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Evolución del baño: ¿Público, Privado o íntimo?

Lo más probable es que tanto mis tatarabuelos como los tuyos hayan usado letrinas, jarritos, bañeras compartidas y hayan asistido alguna vez a los baños públicos para asearse, porque a no ser que tu familia fuese muy, pero muy pudiente y aristócrata, en toda la historia hasta fines del 1800 la mayoría de la población urbana de Occidente no tenía agua corriente en la casa, ni un cuarto de baño como tal.


¿Hay algo más privado que ir al baño? Yo creo que no. A nadie se le ocurriría instalarse en el “asiento de desahogo del cuerpo” –como menciona un documento del 1400– en compañía, o recibir invitados mientras se realizan aquellas labores poco ‘odorant’, o bañarse a vista y presencia de extraños, conocidos, o… con ellos. Pero hasta más o menos todo el s. XVII esto no tenía nada de extraño, porque lo disponible para la mayoría de la gente eran los baños públicos, no privados.

En Roma, por ejemplo, en época de Trajano, existían 144 letrinas públicas, con sistemas de canales y cloacas. Algunos edificios de departamentos, insulae, también estaban conectados al alcantarillado, pero para la gran mayoría no había desagües ni pozos negros, debiendo llevar sus aguas grises a algo así como ‘el punto limpio’ de la época, o lo más fácil y común… arrojarlo por la ventana: “¡agua va!”, como decían en la Edad Media.

Como señala Luis Soto Walls en “El diseño de lo privado, el baño”, en la Roma del siglo IV había 11 baños públicos, 1352 fuentes y cisternas y 856 baños particulares. Si bien la domus romana, la de los señores, sí contaba con letrina y una bañera que se instalaba cerca de la cocina para tener agua caliente, para la mayoría, esclavos incluidos, las termas eran el lugar para bañarse y para socializar. Se iba cada 9 días cuando había mercado, se hacía gimnasia, se sudaba, tenían salas de depilación, para asearse, una piscina para compartir, jardines, algunas hasta biblioteca y, ciertamente, popinae dentro, o en los alrededores: negocios de comida para llevar o comer ahí mismo (¡ya existía el take a way!).

Bañarse juntos
El espacio del baño público se mantuvo en los siglos posteriores al imperio. Aun en la Edad Media, a pesar de los prejuicios religiosos en torno a la desnudez del cuerpo y lo pecaminoso que podía suponerse cualquier acto ligado a él, la gente se daba un ‘baño completo’; rara vez, es cierto, pero lo hacía, un par de veces al año los monjes –por disciplina–, en los monasterios –dice Soto–, 3 o 4 los caballeros y la corte, por fines sociales y rituales, en compañía o compartiendo la bañera en sus casas y castillos, y los plebeyos “como una actividad pública con fines sociales y de recreo” en los baños públicos. El baño era un ritual social en la Edad Media, dice Witold Rybczynski (“La idea de la casa”).

Para el 1400 la costumbre continúa. Como relata Poggio en su visita a los baños de Baden, cerca de Zúrich, en 1416, una empalizada separa a hombres y mujeres que se bañan en el estanque, si no desnudos, casi, como muestran los grabados de la época y como quien va al Caribe a un all inclusive, “es muy frecuente que se tome un almuerzo dentro del agua, pagando con el ticket de entrada”. (Duby)

En cuanto a los hábitos de excrecencia, también parecen ser bastante públicos. Erasmo de Rotterdam recomendaba en 1527 tener la delicadeza de no saludar a un conocido si se lo encontraba en la calle haciendo sus necesidades, y si bien la mayoría de las casas burguesas ya cuentan con retretes en la Inglaterra del 1500, y en Francia se exige que las casas tengan uno con pozo negro, cada edificio contaba solo con 2 o 3 de ellos para sus… 30 a 40 habitantes. Nada muy privado.

“En la sociedad contemporánea más posmoderna el hedonismo se empieza a incorporar de forma más descarnada, y una de sus manifestaciones es el baño. Empiezan a aparecer el jacuzzi y una serie de artefactos que hacen de la higiene y el baño un lugar placentero”, dice Alberto Sato.

Del WC portátil al cuarto de baño
El retrete era de plebeyos, dice Rybczynski, porque para los señores en el XVII y XVIII era el baño el que venía a ellos. El ‘sillico’ es la moda, una caja con tapa, como las 300 que había en Versalles de Luis XIV, que tampoco tenía pudores en atender en audiencia en un elegante WC portátil, como gran muestra de confianza hacia los súbditos.

