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Alberto Marcos la define como una capilla rural en el corazón de la ciudad. Y en realidad tiene ese aire simple, esa soltura. Tiene el relajo y calidez de los ambientes de playa o de campo: las vigas robustas que cobijan desde el cielo, la madera suave que sostiene desde el piso; las vistas, algo que cuesta encontrar hoy en el paisaje urbano -como no sea la vista al vecino-, una sala amplia y acogedora bañada de luz natural, donde reunirse, y una generosa biblioteca que alcanza la doble altura para entretenerse a gozar del silencio.
“Esta vivienda la construí para mi mujer, Sacha, y para mí, y luego se fue transformando con la llegada de nuestras tres hijas”, cuenta Marcos, arquitecto, socio de AMPS estudio, que tiene sedes en Madrid y Londres.
Se trata de un edificio “a caballo entre Malasaña y Chamberí, dos de los barrios más castizos de la capital. Data del 1900 y se asoma a los bulevares, una arteria que conecta la Plaza de Colón con Princesa”, dice.
Aquí en la última planta, donde antes funcionaba una academia de dibujo, la oficina realizó las reformas para transformarla en la acogedora casa de esta joven familia.

Transformaciones y Poesía
“Convertir las incertidumbres en oportunidades”, “Intervenir con la rigurosidad de un cirujano” y “el espacio habitable es aquel en el que se escuche el silencio”, algunos de los lemas de estudio AMPS se plasmaron aquí, recuperando los elementos originales “como la estructura de cerchas con acabado de aceite de linaza que la casa brindaba, o el entablado de pino con tablas de más de seis metros de largo”.
Se desmontó el techo falso recuperando los 5 metros de altura del lugar, se separaron los ambientes, abajo los espacios comunes, estar, estudio, comedor y cocina; arriba, los dormitorios.
La escalera, gran protagonista de la casa, conecta ambos mundos con sus listones blancos de madera, al igual que la baranda del segundo piso.
Unos versos del mismo dueño de casa acompañan el trayecto escalón tras escalón: “He olvidado las horas y los minutos / Mi mirada está inmóvil, como las palabras mudas”, se lee en la pared. Arquitecto y poeta, se puede decir, Marcos ya que tiene publicados un par de libros “El último editado por la editorial in-constant se llama “NSEO, la urdimbre del mapa”, nos cuenta.
Abajo, el mobiliario decide el uso del “espacio diáfano”, como lo describe, y la poesía se hace un sitio aquí también, desde el borde de la mesa de olmo diseñada por él mismo -como tantos otros muebles de la casa- que se entremezclan con piezas especiales como un aparador jacobino inglés de finales del s. XVI , herencia familiar, una cómoda victoriana del s. XIX que convive con las plastic chair de los Eames en el comedor, o la leñera de Extremis.
Es una casa plena de creación, desde el pasado artístico del lugar, los versos desperdigados aquí y allá, y el diseño de muebles, no solo de los adultos, sino también de las niñas, cuyos muebles pertenecen a Ninetonine, creación también de Alberto y su mujer Sacha.
“La sensación espacial dentro de este volumen abierto con las cerchas de par y pendolón de madera y la cubierta a dos aguas es muy especial. Es un espacio donde hurgarle al silencio en pleno centro de la ciudad. Un santuario”.

“El objetivo principal consistía en tratar de alterar en lo mínimo el gran espacio bajo el cielo de cerchas de madera; adecuar un espacio magnífico a las nuevas necesidades”, dice Alberto Marcos.

Ideas que inspiran. Una casa ‘suelta’ en medio de la ciudad, abierta y de gusto exquisito.