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El lado salvaje

En medio de un valle, en una quebrada con aires marinos o de frente a la montaña, les presentamos tres opciones impactantes para pasar las vacaciones envuelto en un paisaje natural en su sentido más dogmático. Tres lugares diferentes a lo usual, llenos de vida, calidez y mucha paz. Cada uno con su picardía... tome nota, pues hay que
visitarlos contra viento y marea.


Parque las Nalkas. En la VIII Región del Biobío, muy cerca de la playa de Buchupureo y de Cobquecura, aparece majestuoso el Parque La Nalkas. Inserto en el inmaculado valle de Talcamávida –que desemboca en la bahía grande de Buchupureo–, el lugar es perfecto para olvidarse del mundo, dejar atrás la ciudad y descubrir lentamente la naturaleza y su fuerza. Distintas tonalidades de verdes por todas partes, 22 hectáreas de bosque nativo, un sendero de casi 2 km, cascadas y vertientes naturales, miradores con vista al valle y el mar de fondo. Un lujo nativo sutilmente ordenado y planteado por un grupo de amigos que aman el surf y la naturaleza. “El parque funciona hace tres años con 7 casas de alojamiento –4 cabañas, 2 bungalows y una casa en medio de la cascada–, con un sendero para pasear o hacer trekking en medio del bosque con sus 5 miradores –son casi 2 km de ruta con estaciones y miradores–. Se ven prácticamente todos los árboles nativos de esta zona, como boldos, peumos, nalcas, maquis, arrayanes, algo de roble, eucalipto y pino, que no son nativos, pero igual se ven”, explican desde el parque.
Una de los puntos más interesantes del lugar es que las cabañas están construidas sobre los árboles, acoplándose a su forma irregular más que seguir alguna línea arquitectónica definida. Sin vanidad alguna, alojarse allí significa una aventura. Cada casita con su personalidad, son llamativas, divertidas, hasta se mueven un poco mientras el viento sopla. Tienen capacidad para 2 hasta 8 personas.
Además de la piscina en medio del parque y el club house a disposición de las visitas o huéspedes, se pueden hacer cabalgatas, arrendar bicicletas o paseos en bicicleta guiados; hay clases de yoga colectivas y particulares, además de masajes.
La comida está a cargo del chef Gaba, Gabriel Beilinson, para visitantes y huéspedes con reserva previa. “Para la comida usamos todo de la zona, trabajo con caseras que me dan cebolla u otras materias primas, y además tenemos una huerta. Mi propuesta intenta fortalecer la agricultura orgánica, rescatando recetas tradicionales de la zona. Trabajo con cochayuyo, luche o ulte, por ejemplo, todos productos endémicos”. parquelasnalkas.cl

Pura Vida Puertecillo. Sentirse como en casa es la premisa con que se construyó, y desde el amor más puro, el hotel Pura Vida Puertecillo. Sus dueños son una pareja preciosa, Jimena González e Ignacio De Ezcurra, ella chilena, él argentino, y se conocieron mientras pasaban sus días en Puerto Rico. Por eso el nombre del hotel, ‘Pura Vida’, que en Costa Rica es una especie de eslogan de buenas vibras. “Siempre mi sueño fue vivir en la playa y sustentarme de ella. Yo vengo a Puertecillo a surfear desde hace muchos años, y con Nacho somos los dos surfistas”, comenta Jimena, quien además estudió ecoturismo.
Ambos viajeros por naturaleza, quisieron crear el Pura Vida casi a mano, a pulso. Su construcción comenzó el año 2013 –son tres cabañas y una habitación dirigida a los backpakers, todo ideado por el arquitecto, que también vive en Puertecillo, Jorge Manieu–, y hoy es un proyecto consolidado. Y lo mejor de todo, atendido por sus propios dueños, cuestión que indiscutidamente le da otro carácter, otra atmósfera. “Recibimos a los huéspedes desde su llegada, queremos que se sientan en su casa, como buenos amigos, que se sientan acogidos. Funcionamos con un minirrestaurante durante el verano, Nacho prepara la comida, a veces yo le ayudo con lo dulce. Este es un proyecto familiar hecho con amor”, comenta Jimena.
Durante el verano, día por medio, exhiben en una pizarra el menú que servirán según los ingredientes frescos que haya ese día en la huerta y en la zona. “Es un menú de tres pasos, con una entrada, un plato principal y el postre. ¿Influencias? Sobre todo, yo al ser argentino, me gusta cocinar con las carnes y con las pastas. Me defino como un cocinero amateur apasionado, autodidacta; me gusta hacerlo y recibir a las personas con cariño. Conversar, conocernos”, explica Ignacio.
Las cabañas, todas emplazadas en la zona de Tumán, dan hacia la quebrada, son superprivadas, todas con vista a la playa, full equipadas y con comodidades de primera. Para su decoración se utilizaron mucha madera y mimbre, además de colores cálidos que les dan un carácter hogareño.
Pura Vida Puertecillo se ubica en una quebrada en su mayoría con vegetación nativa: hay quillayes, peumos, arrayanes, corontillos, entre otros. “Tenemos un sendero que da a unos pozones de agua naturales en la quebrada que se han ido formando en la roca. Especial para meditar o escuchar como cae el agua”, agrega Jimena.
Y el jardín con la piscina, la guinda de la torta. Fue craneado de a poco, con plantas que se dieron, otras compradas en viveros de la zona. Hay colas de zorro, corontillos, chupallas, boldos. “Es un jardín seco, necesita poca agua. Este es un lugar donde hay muy poca agua, por eso optamos por un jardín que se autosustenta casi en su totalidad. Por eso también tenemos suculentas y cactus. Solo hay pasto en la zona de la piscina. Todo funciona con riego por goteo automático y solo se prende durante el verano, durante el invierno se corta y se mantiene perfecto”, termina Jimena. puravidapuertecillo.cl

