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Hacia un paisaje más justo

Estos son los días en que prácticamente toda autoridad relacionada usa cada micrófono a su alcance para llamarnos a ahorrar agua, en que incluso advierten de futuros racionamientos. Son también los días en que las voces que claman por justicia y mejoras se refieren, entre muchas otras cosas, a plazas tristes y sin pasto. ¿Por qué no hacer que además sean los días en que hablemos de un nuevo paisajismo, de nuevas formas de entender y relacionarnos con la naturaleza en el entorno urbano?


Más tarde este mismo día, la arquitecta y paisajista Piera Sartori va a recibir una respuesta importante. Junto a su marido y socio y a un equipo interdisciplinario fueron preseleccionados para un fondo de innovación de la PUC. Hoy van a saber si su búsqueda por alternativas reales al pasto en esa inconmensurable superficie pública donde no se puede plantar y menos mantener va a ser financiada. Desde una mirada estética, climática, de recursos hidrológicos y sustentabilidad pretenden responder a “este problema del paisaje que no nos pertenece y que hemos perpetuado”, como lo define Piera.

Crucemos los dedos. Pero ahora, cerca del mediodía, estamos sentados a la sombra de un quillay en la plaza Brasilia, en Vitacura, una de las obras recientes de la oficina de Piera, Carreño Sartori.
“Hablar de paisaje no es hablar de un listado de especies. Se trata de relaciones entre las partes, el árbol, los arbustos que lo rodean, las fuentes de agua, las pendientes. Son asociaciones. Nosotros trabajamos con nativas, en algunos casos 100%, pero también integramos especies adaptadas a este clima y suelo. Nativo significa que es propio del lugar, pero hay especies que además son endémicas, que se encuentran en una región restringida. Por eso es tan importante ver lo que hay alrededor y buscar lo que había originalmente”. A eso se refiere ella cuando insiste en la necesidad de entender el lugar.
Desde nuestra banca sombreada se siente el efecto refrescante del pasto al centro de la plaza, esos cerca de 5 grados que es capaz de restar a los 26 que registra el teléfono, pero uno no puede dejar de preguntarse: ¿es pasto lo que habría aquí sin la intervención del paisajismo?

“Cuando trabajas en espacio público tienes una oportunidad de educar a la gente y enseñar los beneficios de ciertas especies como partes de un sistema ecológico. Sacar el pasto es difícil, tal como el plátano oriental es difícil de evitar por su  fisonomía espacial tan imponente y tan buena para las avenidas grandes. El pasto es difícil de reemplazar, por ejemplo, alrededor de una piscina, porque necesitas algo que no ensucie el agua. Lo que hemos estado haciendo en espacio público es reducir la cantidad de pasto, pero además estamos sembrando con bermuda, una gramínea fuerte que les gana a otras porque necesita la mitad del agua”, explica Piera.

En esta plaza además se usaron tres cubresuelos distintos, entre ellos uno nativo del norte de Chile, llamado tiki tiki, que no solo tiene  consumo de agua moderado sino que se puede pisar. Pero la conciencia e información en torno a estas estrategias aún no sobrepasan la presión de la comunidad sobre las municipalidades por lo que se entiende como área verde, y eso es pasto. “Debe crearse un vínculo entre la municipalidad, el diseñador o arquitecto paisajista y la comunidad. Hay un nexo que hay que hacer, tenemos la responsabilidad de acercar a la comunidad a un paisaje más ecológico, más justo, más apropiado al lugar, el clima, el suelo y la cantidad de agua que tenemos. Es una batalla que tenemos que dar. Al principio puede que haya resistencia, pero la gente tiene que entenderlo”.

Piera asegura que la Municipalidad de Vitacura los apoya en la elección de especies de menor consumo, de alternativas pasivas de riego y de fertilizantes naturales, pero no es necesario ir muy lejos para apreciar condiciones totalmente diferentes. “Hay un tema de justicia: te mueves hacia otros sectores y transitas por zonas con bandejones donde la tierra se resquebraja. En contraposición con un paisaje de bandejones que nadie usa, que se mantienen solo por una cuestión estética, con costos de recursos y energías tremendos. Esas superficies perfectamente se pueden tratar con elementos orgánicos e inorgánicos que protegen el suelo, con el residuo de la industria de las nueces, por ejemplo. Pero es un tema cultural, cómo educas a gente para que se acostumbre y aprecie esas formas de paisaje”.

Una respuesta a la inequidad
“Gilles Clement hizo de su jardín su laboratorio y estuvo 10 años observando cómo funcionaba. Así descubrió sus lógicas y las llevó a sus diseños de paisaje. Uno de sus primeros proyectos, el Parque Citroën, en París, requirió una capacitación especial para que los jardineros entendieran cómo trabajar esa forma de paisajismo. Ese momento (1986) significó romper con el paradigma del jardín francés hipercontrolado. De esa manera trabajan también Coloco, Piera Sartori y muchos más que hemos estado entendiendo que suena mucho más razonable ir en pro de la naturaleza y no en contra. No verla como maleza sino entender que son plantas espontáneas o vagabundas, como las llama Clement. Es una práctica supernueva pero se está empezando a expandir cada vez más”, dice Francisca Saelzer, paisajista y académica que lleva un buen tiempo trasladando la idea de la pradera a espacios públicos e institucionales, una estructura paisajística donde hay mucho dinamismo y espontaneidad, mezcla de plantas como gramíneas y flores.

