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Dicen que cambiarse de casa es una de las tres situaciones más estresantes en la vida de una persona; pensando en eso y en que muchos usan el fin del verano o el comienzo de marzo para buscar casa nueva, es que decidimos orientarlos al momento de pensar en embalar y mudar. Las claves, según los expertos, son hacer una habitación a la vez y no ceder hasta que esté resuelta, guardando lo que se traslada y a la basura o donación lo que ya no necesitamos. Este punto es importante, saber desprenderse y dejar ir, porque si es algo caro pero que nunca usamos, ¿no es mejor dárselo a alguien que lo disfrute?, o quizás venderlo para recuperar parte de lo invertido. Es difícil no tener cosas con una carga emotiva; pero no olvidar eso, son “cosas”. Todos acarreamos más de lo que necesitamos y una mudanza puede ser un buen momento para revaluar lo que nos rodea. Otro de los puntos críticos es seguir siendo funcional, reduciendo al mínimo lo que necesitamos en la casa vieja, pero preparando un kit básico para los primeros días en la casa nueva. No tener un par de platos o vasos porque todo está embalado hace que todo sea más difícil, lo mismo que algo rico para comer, aunque hoy con el delivery eso ya no debería ser un problema.

Según mi investigación con cercanos, los que más se cambian son los que más fácil saben identificar qué vale la pena seguir acarreando por la vida. Objetos cargados de recuerdos ayudan a que la nueva vivienda se transforme en hogar más rápido, y es lo que nos enseña la dueña del departamento en Portugal que mostramos en este número: una casa con fuerte sello portugués como los cerámicos antiguos en los muros. Fue lentamente conquistado por su actual dueña asignándole un espacio único a cada mueble y objeto que coleccionó por años.