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El artesano de las cucharas

De niño Manuel Martínez se enamoró del trabajo con metal y acero. Ahora instalado en Temuco, y cruzando su técnica de orfebre con la tradición de los talladores mapuches, se entrega a crear cucharas con restos de árboles caídos que comienzan a llamar la atención de diversos chefs de vanguardia en Santiago.


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Foto Sergio Piña

Son las 11 de la mañana de un sábado y mientras espera a los asistentes del taller que dictará en el espacio de la Fundación Artesanías de Chile, en el Centro Cultural La Moneda, con una pequeña gubia Manuel Martínez talla una cuchara de madera. Es una de varias que está preparando para presentárselas al chef Rodolfo Guzmán, dueño del restaurante Boragó. Hace algunos días, mientras Manuel dictaba el mismo taller, el chef –el primero en Chile en apostar por la cocina de vanguardia endémica– entró a la tienda de Artesanías de Chile buscando cucharas para incorporarlas en su nuevo menú de degustación. Manuel, al reconocerlo, se le acercó. “Le dije: ‘Soy artesano y hago cucharas, ¿te las puedo mostrar?’”. Ese día el chef le pidió que creara algunas especialmente para él. Por eso, este mediodía Manuel trabaja en lo que se encamina a ser una delicada cuchara de radal. Sobre la mesa hay de otras maderas: lenga, ciruelillo y mañío. Todas tienen tamaños y formas diferentes. Llaman la atención porque, siendo muy simples, hay algo en ellas que va más allá de una cuchara. “Es como si fueran una joya”, dice la mamá de un niño que se acerca a preguntarle a Manuel por el taller que comenzará en minutos.

Un oficio oculto
Manuel Martínez recuerda su niñez en la casa de sus abuelos en Quilicura. Ahí su tío y de su abuelo, amantes del mundo tuerca, “se entretenían desarmando autos y a mí me encantaba ver todo eso. Las cosas que podían hacer con las máquinas y sus manos y la precisión con que lo hacían. Yo decía ‘por aquí va lo mío’, pero sabía que no era algo con mecánica, porque era muy sucio y eso me cargaba”, dice. Cada vez que podía aceptaba los pitutos que le ofrecía su tío en el taller de autos donde trabajaba. “Como se daba cuenta de que me interesaba, siempre me mostraba libros. Un día me mostró uno de joyería y me dijo: “Esto es lo mismo que hago yo con metal y acero, pero a menor escala. Y puedes estar limpio”.
Cuando salió del colegio en vez de entrar a estudiar, por un aviso llegó a trabajar en un taller metalmecánico. Estuvo 8 meses. De ahí saltó a otro. “Pero resulta que era un taller de lapislázuli como los que hay en Bellavista, y en vez de trabajar con cosas sucias, trabajaban con plata. Ahí vi por primera vez la cadena de producción, pero pequeñita: artesanal”, recuerda Manuel. En los cinco años que trabajó ahí, dice, “aprendí a hacer todo el proceso de joyería y conocí un montón de piedras chilenas. Cuando a los 21 años me fui, sentía que tenía la cabeza llena de información”.
Su siguiente paso fue entrar a trabajar en la Academia de Alta Joyería de Daniel Waisberg, como su ayudante. “Ahí mi nivel se disparó. Él me llevó, en lo personal, a un nivel de exigencia que yo jamás en la vida pensé que iba a tener”.

¿Por qué?

Él me dijo tú sabes utilizar la materia prima, pero ahora trabájala como los grandes joyeros. Y yo le dije cómo, si no tengo idea cómo se hace. Todo lo que yo sabía él lo puso a prueba. Me pasaba materiales y me dejaba jugar libremente. Con él conocí el oro. A veces en mis manos había más dinero que un auto. Y yo tenía solo 22 años”.
En 2005 conoció a Marek Rekus, un joyero polaco que llegó a Chile a principios de los años 90. “Él me mostró la dureza de la joyería, porque tuve que empezar a vender. Y esa es la parte más dura, porque tienes que mostrarte a través de las piezas que haces. Y también me mostró la necesidad de siempre hacer algo nuevo. “No puedes copiar”, me decía. Y eso es duro: sostener todo el tiempo el personaje del creador.

¿Cómo te definías en esa época? ¿Como joyero? ¿Como artesano?

Muchos años mentí y no dije lo que hacía, creo que por miedo e inseguridad. Creo que lo oculté hasta que gané el Sello de Excelencia a la Artesanía.

Las cucharas de Manuel Martínez se venden en la tienda de Artesanías de Chile ubicada en el Centro Cultural La Moneda.

