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El lujo de conservar

En 1975 José Koechlin, fundador de los hoteles Inkaterra, abrió su primera “posada” en Tambopata, después de producir en ese pedazo de la Amazonía peruana la famosa película “Aguirre, la ira de Dios”, del director alemán Werner Herzog. Con ese mismo equipo construyó la humilde pero cómoda base para estas experiencias de vida, como les llamó, la parte rentable del proyecto que tiene como fin la conservación y valoración de los recursos naturales y culturales de su país. Un turismo que hasta estos días parece de avanzada. Un hombre de sabia humildad y gran aventura que marcó pautas –todavía– en lo que hoy se conoce como desarrollo sustentable y ecoturismo. Pronto a abrir su octavo hotel en el norte el país, hablamos de sus visiones y de cómo se construye un presente responsable y consciente del futuro.


El almuerzo buffet de la Hacienda Concepción, uno de los tres hoteles Inkaterra en la región de Madre de Dios, en el acceso sur de la selva amazónica peruana, es sin luz eléctrica. La bella y naturalmente camuflada construcción con habitaciones dobles desde 370 dólares la noche, recibe con una mesa larga de pescados amazónicos enteros, preparaciones con yuca, plátano, arroz y hasta una brocheta de suri, el famoso gusano de madera que sabe a almendras. Acaba de llover, los mantos de Eva, plátanos y palmeras de afuera parecen lámparas tras los impecables ventanales que nos rodean y que dejan ver las copas de altísimos árboles que se mueven por los monos que comen en sus ramas, graciosamente parecidos a los que están alumbrando con sus celulares el mesón de comida, porque entre las 11 y las 14 hrs. en los Inkaterra del Amazonas se corta la luz, primero porque no se puede gastar electricidad todo el día, y segundo, para que la conexión sea profunda, sin teléfonos, a menos que se usen como linternas. En el segundo piso de la Casa Grande, espacio común de este lugar, hay sillones, tumbonas de madera, libros, ventanas. La gente lee, conversa, observa. En el fondo, están llenos de luz y sí, el entorno lo entrega, pero estos hoteles lo potencian y celebran.

Esas son las tierras de José Koechlin, conocido como Joe y como el pionero del ecoturismo en Perú, hombre que desarrolló un concepto de gran hotelería en pequeña escala, cerca del punto turístico más importante de ese país, Machu Picchu, pero sobre todo, es el que impulsó la investigación científica en estos lugares, encantado con lo que veía de Perú y sintiendo profundamente que era el verdadero e invaluable tesoro que tenían y que había que cuidarlo. Hace 43 años puso la primera piedra, partiendo con casi un campamento y una experiencia de selva que después promocionó con Fitzcarraldo, la segunda película que produjo para Herzog. Un lugar con el máximo lujo existente: estar cómodo y bien atendido en medio de la naturaleza protegida.

¿Qué significa que lo llamen pionero del ecoturismo? ¡Que llegué primero! Es un título que lo dicen otros, no yo. Quizás lo que se quiere definir es la conjunción de la actividad económica rentable con el propósito de ella y los medios que se usan. La actividad es el turismo; el propósito es crear dinero para hacer investigación y desarrollo de los recursos naturales y darlos a conocer, por lo tanto, también es educación. Ese ha sido siempre nuestro fin, generar investigación seria, considerando las comunidades locales como fuente de información. Conocerlo bien para conservarlo bien, lo que hoy se conoce como desarrollo sostenible. En la práctica, es mantener lo que conociste de manera primigenia en sus valores y condiciones originales.

¿Cómo se generó ese pensamiento y visión en usted? Evolucionando. Primero es la experiencia infantil, la maravilla del encuentro con algo extraordinario que es la selva peruana. Segundo es lo humano que pasa cuando uno tiene posesión de algo y quiere cuidarlo para que continúe siendo como lo encontró. Es el realizar la visión y convicción del deseo de gozar la vida de buena forma.

