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Más de cuarenta años de existencia tiene nuestra red de metro, pero la idea de su trazado comenzó mucho antes. El arquitecto y urbanista Juan Parrochia tuvo la visión para proyectar el modo en que Santiago se expandiría en décadas futuras; las líneas que aún no se construyen siguen –con modificaciones menores– el plan maestro diseñado por él y su equipo. ¡Y cómo ha cambiado la ciudad en estas cuatro décadas!

Hoy el desplazarse no es un tema menor, todos lo evaluamos al momento de decidir dónde vivir y trabajar, y mientras menos tiempo nos consuma, mejor calidad de vida sentimos que tenemos.

Y de ahí la importancia que las líneas de metro tienen en el desarrollo y densificación de la ciudad; estar a pasos de una estación es la aspiración de muchos, porque sabemos que el metro siempre cumple, y aunque tiene horarios en que nos sentimos como ganado en un corral, los tiempos de traslado son conocidos y eso nos permite planificar mejor el día.

En este número nos metemos de lleno en cómo el metro ha redibujado la ciudad y cómo nuevos barrios se descuelgan de sus líneas. Mucho se ha hablado de quién debería capturar esa plusvalía adicional, pero lo importante es que personas que dedicaban horas a moverse del punto A al B hoy han visto reducir esos tiempos de manera radical, y no solo eso, en torno a las estaciones se producen comercio, nuevos polos de oficinas, el centro de la ciudad cede relevancia y surgen nuevos subcentros que les facilitan la vida a muchos.

Este verano estuve por primera vez en Ciudad de México y me sorprendió lo familiar de su metro: mismos vagones que los nuestros y construido en fechas muy similares al nuestro, pero más me sorprendió su Metrobus, una red de siete líneas de buses en vías exclusivas, un metro de superficie eficiente, expedito y de bajo costo, algo que nosotros no hemos logrado implementar de buena manera pero que sin duda no debería ser descartado, porque hoy queremos movernos fácil y rápido, y por toda la ciudad.