La cuchara del abuelo
Mientras trabajaba con Marek Rekus, un quiebre marcó el camino de Manuel: durante una clase, una de sus alumnas prendió un encendedor, este explotó y Manuel se quemó la cara. Poco tiempo después murió su abuelo, a quien considera su padre. Para darle sentido a su ausencia, Manuel decidió honrarlo a través de una pieza. Entonces mandó a fundir polvo de plata, los restos de la nube que decantaba sobre su mesón tras pulir las joyas, y que había juntado en 12 frascos de mermelada. De vuelta obtuvo 10 kilos de metal. “Yo había decidido que ese polvo lo ocuparía solo para un proceso importante. Y cuando murió mi viejo dije: ‘Este es el momento, voy a hacer una pieza para él’. No encontré otra figura que lo evocara mejor que una cuchara, porque en el bolsillo izquierdo de su pantalón él siempre llevaba su billetera, una peineta pequeña y una cuchara, para tomar sopas y caldos en cualquier lugar”.
Manuel forjó 20 cucharas que guardó para su uso personal. Cuando sintió que su duelo estaba superado decidió licuar algunas, convertirlas en anillos y venderlos. Cuando solo quedaban siete conoció a un equipo de personas que estaba formando un nodo de orfebrería en Rancagua. “Cuando les mostré las cucharas dijeron ‘esto es sello’”. Lo postularon y en septiembre de 2016 Manuel fue reconocido con el Sello de Excelencia a la Artesanía que entrega el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio. “Ese día sentí que me titulé de artesano”, dice.

Antes de ganar el Sello, ¿qué vínculo tenías con la artesanía? Sabía harto, porque cuando chico siempre iba a la feria de la Católica con mi abuela. Pero no sabía que existía un mundo de artesanos. Si bien la joyería es una creación artesana, anda a decirle a un joyero que es artesano: se le erizan los pelos. Y yo estuve en lo mismo muchos años. Pero hoy siento un aprecio y un respeto profundo por cada uno de los maestros. Los plateros mapuches me han enseñado un montón. Lo que ellos me han mostrado a nivel de nuestra cultura, de la vinculación con Chile, de la identidad, es lo más preciado que tengo hoy. Me han enseñado el valor de la simpleza y de la precariedad. Una precariedad que no tiene nada que ver con pobreza mental ni económica. Al contrario, me han mostrado que es un valor, porque desde la precariedad ellos construyen con lo que tienen a mano y desde ahí desarrollan una pieza.

Esa tarde, en la ceremonia de entrega del Sello de Excelencia, se forjó lo que vendría más adelante: una conocida le presentó a Juan Caniguán, maestro platero lafquenche, que vivía en Villarrica. Una semana después Martínez estaba en La Araucanía, siendo guiado por primera vez por un artesano mapuche, a quien hoy reconoce como uno de sus maestros. Instalado en Temuco, Manuel comenzó a hacer clases a jóvenes mapuches, casi todos lafquenches. “Un día uno de los chicos, Víctor, decidió preparar almuerzo para todos: un fondo de mariscos. Mientras comíamos sacó un chorito, se quedó con una mitad en la mano y con la otra, como una cuchara, se lo llevó a la boca”. Inspirado por esa imagen Manuel decidió crear un juego de choritos –que llamó “Lafquenche”– que presentó al Sello de Excelencia, el que ganó nuevamente en 2017.

Desde entonces trabaja en una colección de piezas inspiradas en las distintas identidades que forman el Wallmapu, el territorio mapuche del lado chileno: lafquenche, pehuenche, picunche y huilliche. Cada una tiene piezas particulares, aunque hay una que creó advirtiendo una costumbre que une a todo ese territorio: la bombilla de mate. “Eso expresa lo que busco en mi trabajo: sintetizar un territorio. Mi artesanía está basada en un contexto territorial: es mi forma de agradecimiento por lo que he recibido en el territorio. Como estas cucharas de madera que las desarrollé desde La Araucanía para las cocinas contemporáneas que no existen mucho en regiones, pero sí están en Santiago: con materia de Temuco, con identidad de Temuco, con la técnica artesanal de La Araucanía”.

Su acercamiento a la cocina también ha sido poco a poco. El primer restaurante al que se acercó fue Sierra, luego de conocer la propuesta de su dueño en un reportaje de revista Paula. “Eso era lo que yo buscaba: imagen, estética, comida rica de pequeño formato”.

“Fui y me presenté sin saber mucho cómo hacerlo. Le mostré las cucharas a Cristián, el dueño de  Sierra, y me dijo que podríamos hacer algo juntos. Para él hice cuchillas. Y él hizo para mí el plato y el montaje para esas cuchillas: un puré de piñón con clorofila de araucaria y unos piñones rallados”. Su paso siguiente fue contactar a Benjamín Nast, del restaurante De Patio. “Con él terminé de entender el concepto del teatro en la cocina. No te digo cuántas veces he visto los documentales de Netflix en relación a la cocina”. Y hace solo unos días, Rodolfo Guzmán, de Boragó, cuando lo conoció en la tienda de Artesanías de Chile. “Cuando le mostré mis piezas me dijo: ‘qué lindo, no sabía que había alguien que hacía esto acá en Chile’”. A fines de mayo quedaron de acuerdo que las cucharas de Manuel serán parte del montaje de su nuevo menú de degustación.