Lodge El Morado. Andreé Haufe es un alemán que lleva 15 años en Chile y es el dueño del Lodge El Morado, en el km 75, pasado el Cajón del Maipo. Desde el hotel, rodeado de una cordillera viva en colores, formas y apariencias, se puede observar un paisaje distinto y espectacular, tanto en invierno como en verano. Al norte se ve el monumento natural El Morado, hacia Argentina –a tan solo 15 km en línea recta desde el hotel– está el volcán San José; hacia el sur hay una cadena de cerros y hacia el poniente se encuentra el valle que baja hacia el Cajón del Maipo. Este es un hotel en las altas montañas, único en su tipo –es el único que existe en la Región Metropolitana con estas características– y enfocado a personas que no necesariamente son montañistas. “Nos ubicamos a una altura de 3 mil metros y a 1.900 metros aproximados sobre el nivel del mar. A nuestro alrededor se observan múltiples verdes, amarillos, negruzcos, todo muy colorido. Piedras, pasto, todo bajo el cielo azul”, detalla Haufe. Luego continúa: “Creamos nuestra propia energía a través de paneles solares y tenemos un pozo para el agua. Es un hotel casi autosustentable, solo recibimos el gas desde una fuente externa”.
Excursiones a cerros, caminatas desde 20 minutos hasta de 3 horas, visitas al valle Lo Engorda, a las Termas de Colina, la quebrada de Lo Valdés y el monumento natural El Morado, son solo algunas de las actividades que pueden realizarse en este lugar. Pero si lo que le acomoda al pasajero es la contemplación y el relajo, puede decidir por no hacer nada más que observar y descansar.
En cuanto a la arquitectura, para su creador, el arquitecto Heinz Junge, lo preponderante es la naturaleza, por lo que la construcción debía mimetizarse con ella. El edificio está compuesto por dos pisos más un zócalo, todo bajo una estructura de hormigón. “Utilizamos revestimientos que se hagan parte de la cordillera, como un zócalo de piedra; sobre este emerge un muro blanco y sobre este último, un revestimiento que simula madera –si se hubiese puesto madera tendría mala vida con las altas temperaturas de este lugar–. Adentro sí hay vigas de madera, de pino oregón nacional”, explica el experto.
En total son 16 habitaciones, una para discapacitados. Además existe un edificio complementario, son 8 habitaciones tipo cabaña con cocina. “Llevamos casi un año funcionando. Vienen de todas las edades, jóvenes entusiastas que quieren hacer todas las actividades, pero también tenemos un foco importante de gente de la tercera edad”, agrega Haufe.
La decoración, en manos de la interiorista Paula Mascaró, es cálida con pequeños toques nórdicos. “Se fusionan las texturas y se repite el lenguaje del entorno natural. No es una decoración pretenciosa, no queríamos ser más que el entorno. En las habitaciones se trabajó con el verde, el morado, el azul, atribuyendo los colores a las laderas y al cielo que hay alrededor. También hay mucha madera trabajada de un modo más industrial. Lo defino elegante y sobrio, que fuera permanente en el tiempo. Sentirse en su propio refugio”, explica. el-morado.cl

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