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Es curioso que habiendo tanta información sobre el daño a nuestro ambiente, el cambio climático y la existencia de innumerables iniciativas de diseño eficiente, normativas ambientales (para viviendas, transporte, fábricas, calderas y para todo en realidad), programas de gobierno, cursos de sustentabilidad, acuerdos internacionales, etc., aún se sigue contaminando, derrochando energía, como si nada grave al respecto estuviera pasando. Es más, ante este problema se sigue culpando a las autoridades de turno por falta de mayores controles y leyes; las personas no somos capaces de reaccionar por sí mismas. Al parecer es preferible seguir soñando en un mundo de fantasía, confiados de que todo se va a arreglar solo y gracias a las acciones de otros.

Como me comentaba un colega y amigo, hay personas que prefieren tener un gran vehículo (de esos que ocupan dos estacionamientos, no dejan ver, va solo una persona adentro y se usan para ir a comprar yogur sin lactosa y light al supermercado), en vez de tener, por ejemplo, un colector solar para agua caliente, los cuales ayudan a bajar la contaminación y a su vez se recupera en un corto tiempo lo invertido (cosa que con los autos jamás pasará).

Es deprimente observar la cantidad de agua mal gastada, mal uso del plástico, combustible usado para mover autos vacíos, los inútiles tacos vehiculares, autos carísimos con motores de carrera que no pueden andar a más de 20 km/h (hoy en día da lo mismo el tipo de auto); edificios que poca gente ocupa; costosas fachadas ventiladas acristaladas poco eficientes; gente que no camina… pero en fin, así es la realidad. Hay mucho trabajo en materia de educación del sentido común.

Mucha gente ingenua pide cambios sin proponer qué hacer, y al mismo tiempo están muy afanados por tener el último smartphone para chatear ‘e-mojis’… increíble. En síntesis, no entienden nada de lo que pasa y no quieren entender; esto no es culpa de las autoridades ni de los especialistas, es más bien un problema mental. No se dan cuenta de que la respuesta está en cambios de hábitos personales, nada más. Un ‘clic’ mental es lejos más barato y eficiente que cualquier norma o invento ecológico o sustentable.

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Ilustración @kmilkoffice