aclara.

Uno de los aportes urbanos del proyecto ganador fue dotar al cerro Barón de un paseo mirador público como extensión del que nace en el ascensor, constituyendo una nueva terraza de la ciudad como los paseos Atkinson y Yugoslavo. La recuperación del Hospital Ferroviario, haciendo fe a la memoria del lugar, con una reconstrucción y ampliación del inmueble, junto con ubicar los edificios más altos en la ladera bajo la cota de terreno del hospital hacia el mar, privilegiando la vista no solo de los futuros residentes, sino del espacio público, fue mérito importante también. Y la fachada quebrada fue otra jugada de Klotz, que une intercaladamente los edificios para generar visuales y sombras en el conjunto acorde con la fisonomía de la ciudad, integrando al proyecto en el barrio.

La arquitectura del conjunto toma como referente la población Zenteno de Valparaíso, de modo de lograr un tramado capaz de integrarse en el esquema de la ciudad. “Es un referente extraordinario, porque juega con una serie de planos quebrados. Está incorporado absolutamente en el tejido, en la trama, la textura de la ciudad. Y genera un montón de situaciones, vistas de plaza, de balcones, que son propios de Valparaíso. Un proyecto contemporáneo de algún organismo público que hiciera vivienda social en un cerro como este, lo más probable es que haga un corte de terreno para instalar un bloque. Aquí se trabaja con la topografía… tiene una sensibilidad con el lugar increíble. Y eso fue lo que tratamos de replicar”, afirma Mathias Klotz.

¿Cuáles fueron los mayores desafíos?
Equilibrar un montón de variables, que en este caso excedían cualquier variable que hubiésemos hecho para un edificio de vivienda antes que este. Habíamos hecho edificios acotados al terreno de escala muchísimo menor que esta y con condicionantes cartesaianas muy direccionales; aquí eran muy mezcladas.

En primer lugar la topografía, la preexistencia; si bien el edificio del hospital no tenía protección patrimonial alguna, se podría haber botado en 30 segundos, quisimos mantenerlo porque era la memoria del lugar y del barrio. Cuando recibimos el anteproyecto original nos pareció que estaba tan alterado el edificio que era mejor botarlo. Le habían hecho una serie de modificaciones, como un techo con mansarda que parecía una especie de palacete francés; era muy irreconocible la preexistencia con el resultado del edificio.

Primero hicimos un afán porque fuera lo más fiel al original. El edificio además tenía unas crujidas muy estrechas, entonces los departamentos son muy distintos unos a otros de piso en piso. Lo peor es que cuando teníamos aprobado el anteproyecto para el comienzo de obra nos llegó un informe de cálculo: el edificio estaba tan dañado por el terremoto del 2010 que no había ninguna posibilidad de reutilizarlo. Estaba socavado por una napa que pasaba por debajo. Por consiguiente se tuvo que demoler el edificio y lo rehicimos tal como era, con la diferencia de que ahora tiene hacia el mar 120 cm más de profundidad para poner ahí un balcón, pero que está incorporado dentro de la fachada.

¿Valía la pena levantarlo nuevamente?
Es un tema discutible. Pero te pongo un ejemplo: la Estación Mapocho, cuando se hizo el proyecto para transformarla en un centro cultural en los años 90, se rehicieron las dos naves laterales. Solo que pusieron un andamiaje alrededor donde se ocultó la demolición y la reconstrucción. Hay unos superpuristas que opinan que eso no es bueno. Yo sin la colaboración y el compromiso del cliente no podría haber hecho ese edificio. Quien merece por lo menos la mitad del premio es la inmobiliaria. No es tan fácil encontrar un cliente que esté dispuesto a correr tantos riesgos y hacer algo tan distinto a lo que siempre ha hecho.
Otro desafío ha sido sortear la demagogia que ha filtrado todas estas cosas. Fue una carrera de obstáculos.

¿Este ha sido uno de los proyectos más complejos que has tenido que enfrentar?
Por cierto. Salí por primera vez en mi vida en la portada de un diario, el día que se demolió el hospital. Apuntándome como si fuera una especie de terrorista en contra del patrimonio. Lo mínimo como comentario de entrada es que estamos provocando gentrificación. Yo creo que Valparaíso necesita más que gentrificación, porque se pasó de revoluciones en sentido opuesto. Pero nosotros aquí no desplazamos a ningún solo vecino para hacer el edificio. Nunca nadie vivió en este lugar. Lo que nosotros estamos haciendo es incorporar un grupo importante de nuevos vecinos que van a aportar a esa comunidad, van a comprar en ese comercio, van a vitalizar toda esa zona. Yo creo que de verdad es un aporte a la ciudad. Tratamos de ser lo más profesionales, serios, en el sentido de cumplir con los requerimientos del cliente y del negocio que hay detrás de esto, y cumplir con la ciudad con un espacio nuevo. La ciudad ganó un lugar que antes no tenía.

¿Crees que a largo plazo se transforme en un hito dentro de Valparaíso?
Estoy bien seguro que sí lo será. No tengo noción desde cuándo no se construía un proyecto habitacional de esta escala en Valparaíso. Es un proyecto que en tamaño, en escala, es comparable a la Población Zenteno, con mucho más protagonismo en el sentido de que está en primera línea.

¿Qué opinas de la densificación de las ciudades?
Creo que la densificación de las ciudades es indispensable, porque al revés del discurso demagógico eso hace que sean vivibles, porque se logra tener una densidad de situaciones que enriquecen la vida en comunidad. Lo que no hay que hacer es pasarse de rosca. Todas esas ciudades que visitamos, que ponemos de ejemplo, generalmente son ciudades densas. Esta idea de que el mundo tiene que ser como Los Ángeles, California, únicamente con casitas de un piso, lo tenemos aquí. Toda nuestra periferia, que es así hasta el infinito, no genera lugar, no genera barrio, no genera nada. Es un tema que tiene que ver con la escala y ciertas distancias. Y que la arquitectura no solo por normativa resulta, igual hay que trabajar y preocuparse de armar equipo con gente que tiene oficio. Uno puede, con la misma cantidad de material, metros cuadrados y presupuesto, hacer un edificio de porquería y otro notable, que agregue valor.