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Comunidad, comunitario, colectivo, conjunto, cofradía, cuerpo social… podría seguir buscando palabras que empiecen con ‘c’ y que nos hablen de grupos de personas. Sinónimos que nos recuerdan lo que una sociedad representa, que ha mutado en el tiempo remodelando los estilos de vida contemporánea, recogiendo y reconociendo las distintas fases de la vida.

Cuando un grupo con criterios comunes decide organizarse buenas cosas ocurren. Ya está probado cómo los espacios de trabajo compartido son terreno fértil para la innovación y la interacción entre áreas no necesariamente afines, pero es valioso cuando esa comunidad se transforma en tejido social al decidir vivir como lazos familiares o sociales bajo un mismo techo.

Hoy es un hecho claro y conocido que el acceso a vivienda de calidad es cada vez más caro y difícil para muchos. Cuando se desarrolla una comunidad, donde ciertos sectores se definen como áreas comunes, en las cuales todos pueden participar, pero a la vez se mantienen zonas privadas, a las cuales solo entran elegidos, se optimizan recursos y se genera una experiencia de vida más rica. Ejemplos internacionales muestran edificios de uno o dos dormitorios pero con huertas y áreas comunes, donde todos los habitantes tienen derechos y beneficios; porque cultivar la huerta propia puede ser una linda idea, pero para que realmente produzca hay que dedicarle tiempo y energía, algo que no siempre tenemos.

También se puede analizar una comunidad desde la perspectiva generacional: a distintas edades son diferentes las necesidades que tenemos y distinto lo que se puede aportar, y ¿por qué no compartir esa experiencia con otros, aun más si son familia?

Para llegar a una solución exitosa la buena voluntad no basta, hay que planear los espacios de manera que todos conserven independencia y también lugares donde todos converjan: territorios comunes para la variada multiplicidad de habitantes.