“Que el inodoro se convierta en un asiento es propio del Barroco, pertenece a la cultura más elegante rococó de estar sentado”, dice el académico de la Escuela de Arquitectura de la UDP Alberto Sato, quien señala que como espacio íntimo el baño recién aparece a mediados del 1800, coincidiendo justamente con la aparición de una sala dedicada en las casas. “En la medida en que la sociedad se va haciendo más metropolitana, más urbana, va aumentando el espacio simbólico de la intimidad. Es una sociedad acorralada, sujeta a miles de presiones, en permanente estado de ansiedad y de tensión. El espacio privado es la casa, pero el íntimo, ahí donde uno se siente realmente solo, pudiendo reflexionar sobre sí mismo, liberarse, es el baño. No se podría decir lo mismo de un campesino que tiene todo el campo a su alrededor, ni tampoco de sociedades anteriores, renacentista, donde quizás si bien existía el mito de la pureza e impureza, no hay vestigios de una preocupación especial por el diseño del cuarto de baño”.
El interés por la higiene se retoma recién a fines del 1700, como un asunto de salud, y cobra auge en el XIX con la proliferación de bañeras para todos los gustos: completo (la bañera común), el baño de asiento, de cadera, de lluvia, de ducha, de bota (por la forma), prescritos para distintos tipos de dolencias. Hasta mediados de ese siglo la tina en casa de burgueses seguirá siendo portátil –como en la Edad Media–, instalada en la habitación, llenada, vaciada y retirada por los sirvientes.

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Para el siglo XIX bañarse se volvió más habitual. Los médicos comenzaron a prescribir distintos tipos de baños terapéuticos y con ello surgieron bañeras diversas según la dolencia. El baño de zapatilla o bota (en la foto) guardaba el calor y servía para relajar el cuerpo.

El cuarto de baño como tal aparecerá recién a fines del 1800, cuando se empieza a generalizar el agua corriente en casa. Europa adoptará el baño ‘al estilo inglés’, con el WC y lavamanos separados, para que dos miembros de la familia puedan utilizarlo a la vez, mientras que el ‘cuarto de baño compacto’, una sola habitación con todos los artefactos juntos, como hasta hoy, nacerá en Estados Unidos. El modernismo acotará más aun el espacio, obviando todas las funciones sociales que tuvo antaño en pos del funcionalismo. Como explica Sato, “no considera los aspectos sociológicos y culturales de un baño, se mide en función de las piezas sanitarias y el mínimo de distancia para arrodillarse, sentarse, ducharse, etc. Considera solo la función fisiológica, hasta una situación ridícula de poner un inodoro debajo de la escalera. Existen todavía algunas casas Ley Pereira, por ejemplo, en las que hay que entrar agachado, incómodo. Se imagina una condición de uso absolutamente fisiológica, cuando en realidad todos los otros aspectos culturales explican el sentido que tiene un baño, más allá de higienizar; lo mismo el lavamanos, que es donde está el espejo, y donde apareces no desnudo de cuerpo, sino de alma. El espacio moderno de la intimidad ,no de la privacidad, es el baño”.

¿Por qué  las mujeres conversamos en el baño?  Porque el lugar de la higiene del cuerpo era el que más les permitía aislarse,  poder hablar en confianza sin que los hombres escucharan. Cuando las familias pudientes hacían una fiesta, las niñas se reunían en el baño para cuchichear. Se necesitaba un espacio más o menos grande para eso”,dice Alberto Sato.

¿De dónde viene?
Los tres tamaños de toalla. No sabemos si es el primer antecedente, pero ya en Roma imperial había tres tipos de toallas y con nombres similares a los de hoy: sábana, para el baño; facial, para la cara, y ‘pedale’, para los pies.

¡Agua va! Dicen que el dicho viene de la Edad Media, cuando la gente arrojaba orines y excrementos por la ventana, para advertir al transeúnte descuidado, pero ya en Roma al no tener la mayoría de las casas o insulae desagües, se solía arrojar los desechos por la ventana.

El baño turco El que le puso este nombre a los baños de vapor caliente al estilo de los baños árabes fue David Urquhart, agregado de la embajada británica en Constantinopla, a mediados del 1800, que hizo una gran campaña para introducirlos en Inglaterra.

Más de lo mismo, por favor:
“La vida cotidiana en Roma”, Miguel Ángel Novillo López / “Historia de la vida privada 4. El individuo en la Europa feudal”, Aries y Duby / “Muerte de la civilidad pueril”, Erasmo de Rotterdam, 1527 / “El diseño de lo privado, el baño”, Luis Soto Walls  / ”La casa. Historia de una idea”, Witold Rybczynski