¿Cómo empezó el área de investigación? En 1979 invitamos a costo nuestro a ocho importantes profesores de ciencias naturales de la Universidad de Berkeley para hacer una evaluación del entorno y de medios físicos. Eso ha seguido evolucionando, encontrando especies que antes ni siquiera se podían describir porque no había referencias. Solo en orquídeas tenemos 21 especies nuevas, por decir algunas. Hoy tenemos bases, sabemos del ADN de muchas especies, hay programas de conservación, estudios, proyectos.

¿Por qué ligó turismo y ciencia en esos tiempos? Porque el concepto de capital es muy vago y se compone de bienes. Si tú no tienes un inventario de ellos, de tus valores, quiere decir que las posibilidades de que lo mantengas y mejores, no van a ser tan buenas si efectivamente lo conoces. En este caso el capital es el entorno y la naturaleza, entonces la ciencia es indispensable para ello.

Los comienzos

¿Cómo era el turismo de los 70? Muy difícil. No había aeropuerto y la carretera era caminos inestables en que podías demorarte cuatro días o un mes en llegar. Las lluvias fuertes, no habían pueblos, eran grupos de familias. No había electricidad, alguno era dueño de un generador, otro de unas hachas y así. Todo separado, sin gota de turismo.

¿Cómo se acercaba a las comunidades? Siempre la comunidad o llámese la memoria social es un factor importante. Uno no puede pretender aislarse de lo natural del sitio. Y siempre hemos trabajado con buenas prácticas. Algo que te lleva a ser conocido como correcto y eso da una licencia social que con el tiempo son tus mejores aliados.

¿Cómo construyeron el primero? Con hacha y machete. Como cuando construimos aislados en la producción de Aguirre. Éramos los mismos, que en realidad tampoco eran constructores, sino gente con sentido común y la experiencia de conocer la selva, migrantes que ya habían entendido qué tipo de palmera se usaba para los postes o para lo otro. Sin motosierra, ni instrumentos mecánicos. Literalmente hacha, machete, serrucho, martillos. Lo más primitivo que puedas pensar en un sitio absolutamente aislado. Era turismo y lugar para estudiar, casi un campamento por así decir, con posibilidades de confort como una cama, casa, comida, gente que te traslade.

¿A quiénes apuntaba? Extranjeros. Nosotros pensamos que, como todo estaba concentrado en Cuzco, debíamos ofrecer una experiencia de selva cerca de ahí, no tocada por el hombre como la de Iquitos, que hace 100 años estaba visitada y que además, era lento de llegar. Entonces ahí nos establecimos en tiempos que los peruanos lo pasamos muy mal, comenzó la híper inflación y el terrorismo, entonces siempre pensamos para afuera.

¿Cómo se pasa de turismo de sobrevivencia al lujo? Fue evolucionando el mercado, trayendo personas de mayor poder adquisitivo al Perú, entonces fuimos derivando hacia ellos. Pero siempre con unidades chicas, no somos hoteleros grandes. Buscamos que la sensación de sitio no se distraiga por la cantidad de gente, queremos que la gente se interne en las tierras y mezcle con esos valores naturales y humanos.

¿Qué es el lujo para usted? La simpleza con estética y confort. El sentimiento de sentirte bien. Lo exótico para el que llena, natural para el que está y eso de buena forma.

Futuro

¿Qué se viene para los hoteles? Cambiar de ambiente completamente. Llevamos como 10 años trabajando en Cabo Blanco, el norte de Perú con playa y desierto, donde se unen las corrientes marinas de Humboldt y la del Niño. Hay mucha biodiversidad y costumbres humanas relacionadas con la pesca, embarcaciones sin motor tradicionales muy importantes. Es realmente mágico y creo que abrirá al público en unos dos años.

¿Cómo llega Inkaterra a un nuevo lugar? Conociéndolo, investigando, entendiéndolo. Sus recursos naturales y humanos, haciéndonos parte del entorno humano y natural también. En cada uno hay puntos de investigación y ciencia permanente, para poder mantener los valores ancestrales. En 2018 conseguimos, por nuestra iniciativa, que la pesca a vela del norte fuese Patrimonio Inmaterial de Perú. Con eso partimos muchas cosas: mejor pescado sin depredar el mar, crear conciencia en la población de quiénes son y su valor y crear un entorno que permita recuperar lo que fue para que continúe siendo.