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Para mí siempre la palabra dátil estaba ligada a algo tipo fósil, quizás un juego fonético; de todas maneras algo que ver con el origen, pensando que esta fruta de palmera con una cantidad de azúcar que llega al 70% proviene de Irak e Irán mayoritariamente, ciudades antiguas, históricas, como también de los países del Magreb y tierras más nuevas como California que se dedicaron a su cultivo. En la memoria recuerdo apariciones de estas cajitas con docenas de ‘superpasas’ prácticamente mágicas una vez que entraban a la boca, perceptibles, juguetonas, un sabor denso, pastoso, enviciante, que en estos actuales tiempos de alimentación consciente aparecen cada vez más y de las maneras menos esperadas. Hablo de ellas ahora que empezamos a entrar en las temporadas frutales menos divertidas, por decirlo de alguna manera; sabores más neutros que debemos explorar con otra lupa para celebrar su estación y al mismo tiempo ver qué otras cosas nos pueden divertir.
He ahí los dátiles. A la venta en las tostadurías, no baratas es cierto, pero sí poderosas. Y con tantas aplicaciones que abrir la cabeza y los platos con ellas es un deber 2017. En Ñam, festival que pasó hace unas semanas, Connie Achurra, reina de la alimentación saludable, enseñó a hacer un manjar de dátiles perfecto para los que ya dejaron el azúcar procesada y delicioso para todo tipo de rellenos. Básicamente se remojan los dátiles por unas 4 horas. Se procesan sin semilla con un poco de aceite de coco y algo de agua donde se hidratan hasta dar consistencia. También y solitos se echan a las granolas, ensaladas con hojas más amargas, etc.
Si hablamos de mi adoración: Pasta fresca al dente, trozos de dátiles, queso grana padano, y si son carnívoros, prosciutto al horno hasta que quede crujiente y después lo muelen con la mano o un uslero. Aceite de oliva y la gloria en un plato otoñal, porque sí, ya estamos en una nueva estación y hay que celebrarla.