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Como chilenos tenemos una relación especial con la canela, como emotiva, una cosa que pertenece al colectivo antiguo cuando el té se hacía de hebras oscuras en teteritas de metal, siempre con ramas de canela saborizándolo. El té chileno de antes de las bolsitas, el para la once, la conversada, el calorcito. También el del arroz con leche, navegao, manzanas al vino. Es abrazadora la canela, inconfundible también. Yo la ando buscando, agradeciendo su presencia en distintas preparaciones, lo que mete el gusto de la novedad que me fascina. ¿Dónde anda? En la cocina peruana por ejemplo, la canela china que le llaman, un polvo de cinco especias con la susodicha, más semilla de anís y estrellado, jengibre y clavo. Perfecta para el pollo y el chanchito. Viene de la enorme influencia china que hay en esa cocina, lo que nos lleva a mirarla en platos de China también, en sus sopas, las marinadas, los fondos. Tan simple como echar cucharaditas en las cocciones o en las previas. Lo mismo que con la garam masala (mezcla india) que además se asoma en los currys. ¡Slurp!
Ahora, con este frío liquidante, vámonos al vino y la canela que se llevan estupendo. Basta con echar ramas a una olla con tinto, rodajas de naranja, azúcar y punto. Nuestro ‘navegao’. En Suecia y Finlandia está el glögg, la pócima navideña que tiene que ver ahora con nosotros por una cosa de clima. Tomar un vino caliente en nuestro diciembre es ridículo, sentirlo ahora, más que indicado. En una olla echan la botella de vino tinto y una taza de brandy o coñac, por aquí, hasta un pisco envejecido, si quieren más cargadito, adelante. Suman 10 vainas de cardamomo, 1 buena rama de canela, ½ taza de azúcar, cáscara de media naranja, 1 taza de pasas, 1 de almendras, 10 higos secos picados y 2 clavos de olor. Cocinan por 45 minutos sin que hierva. Y sirven.