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Factor humano

Una casa en Providencia, con espacios comunes y abiertos para compartir, fue lo que enamoró a los actuales dueños de esta casa remodelada con anterioridad y mucha gracia por la arquitecta Francie Campbell.


“Yo elijo ser feliz”, “Los codos y celulares están prohibidos en esta mesa”, “Lo que más amo de mi casa es con quien la comparto” son algunos de los mensajes que aparecen anotados en las distintas paredes de esta casa. “Es una forma de recordar que lo que importa en este lugar somos las personas. Que aquí hay una armonía que la formamos nosotros… no la hacen ni los cuadros ni los objetos lindos”, dice Ana María Richard. Esa simple forma de entender la vida es lo que esta profesora del Colegio San Ignacio, y por muchos años de una escuela de escasos recursos, junto a su marido, a cargo de liderar un proyecto de educación, comparten fielmente.
La historia partió en 2001 en el Hogar de Cristo. Ahí fue donde ambos se conocieron y desde entonces han construido un proyecto de vida en común. La llegada de Isidora (10) y luego José (7) “ha sido una gran fortuna”, asegura Ana María. “Hemos hecho un camino, y mostrárselo a nuestros niños es muy importante. Hacerles ver que la vida no se termina en una comuna, que estamos hechos en la diversidad. Es eso lo que a nosotros nos moviliza”, dice. En esta etapa de formación de sus hijos, Ana María confiesa que es prioridad la vida en familia. “Todos los días tomamos desayuno juntos, se hacen las tareas, mientras se cocina… se lee el diario y al mismo tiempo se prepara algo rico”, cuenta. Una dinámica que resulta perfecta en esta casa donde los espacios están completamente conectados.

El mérito es de la arquitecta Francie Campbell, quien le dio un giro absoluto a este lugar, transformando una casa oscura y laberíntica en una casa abierta e iluminada. “El encargo de los dueños anteriores era lograr una casa donde fluyera la energía, con dobles alturas, mucha luz y espacios amplios y flexibles”, explica la arquitecta. En el primer piso se botó todo lo que era tabiquería y se dejó la estructura principal reforzando algunos ejes con vigas estructurales de acero. Al descubrir el cielo se retiraron las vulcanitas que estaban en muy mal estado y se rehízo, manteniendo la pendiente de dos aguas, revistiéndolo con un entablado Decofaz de Arauco. Una solución que le dio un aire y una identidad bien únicos a la casa. Bajo esta amable estructura como base, Ana María hizo lo suyo con la decoración inspirada en conceptos que se plasman al interior. El amor por la naturaleza es un tema que guía bastante los espacios. “La naturaleza me equilibra enormemente. Me fascina meter las manos en el jardín. La tierra me energiza y me estabiliza, y para mis niños lo encuentro un factor protector tremendo”, dice Ana María. Es así como muchos de los elementos presentes en la casa tienen que ver con ese interés, como troncos que la dueña pule y adapta como asientos o palos de ríos recolectados en el Sur, dispuestos como esculturas. Lo mismo con la cerámica gres, que por años Ana María trabajó en un taller. De ahí nacen algunas esculturas y objetos utilitarios que rondan los espacios. Orden y armonía también sustentan los espacios. “Creo mucho que el orden externo ayuda al orden interno. Me perturba acostarme con un clóset abierto y desordenado. No saber dónde están las cosas”, dice. Ese espíritu se traduce en todo tipo de organizadores dispuestos en las piezas de los niños, baños y cocina, que ayudan a mantener una claridad que finalmente se refleja en armonía visual y mental.

 

Ideas que inspiran. Una casa llena de detalles y mensajes.