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Boza en singular

Luego de 30 años viviendo en La Reina, el arquitecto Cristián Boza cambió esa comuna por un décimo piso para estar a pasos de su oficina y en primera línea frente a las inmensas canchas del club de golf. No perder el verde que por años apreció a los pies de la cordillera fue la principal condición, pero esta vez sobre las alturas.


Para todos, su nombre responde a la figura de un reconocido arquitecto, firma de emblemáticos edificios y autor de ciertos proyectos controversiales. Él, por su parte, se describe como una persona dominante, con pequeñas extravagancias como usar suspensores y un sombrero panameño. Actualmente, además de ejercer como decano de la Facultad de Arquitectura de la Universidad San Sebastián, encabeza diversos proyectos inmobiliarios y figura como principal gestor del polémico Arco en Vitacura. Pero de todo esto, de la vida y la trayectoria, ¿qué es lo que más le gusta?, no se demora ni 10 segundos en responder: “La arquitectura, los libros, las esculturas, el mar y mi casa en Los Vilos”.

Una mirada rápida, apenas un paneo, es lo que se necesita para contrastar estas palabras con la realidad, allí en el departamento donde vive hace ocho años. Un décimo piso con las mejores vistas hacia los jardines del Club de Golf Los Leones, donde sus gustos y predilecciones quedan a la vista.
Es en este lugar donde la altura y los ventanales conforman prácticamente todos los muros, donde 12 mil libros se distribuyen en una estantería de 35 metros lineales que él mismo diseñó, y están a la vista sus más preciadas maquetas de arquitectura y una impresionante colección de arte que incluye autores como Roberto Matta, Rodolfo Opazo, Omar Gatica, Lili Garafulic y de su hija, Antonia Boza.

Cada obra tiene detrás una historia de búsqueda, paulatina con los años. “La obra Bajo las Naranjas, de Matta, la conseguí tiempo atrás en Suiza directamente con Germana Ferrari, viuda del artista, y a través del galerista chileno Tomás Andreu”, cuenta Cristián. El cuadro está ubicado en el muro más importante del living, donde, según cuenta Cristián, surgen las reuniones sociales e intelectuales más entretenidas.

Todo ocurre y se luce en medio de una amplitud envidiable. Son 300 m2 en total que hacen que Esperanza, la gata persa, incluso se pierda en ciertas ocasiones, y que hasta objetos pequeños se aprecien en plenitud; muchos de ellos están expuestos individualmente, iluminados ya sea en nichos o plintos, adquiriendo el protagonismo propio de una galería de arte, como una serie de huacos centroamericanos.

Reconoce que su señora, Diana Wilson, con quien lleva casado 42 años y tiene cuatro hijos, ha sido quien más lo ha influido en la elección de obras y piezas antiguas.

Ella es historiadora y experta en temas de arte y religiones comparadas. Juntos han adquirido la mayoría de las piezas, muchas de éstas en los viajes que han realizado por el mundo, como la gran escultura de Parvati, diosa hindú, situada en la jardinera del dormitorio principal.

“Nos atraen mucho las religiones asiáticas y todo lo relacionado con esta cultura. En mi casa, además de haber muchísimos libros de arquitectura, abundan los de historia, arte y diferentes religiones”, dice Cristián, pero asegura con su voz ronca que no pertenece a ninguna de estas religiones. Sólo es admiración.

Inspiración

La puesta en valor, como si se tratara de un museo o galería, de objetos con historia o piezas artísticas, es una de las principales características del estilo atemporal de este departamento.