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Con historia

El paso del tiempo, el arte y la carga emotiva. Ahí es donde puso su ojo nuestra colaboradora Magdalena Rencoret al montar su casa. Hallazgos, recuerdos, reciclaje y una cuota de ingenio definen los elementos que la identifican y aquí es ella quien nos cuenta cómo se combinaron.


Poco más de seis años llevamos viviendo en este lugar. Nos costó un poco dejar el anterior barrio, cerca de los colegios y la vida urbana, pero el hombre es un animal de costumbres. ¿Qué nos animó al cambio? Además de la ubicación a pasos de la autopista y alejada del ruido de la ciudad, fue el espíritu de casa de campo lo que más nos entusiasmó. El corredor que conecta hacia el exterior y la exquisita brisa que sopla sobre la copa de altos peumos, pataguas y otras especies nativas de este sector fundacional de Lo Barnechea transmiten una gran desconexión.
Este contexto suelto, entre chileno y silvestre, es una fórmula que nos identifica bastante como familia. Los espacios perfectos aquí no corren mucho, sino los múltiples usos que se les dan. Para mi gusto, no hay nada más triste que las casas lindas, pero vacías, sin alma. Y esa vida se logra generando ambientes que inviten a quedarse.
La música es un gran gatillador. Felipe, mi marido, es melómano y con el tiempo nuestros tres hijos y yo nos hemos ido contagiando. El sonido de las teclas en el piano y la aguja sobre el vinilo en la tornamesa hacen del living un lugar abierto a la experimentación y a la alegría al mismo tiempo.

“Soy sensible a la manufactura de otros. Me encanta mezclar la artesanía con objetos antiguos. En este buffet del comedor destaca un candelabro de bronce de mi abuela, copas talladas de la familia de Felipe y las plumas de pavo real que recogieron los niños de un jardín de la familia”.

La presencia de personas queridas, a través de cuadros de artistas amigos, junto a recuerdos significativos atesorados con la vida logran una relación íntima con los espacios. En esta casa el 100% de los elementos provienen de regalos, herencias, paseos y reciclaje. Muebles antiguos desempolvados y recuperados de una bodega familiar, un candelabro de bronce, máquina de coser y la clásica cajita de lata con botones de mi abuela, plumas de pavo real recogidas en el jardín de un tío de mi marido, un sillón Tulip rescatado de la intemperie, conchitas recogidas en un paseo al desierto florido con los niños, una alacena pintada junto a mi hija mayor de 15, cuando tenía 6 años… y así son interminables las anécdotas que tejen la historia al interior de estas paredes. Historia que intuitivamente buscamos por deformación profesional en todo orden de cosas con Felipe, también periodista.
Un relato que para nosotros la hace más personal. Más humana y, por qué no, más querible. Las casas pueden despertar sentimientos, pienso. Y eso es lo que intentamos en este lugar. Que los niños la sientan suya. Que nuestros amigos y familia se queden hasta tarde y que nuestro querido Alexis se pasee como ‘perro por su casa’.
Aquí los espacios no cumplen una función específica. El comedor tiene una rica luz y muchas veces se ocupa para estudiar. El pasillo de la escalera tiene un escritorio y también es una estación para hacer tareas. La cocina es lugar de conversación y distensión… en fin, cada sitio tiene una doble vida.

Ideas que inspiran. Una casa suelta, en un contexto casi silvestre, donde abundan la música y los objetos con carga afectiva.