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Esto es convicción

La compañía de teatro chilena Niño Proletario actúa como agente cultural y artístico llevando sus trabajos a los lugares más recónditos de Chile. Con su obra más emblemática, El Otro, ha recibido aplausos internacionales no solo por su desgarrador contenido, sino que por su capacidad de revivir el amor en sociedades vulnerables y gente que necesita conectarse con su alma. Ahora recorren el país con su arte y los aplausos no vienen con los flashes, vienen del corazón.


Imagen-TNP-1_650x876_acf_croppedNiño Proletario es una compañía de teatro chilena que actúa, con vehemencia, como agente cultural con el público y la sociedad. Su obra más emblemática, El Otro, ha viajado por Holanda, Bélgica, Francia y Seúl, y hoy, gracias a un fondo del Estado, la llevan a recorrer Chile. Van a los rincones más recónditos, aquellos lugares infinitamente olvidados, precarios, a veces sin luz eléctrica. Hacen residencias artísticas del modo más sutil y honesto con la gente. Son un poder político y cultural, que con esfuerzo y convicción instalan la obra y lo demás en gimnasios comunitarios y sedes sociales, haciendo un regalo para el alma de los presentes. “El nombre de la compañía –nacida el 2005– tiene que ver con una historia del autor argentino Osvaldo Lamborghini, la vida de un niño proletario que nace en la pobreza máxima, planteando que por una herencia alcohólica y el contexto de miseria está destinado a seguir ahí. Nosotros dijimos no, queremos romper ese círculo, cambiar esa historia. Tenemos la fuerte convicción de que aunque no existan grandes infraestructuras podemos generar la posibilidad de teatro a gente que no lo tiene. La forma se adapta a la necesidad de los territorios”, señala Luis Guenel, director de la compañía y cofundador junto a Francisco Medina, Catalina Devia y Erna Molina.

¿Qué detonó el inicio de El Otro, su obra más emblemática?
La compañía Niño Proletario, primero, nace más que nada por querer hablar de ciertas temáticas como memoria, territorio, utopía. Esos son los tópicos que nos interesa trabajar, más que con textos dramáticos. Investigar esos temas y a partir de ahí desarrollar una dramaturgia o un guion. Cuando partimos era la época de las marchas estudiantiles y queríamos hablar del amor. Santiago era una batahola. Sentimos que había miedo social, se peleaba algo básico que es la educación, sin embargo había mucha represión y desde el miedo de una juventud o de un sector de la sociedad nos pusimos a cuestionar dónde estábamos parados en ese momento, dónde encontrábamos el amor. Veíamos que todo era muy frágil y no había una convicción o un compromiso con el otro.

¿Cómo la articularon?
En esa búsqueda aparecieron el libro El infarto del alma, de Diamela Eltit, que no es un texto dramático, y el trabajo de Paz Errázuriz, que registró a los pacientes enamorados del hospital psiquiátrico de Putaendo. Ahí vino nuestro entendimiento artístico de que el amor estaba encerrado en un psiquiátrico y empezamos a investigar su porqué, las dinámicas del lugar. Fuimos a verlo y constatamos que había una comunidad, independiente de sus delirios y su precariedad; se cuidaban, jugaban, hacían huertos, se reían, había amor. Y afuera todo lo contrario, había cero comunidad. Empezamos a trabajar la puesta en escena y la estrenamos el 2012 en el galpón de Factoría Italia, con textos proyectados y voces en off. Algo más visual, con sonoridad, danza, iluminación despertando momentos. Fue bastante experimental, cabía poquita gente, tapizamos Santiago con afiches para hacer el llamado y las reservas se hacían por WhatsApp.

¿Y cómo comienza la gira?
Agarramos vuelo porque descubrimos como compañía que estábamos preparados para hacer una obra en espacios precarios, como la Factoría Italia, donde no había ni siquiera luz eléctrica. Dijimos: esta obra la podemos hacer donde sea, y se abrió un espectro de posibilidades. Lo primero que hicimos pos Factoría fue partir a Cielos Infinitos, un festival de Punta Arenas en una excárcel abandonada. Ahí nos vio un tipo que le comenta a otro tipo y nos llevan a España para mostrarla en un molino abandonado. Aparece una programadora muy importante belga, Frie Leysen –premio Erasmus Prize 2014–, que le interesó curarnos y nos hace una gran gira por Holanda y Bélgica. Aquí explota El Otro y se hace conocida internacionalmente.

Y a Corea, ¿cómo llegan?
El 2018 fuimos a Seúl para actuar en el Museo de Diseño y Arte Moderno, que es una construcción muy particular. Entraban 60 personas por función y la obra era parte del museo. Nos adaptamos al espacio, llevamos la exposición de Paz Errázuriz y creamos un diálogo entre artes visuales y teatro. Actuamos en una esquina de un espacio enorme y detrás del público todas las fotos de Errázuriz. Los audios eran en español con subtítulos y la misma obra. Lo interesante es que la cambiamos, se repite su estructura según el espacio. Estuvimos dos semanas.

Y luego, ¿cómo sigue su experimentación, también como agente cultural?
El 2017 nos fuimos a un hospital de adultos mayores en Orleans, Francia, y trabajamos con abuelos durante 10 días, entre 60 a 101 años. Había mucho alzhéimer y vimos qué podíamos hacer. Les hicimos entrevistas, les preguntamos qué les gustaba hacer. Ellos decían que querían recordar cuando eran jóvenes, que les gustaría bailar. De los 20 que participaron en el taller, solamente dos tenían memoria, el resto demencia senil y alzhéimer. Era como partir de cero. Bailamos, hicimos fiestas. Luces de colores, plantas, en que por 40 minutos y junto a sus familias bailábamos vals y comíamos mientras se proyectaban las preguntas que les habíamos hecho antes. ¿Cuándo fue tu primer beso? ¿Qué harías si fueras presidente?

Su itinerancia por Chile
A su regreso de Seúl los Niño Proletario ganaron un fondo del Estado de Teatro Itinerante 2019: el Estado de Chile elige a tres compañías (teatro, danza y circo) para que recorran Chile. Hasta noviembre de este año tienen programadas 42 funciones en nueve regiones del país, con El Otro y tres obras de la compañía. Ya han pasado por Los Ríos, Los Lagos, Antofagasta, Valparaíso, Coquimbo y Aysén.

¿Cómo ha sido la respuesta de la gente?
Lo primero que les pasa, que es supergratificante y a la vez preocupante, es que nos preguntan ¿por qué están acá? Y el objetivo de Niño Proletario es justamente llegar a los lugares con menos acceso de cultura o incluso que no tengan infraestructura teatral. Hemos estado en La Unión, Chile Chico, Cochrane, Laguna Verde… Nos han dicho, ¡primera vez que veo una obra de teatro! Y llega El Otro, con aplausos internacionales, en las mejores condiciones profesionales y artísticas a Chiu Chiu, por ejemplo, que tiene 400 habitantes y la mitad vieron la obra. Estamos preparados para hacerla en una junta de vecinos, en un gimnasio, en una sede social. Nos llama la atención la necesidad de cultura de la gente. Por ahora nos quedan El Maule, la Región de Magallanes y algunas comunas periféricas de Santiago. @nproletario