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Arquitectura, Siamak Harir, Templo Bahá’í de Sudamérica

Emocionar con arquitectura

Siamak Hariri, socio fundador de Hariri Pontarini Architects, una de las grandes firmas de arquitectura en Canadá, tiene una extensa y exitosa carrera proyectando especialmente edificios institucionales. Podríamos haber hablado de universidades, de bancos, teatros y otros proyectos, de su visión de la arquitectura chilena y canadiense, pero desde hace más de una década, y mucho más desde que se abrió al público, hay un proyecto que ocupa la mayor parte de su atención, la casa de adoración Bahá’í de Sudamérica.


— No se trata de arquitectura. Esto es algo en lo que pones esperanzas. Esperanzas en que de alguna manera la inspiración venga, en ser guiado, en que la solución correcta llegue a ti. Para ser honesto no sé de dónde vinieron las ideas. Desde el principio el proyecto ha tenido un poder, una influencia…
-¿Una vida propia?
—¡Gracias!.
Siamak Hariri dice que esa es la parte principal de la historia.
Hace muchos años Siamak Hariri vio a un hombre pasando una mano por un muro. Hasta hoy, cada vez que se plantea un nuevo proyecto piensa en ese hombre y en ese muro: un guardia de seguridad –no un experto en arquitectura o estética- y la fachada de una de las primeras obras de Louis I. Kahn, la Galería de Arte de la Universidad de Yale, donde Siamak estudiaba arquitectura por entonces. “Si alguna vez visitas un edificio de Khan te enterarás de qué hablo. Realmente pude ver en su cara, en la manera en que miraba, que esa persona estaba conmovida. Me golpeó el hecho de que eso fuera posible con la arquitectura. Desde entonces siempre he tratado de acercarme a eso. No es fácil”.
En la obra arquitectónica de Hariri Pontarini Architects abundan los edificios institucionales –como la Facultad de Leyes de la Universidad de Toronto, las escuelas de negocios de Western University y York University, la Escuela de Medicina de McMaster University, la Galería de Arte de Ontario y un pabellón para los Juegos Olímpicos de Invierno de Vancouver 2010–. La mayoría en Toronto, donde se estableció su familia huyendo de Irán, perseguidos por profesar la fe Bahá’í. A él le gustan especialmente porque este tipo de encargos aspira a algo más, porque le pide reflejar el alma de esas instituciones, pensar esos edificios para que actúen como un imán, tanto para clientes y visitantes como para colaboradores. Aún no entiende del todo cómo hace 12 años ganó el concurso con la aspiración más alta que probablemente enfrentará en su vida, con el alma más profunda y la misión de atraer a todo el mundo, sin importar su religión; una oportunidad única para intentar conmover el espíritu como lo hacía Louis Khan: la casa de adoración Bahá’í de Sudamérica.
“Como bahai y como arquitecto para mí esto era… ¡Dios mío!… realmente imposible. La idea de un templo, de una casa de veneración como esta es nueva: sin clérigo, donde nadie tiene permiso para predicarle a la gente, donde ni siquiera se definen un delante y un detrás. La única exigencia era que debía tener nueve entradas y nueve caras (el número de la compleción de acuerdo con esta creencia, por eso aunque uno se derrumbó tras un terremoto debe haber nueve templos esparcidos en distintos continentes). Si se veía como una iglesia ciertas personas no iban a querer visitarlo, si lucía como una mezquita otras personas no querrían venir. A la vez debía sentirse como un lugar de veneración; no es una opera house o una galería de arte. Es diferente. No puede verse como nada que se haya hecho antes. Arquitectónicamente es un encargo disparatado. No hay tipología, fórmula ni receta. Nadie sabía cómo debe verse. Esa apertura era al mismo tiempo excitante y terrorífica”.
Hariri no califica los hechos que se sucedieron inesperadamente –a largo de 12 años- confluyendo en el éxito de esta obra de envergadura continental, pero hace ver que son muchos y que algunos son extraordinarios. No es difícil ver por qué siente que la guía y las soluciones llegaron a él. “No me sentía la persona adecuada. Pensaba que había muchos otros mejores que yo. Pero mi mujer me alentó. ‘Sabes que tienes que intentarlo’, me decía. En ese tiempo di con una escritura de la fe Bahá’í muy hermosa. Básicamente dice que si oras y tus plegarias son escuchadas los pilares de la morada brillan con ‘su’ luz. El sirviente se acerca a Dios y cuando Dios responde se convierte en el oído. Así el amo retorna al hogar. En otras palabras, nos iluminamos. ¿Cómo podía llevar ese concepto a la arquitectura? ¿Cómo hacer que la luz no pase a través de un edificio sino que viva ahí? Este fue el concepto que entregamos y que luego redujimos a una forma”, explica Hariri.
Entre 185 propuestas, diseños completos, maquetas y fotomontajes provenientes de 80 países, Siamak Hariri entró al shortlist con una idea que era más bien una interrogante y ganó sin haberla resuelto.
“No empezamos con arquitectura. Empezamos pensando en cómo debería sentirse. Quizás como si el templo estuviera bajo los árboles. Quizá simulando un movimiento como el de las pinturas del artista bahá’í Mark Tobey; hay mucho en la escrituras Bahá’í sobre la quietud y el movimiento, todo se trata de acción, no de palabras. Quizá ese movimiento debía darse desde un centro, suavemente. Entraron también ideas como la silla Tonet, sus curvas, sus límites, su compleción y simetría; las posibilidades infinitas de la geometría fractal; una variedad de formas orgánicas. De acuerdo a las escrituras bahá’í los templos deben ser tan perfectos como sea humanamente posible, ¿pero cómo defines perfección? Nuestra noción es muy occidental. La idea de una mejilla, un hombro, para mí son perfectas”.

