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En su casa todo es mezcla, y considera, honestamente, que lo importante en un objeto está en la nobleza del material: “El lujo es vulgaridad”.

Casa de anticuario

La casa que habita Gabriel del Campo, el reconocido anticuario porteño, es un fiel reflejo del estilo de su dueño: excéntrica, abierta y abarrotada de objetos que ama.


Hace poco más de una década el bajo de San Isidro era un lugar propenso a las inundaciones, poblado apenas por galpones y casas humildes. Con la construcción de un albardón, las crecidas dejaron de ser un hecho trágico y la zona cambió hasta convertirse en un polo bohemio, hippie-chic y sobre todo relajado. El bajo empieza donde terminan las barrancas, entre las vías del tren de la costa y el Río de la Plata, que a esa altura y con el crecimiento de los últimos años se integra a la vida cotidiana de los habitantes (amantes de los deportes acuáticos, artistas que eligen la vida lejos del caos urbano, artesanos de pura cepa). El bajo es también el lugar que eligió Gabriel del Campo, hace ya veinte años, para instalar un depósito de antigüedades y a continuación su casa. Con el tiempo, la metamorfosis de la zona y el crecimiento de Gabriel como anticuario, la casa galpón mutó para llegar a ser lo que es hoy: un multiespacio emblemático, que alberga un galpón de restauración de antigüedades, un local de ropa vintage, otro de ropa femenina, dos restaurantes y la casa de Gabriel, reubicada en el primer piso.


La casa es asombrosa por donde se la mire, el reflejo de un personaje extremadamente cordial o un caos de objetos de distintos orígenes que conviven en sorprendente armonía, incluso en los lugares menos pensados como la profusión de estatuas que habitan en la cocina. Casi una ironía de la que Gabriel ríe. Y es que Gabriel se define a sí mismo como un comprador compulsivo y un amante de los objetos con historia. Su vida como anticuario empezó casi por casualidad hace 30 años y cuando la acumulación de objetos comprados aleatoriamente se volvió insostenible. Fue entonces que decidió abrir su primer local en San Telmo y, con su estética particular, marcó un hito en el anticuariado argentino. “Siempre me gustó mezclar estilos: algo bueno tipo francés para mí va con algo industrial y más relajado”, explica, y agrega que tampoco es un anticuario típico a la hora de comprar; que compra y vende lo que le gusta y que no tiene objetos catalogados. En cambio se considera un verdadero apasionado de los objetos y de las emociones: “Más que el objeto en sí, me gusta la emoción que el objeto me provoca”.

Además de objetos, Gabriel tiene 50 motos y 40 autos. “Me gustan tanto como los objetos fuera de escala”, dice, y ante la pregunta responde que no es el lujo lo que le atrae, sino lo bueno, lo que tiene que ver con la nobleza del material y del artesano que lo construyó con esmero: “El lujo es vulgaridad”, concluye.

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