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Full Diseño N°17, 28 de abril 2017

Cuando sales de Calama hacia San Pedro de Atacama, a los pocos minutos se divisan a lo lejos unos gigantes eólicos que mueven sus brazos en el aire; 70 metros de altura, impresionante. Imposible no pensar en el Quijote y sus molinos. Las aspas se mueven sigilosas en medio del silencio del Valle de los Vientos, como una coreografía hipnótica que atrapa la mirada de los viajeros del desierto. Es el primer parque eólico del Norte, de Enel.
Aquí, entre la ruta a San Pedro y el camino a Ayquina, se construyó en 2015 el CID, Centro de Interpretación del Desierto, destinado a actividades culturales, un proyecto que nace como obra de mitigación por el parque eólico. “Es un centro que van a administrar las comunidades de la zona, tiene una oficina, un miniauditorio, una sala de máquinas y dos salas de exhibición y multiuso”, cuenta uno de sus arquitectos, Emilio Marín.
Cristián Collados, coordinador zona norte del área sustentabilidad de Enel, explica que se trata de “un centro cultural destinado a las comunidades del Alto Loa –Cupo, Taira y Ollagüe–, zona donde se emplaza la planta de energía limpia. “Ellos van a exponer todas sus artesanías, emprendimientos, exposiciones de arte, fotografía, video, de todo tipo con los servicios de restaurante y cafetería”.

AUSTERIDAD Y GEOMETRÍA
Monomaterial, monocromo, el edificio sigue el lenguaje del desierto, reflejando su austeridad en la materialidad escogida, el acero corten, cobrizo, áspero, como la tierra que lo rodea. “Se parece más a una materia, es más cercano a la naturaleza que a esta cosa tan artificial, que ya lo aportan las turbinas”, dice refiriéndose a la elección del material único.
Marín cuenta que la relación dialéctica con el paisaje que ha establecido la arquitectura chilena durante los últimos 20 años, en este proyecto –junto a Juan Carlos López–, buscó llevarla más allá, articular otras dimensiones con el territorio, generar un nuevo paisaje dentro del desierto. De ahí el nombre del edificio (Centro de Interpretación del Desierto), una rosa de los vientos, una estrella de 6 aspas –como las de las torres eólicas que la rodean–, plantada en medio del desierto.
Una mitad del edificio mira hacia los volcanes, la naturaleza; la otra, hacia las áreas pobladas, como Calama a 12 kilómetros. Son relaciones buscadas que nacen también del lazo personal del arquitecto con la geografía. “Viví 12 años en Salvador, campamento minero, vínculo con el desierto ya tenía, –explica–, por eso me gustaba un montón el proyecto, no era una relación como de turista. Juan Carlos también activó otras sensibilidades, a exponerse a sensaciones nuevas, el tema del color, el viento, el cielo en la noche”, dice.

ABSTRACCIÓN
El CID es pequeño en la escala monumental del desierto. Todo lo es al lado de esas aspas y las distancias impresionantes en que se pierde la vista. “El proyecto tiene como 300 m²; no es tan grande, pero queríamos poder tener muchas experiencias en él: valorar la posibilidad de mirar hacia el infinito en los recintos orientados hacia el desierto, proteger de la vegetación –al entrar al patio se acaba el viento–, y de noche no está iluminado, solo son las turbinas y las estrellas”.
“Nos complicaba que no pareciera un edificio puesto en la mitad del desierto. Había un tema de abstracción formal importante a resaltar”, dice. Las dos mitades si bien no son simétricas, funcionan como espejo una de la otra. “Básicamente es la misma estructura, pero puesta para el otro lado, fue una visión estratégica, es más fácil de construir”, explica el arquitecto. “En el corte cada volumen también tiene diferente altura; es bien bonito porque generalmente son todos iguales, planos, chatos, que no responden a una intención del arquitecto. Pudimos tomar esa libertad de variar y con ella la espacialidad cambió radicalmente”.
Dentro, las salas se distribuyen alrededor de un corredor hexagonal que bordea el jardín interior y la madera reviste las paredes de los recintos. Son valores con los que juega Marín para quebrar la simetría, para sumarse al desierto y no hacer ruido con un lenguaje ajeno a él. “Tratamos de que no se vieran las puertas, porque nos interesaba que estuviera presente ese nivel de abstracción propio del desierto. Sería raro entrar en él y encontrarse una manilla, ¿o no? Necesitas etapas de transición, seguir el mismo lenguaje del desierto”.