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Un nuevo concepto de habitabilidad propone la casa taller de Carla Castro, creadora de Filodendro macramé. Abrir las puertas al trabajo colaborativo, a la vida en comunidad y aprender a vivir con poco y feliz es la invitación que hace esta apacible construcción de adobe de principios de siglo 20, en Providencia.


Carla Castro creó Filodendro Macramé cuando nació Iñaki, su hijo de tres años. Quería trabajar en la casa para poder criarlo, y amamantando empezó a visualizar en Instagram un regreso de este oficio en la decoración. Ahí fue cuando redespertó su interés por esta técnica textil que había aprendido hacía años, cuando estudiaba arte, con una amiga haciendo pulseras mientras mochileaban. “Me decidí retomar el oficio y me di cuenta de que sabía los nudos… el salto era pasar de una escala pequeña a otras más grande”, cuenta.

Su evolución, confiesa, ha sido muy desde el aprendizaje y desde el error, conociendo el material. “Me he ido perfeccionando de manera autodidacta, soy muy de la improvisación. Cuelgo todos los cordones y ahí empiezo a probar. El desarmar y desanudar han sido también parte del aprender”.

Sentada en una banca en el patio de su casa taller, perteneciente a un conjunto de viviendas de fachada continúa construidas en 1920, en un tranquilo barrio de Providencia, Carla cuenta que siempre ha tenido relación con lo ancestral. “Pasé por montones de ramas, como el yoga, la medicina con hierba, pedagogía Waldorf, y ahora el macramé, que es una técnica milenaria. Es superprimitiva, entonces no requieres tantos materiales o grandes estructuras. Solo lienzo, cordones, tijeras y manos”, explica.

Para la artista la experiencia con el macramé ha sido un descubrimiento, según dice, además de desarrollar algo que la mueve por las redes que ha hecho en el camino, como emprendedora. Y ese valor es algo que Carla ha tratado de potenciar en la casa que hoy habita hace poco más de un año. Una casa co o cocasa, donde los distintos espacios públicos los arrienda por hora a otras talleristas. “El trabajo de los emprendedores es muy solitario, entonces siempre estamos buscando esto de colaborar, de conocer a otras personas y hacer cosas en conjunto”, dice. Es así como su espacio de taller de macramé es itinerante y se ocupa como sala de yoga, consulta de psicología y taller de costura. Lo mismo ocurre con el coliving y el copatio de la casa. En este último Carla nos anticipa que el fin de semana habrá una celebración de matrimonio, donde además de arrendar el espacio les prestará su altar de macramé a los novios.

Por trueque
El trueque está incorporado en la vida de Carla. Muchas de sus creaciones las intercambia con otros artistas por objetos que con el tiempo se han ido sumando a los distintos rincones de su casa. De hecho, la historia de cómo llegó a vivir en este lugar también fue por esa razón. “Hace unos años hice un trueque de un colgante por un anillo. Y la chica tenía su taller de orfebrería justo en esta misma calle. Desde entonces dije: aquí voy a vivir algún día. Un año después una amiga me contó que estaba disponible esta casa”, cuenta.

Ya lleva un año y medio habitándola y con ingenio y ojo ha logrado espacios llenos de encanto. “Todo esto es improvisación. Puro reciclaje, ayuda de amigos y familiares, pero no he comprado nada”. Algunas cosas ha encontrado literalmente botadas en la calle, como la estructura de una reposera de playa, que reutilizó incorporándole el respaldo de macramé.
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