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Un arquitecto con ascendencia alemana y una artista con ascendencia italiana claramente son un buen equilibrio. La casa de Mathias Klotz y Francisca Benedetti se arma con esta sinergia, donde la proyección visionaria de los espacios es enriquecida con la soltura y el calor de hogar que se vive adentro.


Hace varios años escribí sobre esta casa para esta misma revista. En esa época el arquitecto Mathias Klotz había inaugurado recién su estudio bajo el subterráneo, donde sus dos hijos, hoy de 17 y 16 años, jugaban entre medio de maquetas. Actualmente la oficina funciona en Vitacura y ese espacio es el taller de su señora, Francisca Benedetti. Ahí la artista autodidacta se evade del mundo y se vuelca en sus creaciones en acuarela y acrílico sobre papel, además de cerámica. Por estos días cuenta estar concentrada en un trabajo de investigación para un encargo de murales de siete metros de altura para un edificio. Todo esto sin descuidar a Sofía, su hija con el arquitecto, de un año cuatro meses, que la tiene con la sonrisa de oreja a oreja.
Uno de los cambios estructurales importantes que noté en la casa desde que la fotografiamos por primera vez y que se logra distinguir desde la fachada, es el segundo piso que Mathias proyectó el año 2010. Un espacio que diseñó como una planta libre, conectado a un jardín en el techo que aprovecha la vista al cerro San Cristóbal.
Dos años después de esa última intervención Mathias se casó con Francisca, y cuando la artista llegó a la casa entró con ella su sello femenino. “El segundo piso lo hizo pensando en él, con un baño para hombre, sin muebles, sin tina… por eso instalé la tina en la pieza, donde disfrutamos dándonos baños con la Sofía”, dice Francisca.
La artista cuenta que cuando llegó a vivir a la casa los espacios eran bien rígidos. “Estaba todo puesto muy arquitectónicamente y de a poco fui metiendo mano, desde poner flores, cojines, colores y pintar blancos algunos muros que eran negros, que se veían superbien, pero un poco cargados para habitar”.
El orden es otro tema que comenzó a adquirir mayor relajo con la llegada de Francisca. “Mathias es bien ordenado, en cambio yo, no. Dejo todo tirado, por supuesto no son papeles de chocolate, sino el chaleco, el juguete de la guagua, y eso, para mi gusto, les da una cuota acogedora a los espacios y hace que las casas se vuelvan más cálidas”.
Esa soltura que han ido ganando los espacios se suma a la presencia del “Negro” y la “Juana”, donde perro y gata se han hecho amigos y Sofía una más del grupo.
Al igual que la naturaleza y los seres vivos, el paso del tiempo va transformando los espacios. Y el gran acierto de esta casa, a pesar de sus distintas intervenciones, cambios de vida y haber crecido de 140 a 380 metros cuadrados, es que conserva la esencia del año 1965 en que fue construida por el arquitecto Ignacio Covarrubias. Esa sencillez para Klotz es la mayor cualidad, “es una casa muy austera y por lo mismo fácil de vivir”, dice el decano de la Facultad de Arquitectura de la UDP.
Un volumen que ha crecido de manera orgánica sumando módulos con un gran sentido visionario, abriéndose al paisaje, pero que ha conservado ese sentido de simplicidad en que fueron construidas la mayoría de las casas del barrio de Pedro Valdivia Norte.
Ese mismo espíritu se proyecta también en el estilo de vida al interior. Francisca confiesa que le da mucha lata el tema de la decoración. “La mujer decoradora me aburre. Me cargan las cosas por el simple hecho de que están decorando, me molesta. Nunca miro nada de decoración, ni blogs, ni Pinterest… Obviamente me gustan las cosas bonitas, pero me gusta la funcionalidad. Lo mismo en la forma de vestirme, es lo práctico lo que prima. Creo que si uno elige bien las cosas no necesita mucho.” dice.
Para Francisca la belleza se encuentra en el jardín y la luz; esas dos variantes hacen mucho en una casa linda, dice. “Mathias es fanático del jardín, lo que más lo relaja en la vida es jardinear, puede salir en la mañana a podar y vuelve a las 3 de la tarde, rasmillado, por eso no tenemos jardinero. Nos gusta el jardín medio abandonado, no tan limpio, vivir el otoño. Además, el juego favorito de la Sofía es barrer las hojas. El jardín en primavera y verano se ocupa harto, a veces trabajo bajo el castaño y en otoño-invierno es más de contemplación”.

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