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Años atrás quedé botado con mi auto en el medio de una concurrida calle y, cosas del destino, hace pocas semanas volvió a pasarme lo mismo (no en el mismo auto, este es más ecológico y chico), nuevamente una falla eléctrica que me dejó en medio de una calle. Lo primero que recordé fue la cantidad de personas que me asistieron, y pensé desesperadamente que ojalá se repita. Pero también pensaba que los tiempos actuales son más complicados, con más estrés, más desconfianza, más aislamiento, peor humor… por ello veía difícil mi futuro inmediato y muy lleno de bocinazos.

Para mi alegría no fue así, apenas me bajé del auto apareció un dominicano (no un sacerdote, sino alguien de República Dominicana: un inmigrante), el cual salió de un local de lavado de autos para ayudarme a empujar el auto a un lugar seguro para que no estorbara el tránsito. Básicamente lo movió solo, pues era del tipo atleta, yo solo movía el volante. Algo me explicó de la posible falla, no aceptó ninguna propina, luego se despidió muy cordialmente volviendo a su trabajo. Luego de 2 minutos aparece un estudiante de ingeniería que también me ofreció ayuda, este identificó el problema eléctrico y en dónde exactamente estaría la falla. Me aclaró que era un relay (relé en chileno), artefacto que no tenía idea que existía y que si falla, como fue mi caso, el auto se ‘muere’. Encontró por su código en su celular lo que hacía, sus conexiones, su valor y varios otros datos técnicos. Increíble: una cajita de unos 3 x 3 x 4 cm puede liquidar un auto. Como en el ser humano, todo sirve y está delicadamente conectado.

Por ser día sábado andaba sin celular (de hecho en las semanas no lo contesto después de las 7 p.m. y los fines de semana no lo uso). Me arrepentí de mi propia ley, pero pensé que podría tener suerte en pedir prestado algún teléfono para avisar que llegaría tarde a almorzar (el problema es que además yo llevaba el almuerzo). Pues bien, pedí teléfono en un local de venta de empanadas al cajero, el cual sin dudarlo me pasó su celular (tampoco tuve que comprarle nada). En mi casa se demoraron en contestar, pues aparecía en el visor de llamadas: ‘número desconocido’ (pudiendo ser algún tipo de estafa, una encuesta latera, etc.). Llegó una hija a buscarme, almorzamos y luego llamé a la grúa. Esta última, de excelente atención, llegaría en una hora, su conductor era un venezolano (otro inmigrante) muy agradable y positivo, un real agrado conversar con él de todo tipo de temas.

En síntesis, a pesar de que la vida actual es compleja, dura y se duda de la gente en general, aún hay humanos. Estos están silenciosamente repartidos por todas partes y son de muy diversas nacionalidades: ¡qué grato, aún se puede vivir bien!

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Ilustración @kmilkoffice