Francisca conoció a Clement cuando estaba estudiando paisajismo en Europa y empezaba a mirar a esas nuevas corrientes con ganas de sumarse a ellas. “Hay un tema en la mantención, porque los jardineros convencionales, lo que van a hacer es sacar la maleza, y tú estás trabajando con ella. Hay que reeducar no solo el ojo cultural, también a los encargados de mantención.  Me pasó en la biblioteca de la UDP (cuya azotea Francisca cubrió con praderas en 2010) que una persona de mantención arrancó absolutamente todos los dedales de oro, las amapolas y todo lo que juzgó como maleza. En el Parque Huechuraba también me llamaban y me decían ‘esta cosa se ve desordenada’; la pradera puede ser una especie de césped pero es una mezcla de plantas, tiene una cosa que pica más, se pone más amarilla durante el año. De alguna manera persiste la necesidad de volver a ese pasto que va en contra de un dinamismo natural”.

La idea del jardín llega a Chile dentro de un enorme paquete de influencias europeas en el siglo XIX, y era una mezcla de preceptos surgidos en Francia e Inglaterra. Los paisajistas que llegaron a trabajar a las grandes casonas y viñas venían de esos países y traían una lógica estricta. Todo lo que no cupiera dentro de ella era maleza. “Y es un gran error porque muchas de esas plantas espontáneas son indicadoras de muchas cosas. El digitalis, por ejemplo, habla de la acidez de la tierra; los cardos son plantas que crecen cuando hay muy poca materia orgánica en el suelo. Cuando armo las praderas uso plantas de poco requerimiento de agua, siempre son de la zona, nativas o introducidas cuando se llevan bien con las nativas. Debe haber una convivencia necesaria. Uso espinos que se dan increíbles con poca tierra, es lo que tenemos en nuestro territorio, es nuestra vegetación”.

¿Estas nuevas visiones del paisaje podrían ser la solución a la desigualdad en áreas verdes que se vive en Santiago, por ejemplo?
¡Sin duda! Hay maneras de proponer estructuras vegetales que requieren poca mantención y riego y que se mantienen bastante verdes durante el año. Por eso planteo la pradera en todos mis proyectos públicos. En el ámbito privado hay cada vez más clientes particulares que aceptan la idea de la pradera, de las especies nativas; hoy hay muchos viveros dedicados a eso. Siento que vamos avanzando mucho.
Tanto Piera Sartori como Francsica Saelzer cuentan con currículos extensos que demuestran que sus propuestas son acogidas por clientes privados y públicos. Pero además investigan y trabajan en universidades –Piera en la PUC y Francisca en UDP–, donde se aseguran de que los futuros arquitectos entren en contacto con ideas de paisaje mucho más diversas y acordes a nuestro clima y geografía. Quizá “este problema del paisaje que no nos pertenece y que hemos perpetuado” aún se puede corregir.

www.franciscasaelzer.com
www.carrenosartori.com

Empoderamiento
Hace ya diez años Javiera Quesney hacía noticia por algo tan simple como plantar comida frente a la vereda de su tienda, en pleno barrio Bellavista. Demostró así que cualquier retazo de tierra se puede trabajar y revivir,  inspirando a muchos que la vieron. Hoy, que entendemos mucho mejor el valor de cada esfuerzo, iniciativas surgidas de la ciudadanía como Cultura del árbol de Gustavo Riffo siguen esa línea y reciben además incentivos para crecer.

La huerta urbana
En algún momento del año 2009 Javiera Quesney escribió en una libreta que se había hecho reciclando los manteles de papel de El Toro las primeras ideas para dar uso a un rectángulo de tierra de 2,5 x 4,5 frente a su tienda (Dolly Davis), en la calle Loreto. “Quería demostrarme que cualquier pedazo de tierra se puede plantar y que pueden crecer cosas en medio de la ciudad”, recuerda. Facebook ya era popular y la ‘huerta urbana’ alcanzó a tener un perfil, pero la convocatoria a la primera jornada de trabajo fue una verdadera minga entre amigos para reemplazar el ripio por una tierra en la que pudiera brotar vida. “Fue supercontagioso. Paralelamente estaba pasando lo de la huerta urbana de Matucana 100 y había una persona utilizando un bandejón de Vespucio con Colón. Salió en las noticias, llegaron  los matinales. La gente pasaba y me contaba que había plantado en su balcón. Había un niñito chico que llevaban todos los días, era su paseo ir a ver lo que había crecido. Fueron 2 años y medio lo que duró, con todos sus ciclos, porque no era un jardín permanentemente verde”.

Cultura del árbol
En los árboles encontró Gustavo Rifo un símbolo para transmitir esperanza a su comunidad, a un grupo de gente que se había sentido engañada y postergada por tanto tiempo que la había perdido. Hace tres años comenzó, totalmente autogestionado, una iniciativa que bautizó Cultura del Árbol. Llegó a reunir más de 30 vecinos de la Villa Alberto Larraguibel, La Florida, en jornadas de plantación que cambiaron  completamente la imagen de sus calles y veredas. “Nos acogimos a un programa que se llama ‘Un chileno, un árbol’. Solo tienes que hacer una carta señalando dónde vas a plantar, cuáles son las fuentes de riego y Conaf te entrega especies nativas y adaptadas”, explica Gustavo. Así aprendió que hay que estudiar para encontrar y entender las puertas, aprender a golpearlas, que estas se abren si las cosas se hacen bien.
“No me gusta quedarme de brazos cruzados esperando las soluciones. Me gusta salir a buscarlas. Desde que entré en las juntas vecinales y organizaciones sociales me he dado cuenta de que existen leyes y recursos, pero para que funcionen las personas deben organizarse, hacer comunidad y exigir a sus políticos que hagan la pega. De esa manera conseguimos 2 mil millones para reparar techos, fachadas y espacios comunes de 960 departamentos, y 150 millones más para reparar casas”, dice Gustavo, que empezó con semillas y palas su lucha por una mejor calidad de vida y lo que él cree es la verdadera dignidad.