En el primer dibujo de Hariri Siamak había una sola forma con una especie de envoltura. De ahí vinieron muchos estudios y experimentos de modelaje con papeles, plásticos, alambres y ampolletas para acercarse a algo semejante a una piel capaz de iluminarse. Nada resultaba realmente interesante. “Reunimos arquitectos, críticos, periodistas e incluimos tres madres en ese grupo; necesitábamos opiniones fuera de nuestro ámbito. Una de ellas dijo ‘Yo nunca entraría a orar ahí’, y supimos que estábamos en un muy mal lugar. Llevamos la idea a un programa de animación que se usa muy raramente en arquitectura. El resultado fue horrible, pero el proceso creativo tiene que pasar muchas veces por lo horrible, ida y vuelta, una y otra vez”. En la única impresora 3D que había en Toronto en esa época –usada principalmente por la industria automotriz– el modelo explotó dos veces. Cuando encendieron las luces del tercer modelo a todos se les escapó un ‘¡wow!’.
“Una de las grande ideas de la fe Bahá’í es que todas la religiones son en realidad una. La separación es obra del hombre. Todos los que han venido a entregar un mensaje lo han hecho en un tiempo diferente, de acuerdo a la información que estaba disponible para la humanidad entonces. Ninguno era capaz de entregar la imagen completa, y detrás del último siempre viene otro. Un niño no puede hacer cálculo antes de sumar, multiplicar y dividir. Así se llega a las matemáticas avanzadas. Pero la fundación de todas la religiones es la misma, el amor, tu alma y la conexión con lo divino”, dice Hariri. El diseño del templo replica físicamente esa visión: “En su fundación hay una estructura muy primitiva porque el ingeniero dijo que tenía que ser superfuerte, el sistema más fuerte. Al ir subiendo adquiere la configuración de algo como una estrella, un símbolo que encuentras en religiones como el judaísmo y el islam. Desde ahí despegan la geometría y los métodos más sofisticados (que incluyeron herramientas láser y mucha robótica). Eso no sería posible si la fundación no fuera supersimple y fuerte. La pieza como un anillo en la cima lo une todo. Es el elemento más importante”.
Además de los costos estaba el problema de la contaminación en Santiago. Aunque bello, el alabastro no era un material posible para la capa exterior y hubo que desarrollar uno nuevo: “¿Has visto tubos de ensayo? Logramos crear un tipo de vidrio especial poniéndolos en un cierto patrón y derritiéndolos. Es un material que atrapa la luz como ningún otro, adquiere sus diferentes colores durante el día y la reversa en la noche. Encarna la idea de catalizar la luz cuando nuestras plegarias son escuchadas”. La piel interior tardó tres años en ser encontrada. Estaba en una pequeña vena en Portugal y su dueño dijo que durante siete generaciones su familia había estado esperando por el proyecto correcto para esa piedra inusualmente blanca y no naranja como la que abunda en esa zona. Golpeada por la luz esta piedra también parece cobrar vida.
Hariri tiene fotos en las que sale con menos canas estrechando manos de ministros y alcaldes en La Moneda. Corresponden a la época en que se pensó ubicar la casa de adoración Bahá’í en el Parque Metropolitano (antes habían existido como posibilidades Lo Curro, Panamericana y Colina). “Hubo una gran controversia, ‘¿quiénes son estos bahá’í?’ preguntaban muchos. Un proyecto para reunir a la gente no podía darse en ese ambiente. Llegamos totalmente por accidente a un lugar nuevo. Un grupo de arquitectos chilenos fue a Toronto y me preguntaron dónde ubicaría el templo finalmente. Les dije que no tenía conexiones. La semana siguiente Pablo Larraín me llamó diciendo ‘creo que tengo el lugar correcto’. Era un sitio que pertenecía al Grange, era su campo de golf y country club en Peñalolén. Lo vi y pensé ‘Oh Dios, este es el lugar perfecto’”.
Hariri Siamak muestra en su computador una de las primeras representaciones del tempo, tan antigua que no puede fecharla.
—¿Podría el templo tener esta relación con la cordillera en Lo Curro, Panamericana, Colina o el cerro San Cristóbal? —pregunta Hariri.
-No.
—Esta imagen se hizo muchos años antes de que conociéramos la ubicación final del templo.