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Cerámica chilena

En peligro de extinción

Podrían haber desaparecido completamente, pero el amor que estas personas sienten hacia estas formas de cerámica las ha preservado. Apreciémoslas cuando aún podemos.


LOTA
Hace años, cuando estaba formando el archivo fotográfico del Museo Histórico Nacional –junto a Hernán Rodríguez–, Ilonka Csillag recibió un regalo con las siguientes palabras: “Esta es una tetera de Lota, es muy importante”. A partir de ese momento comenzó a buscar otras piezas de esa fábrica y cada vez que preguntaba a anticuarios y cachureros, ellos respondían “nooo, para que quiere eso. Eso es chileno. Llévese un Limoge, mejor”.
Ilonka sabe que ese antiguo desconocimiento le permitió a ella y a otros acumular sus piezas, pero prefiere mil veces ver los precios y la valoración aumentar, aunque vaya en contra de su colección. “Este libro no es la investigación completa de Lota. Es apenas la punta del iceberg”, dice ella con “Cerámica artística de Lota, 1936-1952” entre sus manos, un libro que se lanzó en noviembre pasado y que resultó del trabajo conjunto entre su fundación, Procultura, y el Museo de Artes Decorativas. “Sabemos que ellos hacían refractarios, tubos de desagüe enlozados y aparentemente algunos trabajadores empezaron con los objetos decorativos, específicamente con un tronco hecho de esos tubos, que se ponía en los jardines. Cuando llegó el primer horno se inició la producción de miles y miles de objetos. Lo interesante es que si bien es cerámica industrial, aunque todas las piezas eran hechas en molde y producidas industrialmente, eran pintadas una a una, excepto cuando se usaban calcomanías. Esta cerámica llegó a estar en todas las casas de Chile, aunque la gente hoy no lo recuerde. Se hizo para ser adquirida en Chile por la familia chilena”.


La diversidad de objetos que produjeron es tal que para muchos es difícil identificar la cerámica de Lota: “Te encuentras con platos con escenas de cacería inglesa, con una mujer bailando cueca, con un sapito, con cerámica mayólica. Muchas influencias, diversidad de colores y formas impresionantes son para mí las características más notables de Lota”.
Como en todos los proyectos de Procultura, con este libro se intenta poner en valor a las personas a través del patrimonio. Eso en este caso significa recuperar al menos una parte de esta tradición y reinstalar en una escala pequeña la fabricación de esta cerámica por mujeres de la zona. “La idea es que ellas logren medios para sostenerse y al mismo tiempo refloten esta historia. Nuestro trabajo siempre va más allá de lo documental”, comenta Ilonka. También dice que nos hace falta recordar más, que hay avances, que prácticamente ya no puede comprar cerámica Lota porque se volvió muy caro, pero eso aún no es suficiente. El libro se encuentra en librerías o en Villavicencio 371, of 103 T 26337545

PABLO ZABAL
Si Gino Pablo Zabal no hubiese comenzado a fabricar hornos quizá no habría conocido a la profesora de arte que se convirtió en su mujer, quizá habría seguido fabricando baterías de auto y jamás habría creado un tipo de cerámica única –y la vez diversa en sus motivos– por la que es recordado hasta hoy. Si no hubiese ocurrido lo de septiembre de 1973 quizá la pareja no habría emprendido un viaje por toda Sudamérica en auto, observando, investigando las formas de artesanía en cerámica, buscando un camino propio. Si Gino Pablo Zabal no hubiese sido maestro de yoga y seguidor de la filosofía zen quizá no habría llegado a ese leguaje de curvas, carente de ángulos o puntas, lleno de flores y hojas e intensamente azul que caracteriza su obra.
Su hijo Rodrigo Pablo Zabal piensa que si no hubiese estado tan dedicado a la fábrica, exportando a varios países, a cargo de más de 200 trabajadores, quizá hoy estaría con vida: murió de problemas asociados al estrés. Eso pasó cuando Rodrigo Pablo tenía 16 años. A los 19 ya estaba trabajando por perpetuar el legado de su padre. “Yo nací en la cerámica. No pasa un día sin que prenda un horno. Trabajo en esto desde que era chico, con mi papá y maestros que llevan 40 años, y he pasado por todas las pegas”, dice él. También nos cuenta que se han hecho figuras nuevas pero que la mayor parte del catálogo es autoría de su padre: “Llegó un momento en que él dejó las colecciones como él quiso. Ya están todos los animales. Yo estudié arte también, soy fotógrafo y tengo mi estudio. Es difícil compatibilizar, pero este año vamos a dar más fuerza a todo, tratar de sacarlo afuera otra vez”. pablozabal.cl

CERÁMICAS ARTÍSTICAS DE LOS ANDES
El estilo de Patricio Peñaloza es impresionista. Dibuja a mano alzada con el pincel, principalmente paisajes. Esa es su especialidad, mientras que la de Rosa Salinas son las flores. Patricio lleva 30 años trabajando en esto. Es un oficio que recibió literalmente de manos de maestros muy mayores y experimentados, formados a su vez por los europeos que trajo el fundador de Cerámicas Artísticas de Los Andes (CALA) hace 70 años. “Esto no era simplemente una fábrica, era una academia. Cuando yo llegué los mayores te tomaban la mano para enseñar la pincelada. Por eso es algo tan difícil de traspasar”, dice.
Aunque parezcan iguales, todas las soperas, platos, fanales y figuras que salen de CALA son únicos, porque se moldean y pintan a mano, uno a uno. Con distintos dueños y distintos artesanos la tradición se ha mantenido, desde que el negocio era tan próspero que se levantó un edificio especialmente para albergarlo, pasando por una reducción y un traslado a un lugar más modesto, hasta ahora, cuando más que fábrica se trata de un taller. “Pero nosotros seguimos orgullosos de nuestro estatus”, asegura Patricio.
Incluso dentro de Los Andes mucha gente no sabe qué es CALA. En esa zona de tradición ceramista solo queda un tornero. Pero no solo los cultores y apreciadores están desapareciendo, los suministros son cada día más escasos: “Alguna vez pintamos con los mejores pinceles del mundo. Quienes nos surtían de pinturas, colores y esmaltes quebraron. Resistimos por mantener la tradición. No es tanto negocio. El dueño no quiere que esto se muera y nosotros tampoco”. Más que temor es pena lo que sienten cuando piensan que todo esto se puede acabar con ellos. “Si se llevan la técnica de la mayólica estilo CALA, sin cambiarla, sería fantástico. Ha venido gente a aprender pero no vuelve. El estilo CALA viene de Europa. El fundador era un agricultor italiano que vivía acá. Él vio el esplendor de la cerámica allá y pensó en cómo replicarlo en Chile. Se trajo artesanos italianos expertos. Capacitaron trabajadores chilenos y fue un éxito”, cuenta Patricio. Fueron esos mismos italianos quienes recolectaron lo mejor de los talleres europeos y lo trajeron hasta Los Andes. Por eso las líneas se llaman como los pueblos o ciudades de origen.
CALA se vende directamente en su fábrica. En Santiago se encuentra en Cristal Domus y el Pueblito del Inglés. Se pueden acordar visitas guiadas a la fábrica. Teléfono 432423740, ceramicacala.cl